Por Cruz Antonio González Astorga
“Y sé que sus manos suaves, su cabellera larga y negra, me harán, mañana, aurora que se avecina, querer, querer como quizá jamás quise…” Dámaso Murúa
Dámaso Murúa, escritor nacido en Escuinapa, municipio ubicado al sur de Sinaloa, retrata en sus cuentos los modos de los pescadores de los esteros; las largas charlas con las estrellas mientras extienden la atarraya sosteniendo el cigarrillo entre los labios.
El viejo Escuinapa donde el camarón simbolizó una época donde la mayor parte de la población se dedicaba a la producción de la sal, la pesca y la artesanía local.
De ese contexto salió el personaje más representativo que ha dado la región del sur, el “Güilo Mentiras”. Si bien, el libro que lleva el mismo título, fue elaborado gracias a la disposición de Don Dámaso de escuchar y recoger esas fantasiosas historias sin equivalencia alguna, siempre dio el mayor de los créditos a Florencio Villa; el cuentacuentos.
El “Güilo” Mentiras sintetiza al Escuinapa del pasado; mismo que le tocó conocer de cerca a Dámaso Murúa y llevarlo a la literatura. En Escuinapa todos tenemos algo de parlanchines y mentirosos, esa es la herencia de los pescadores que fantaseaban mientras laboraban.
Hagamos una precisión, Don Dámaso es mucho más que un libro, limitarlo a los cuentos de Florencio Villa es desconocer su amplia y prolífera obra literaria. Sin embargo, hay un punto de encuentro en toda su narrativa: el sentido del humor, el lenguaje burlesco que caracteriza los encuentros familiares y amistosos.
La pluma de Murúa refleja el carnaval festivo del habla popular, pese a no vivir de manera estable en Escuinapa, es a través de sus libros que evoca al colorido pueblo de los tacos dorados, tamales barbones, tixtihuil (platillo prehispánico), paté, ensalada, ceviche y pozole (recientemente), obvio, todo relacionado con el camarón, no es casual que se le considere “la Perla camaronera”.
De Dámaso Murúa se seguirá hablando por mucho tiempo, sea por los aportes literarios y creación de personajes, o por sus vínculos culturales que estableció. Vemos su imagen resaltar en los pasillos de las escuelas, corredores de mercado, calles, bibliotecas públicas y ferias del libro. Poco se dice de quien fue el soporte de sus actividades creativas, además de las sentimentales, su esposa Elia del Consuelo Enríquez Aguilar.
A diferencia de sus personajes, pertenecientes a la esfera de la ficción, escribió bastante; de Doña Elia poco, no porque le fuese irrelevante, tal vez tenga que ver por ser real, palpable, interactiva, no fruto de la imaginación. Cuando se habla de lo que se siente, entra en juego la poesía, en su caso la expresión es espontánea, brota de las profundidades del alma.
Para Elia era la poesía; “atada a mí, tan pronto, tan de repente, como las estrellas, el sol, el mar, las montañas, las flores… ahora, con mayor fuerza, pienso y quiero y tengo a mi alcance lo que nunca tuve”.
En un escritor no bastan la fuerza de las ideas para reproducirlas, o aquello que late fuertemente en su corazón, si los hilos que lo vinculan a la vida son endebles, afectando dramáticamente, como a los artistas románticos del siglo pasado.
Enraizado a la tierra vivía Dámaso Murúa con la compañía de Doña Elia, desbordado entre las mieles de los sentimientos, “en ternura ante sus ojos, sus ojos, inmensas bahías suaves, amorosas y nobles…”
No era la fama el anhelo de Dámaso como escritor, ni el recibir de manos sucias (en referencia a políticos) múltiples reconocimientos sobre sus obras que no habían leído. De sus lectores apreciaba, en la medida de sus posibilidades, la comunicación alrededor de lo que publicaba, lo que se entendía de sus libros, encontrarse con otros, comunicar, escuchar, sentirse más humano.
Y fue ella, su musa, Doña Elia, el libro sagrado que le enseñó tantas cosas en cada página que leía como “sus brazos suaves y turgentes cual las cosas que Dios sabe hacer bien cuando quiere”, y si Dios es el creador de cielo, la tierra y todo lo que nos rodea, Elia fue la creación perfecta.
La intimidad de Don Dámaso va asociada a la poesía, quizá por eso se desconozca esa parte, y con justa razón, las alegorías a Elia corresponden exclusivamente a ambos. Murúa en su poema “Sé…”, fechado el 22 de julio de 1959, desde la Ciudad de México, derrocha romanticismo con una simplicidad similar a la utilizada por el poeta escuinapense Don Merced Guerrero; al caer la tarde en los linderos del mercado, cuando las palomas bajan de la iglesia a comer arroz que los inocentes niños arrojan en la explanada de la Plazuela Corona.
Repican las campanas de la iglesia de San Francisco de Asís, alzando el vuelo las aves que, asustadas, cambian de dirección para retornar de nuevo al apagarse el estruendo; las tardes de Escuinapa (con las nubes postradas en las alturas), el calor baja en intensidad, se vuelven majestuosas, favorables para la conversación de los mayores.
La” musa” de Dámaso Murúa se llama Elía del Consuelo Enríquez Aguilar, nacida el 14 de octubre de 1937 en San Luis Potosí. Se casaron el 6 de enero de 1960, procreando tres hijos varones; Tonatiuh, Cuauhtémoc y Yuri.
Doña Elia fue la guardiana e impulsora de la obra de Dámaso Murúa, con el apoyo de sus hijos, especialmente Yuri, han difundido por toda la región como patrimonio de todas y todos los sinaloenses.
Viene a cuento todas estas palabras, por la reciente publicación de Yuri, con quien he coincidido en la revalorización de la narrativa de su padre y ciertas inclinaciones literarias, con respecto al fallecimiento de su madre hace algunas horas, la “musa” de “los ojos verdes de la huasteca potosina”, como la evoca en sus redes sociales.
Qué mejores palabras que las suyas para despedirla de este mundo, regresarla a la tierra donde perteneceremos el resto de los siglos. A la vida venimos a luchar, nada se nos da, todo tiene un costo; se arrebata a la muerte el aire que se respira. Se lucha contra los demonios internos, los abusos de los patrones, se lucha por alcanzar el sueño que se aspira, se lucha también contra las enfermedades que azotan el cuerpo desgastado con el paso del tiempo.
Elia del Consuelo fue más que la “musa de los ojos verdes” que inspiró a ese gran hombre como fue Dámaso Murúa. También fue hija, esposa, madre, abuela…mujer. A pesar del gran dolor por el que atraviesan los hijos, como lo expresó Yuri, “hoy hay fiesta en la huasteca” porque Elia del Consuelo se une en otra dimensión, con su esposo Dámaso Murúa.

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