¿Qué hacer?, ¿qué vestir?, ¿qué comprar?… Preguntas llenas de vacío que sin querer nos llevan a comprar, por inercia, pan de muerto desde el mes de agosto; y empezar a vivir la Navidad apenas entra septiembre. Cada cambio de temporada anticipa un tinte más acelerado y mercantilista. Me decía una amiga que en este tiempo tan caótico, donde se está borrando la necesidad del esfuerzo, la dedicación y la constancia, ella sólo quiere borrarse del mapa. No era broma, entró en una seria crisis depresiva. Investigó sobre una clínica en Japón donde te internas por dos semanas y te inducen un coma —tampoco esto es broma—. Te asisten, alguien se encarga de limpiar tus desechos y alimentarte por sonda, y cuando regresas al mundo real, has reactivado tu organismo, relajado tu cuerpo, perdido peso y, sobre todo, ganado muchas ganas de volver y de vivir. Dado el precio y su precariedad, decidió seguir encerrada en su casa.

En esta búsqueda de sentido —que hemos tenido como humanidad desde el inicio de los tiempos— quizás valga la pena volver a replantearnos la verdadera idea de progreso y bienestar, de identidad y valores. Tomar distancia de los modelos culturales y familiares y observar si ambos han mejorado nuestras condiciones de vida, si hay necesidad de cambiar algo y no esperar momentos límite. Volver a las buenas lecturas —de todo tipo— como a las de Henry David Thoreau para retomar ideas universales que muestran que, aún la distancia y las diferencias, en esencia, los individuos perseguimos lo mismo: tenemos los mismos temores y con frecuencia nos aquejan las mismas incertidumbres… pero seguimos perdiéndonos, parece que cada vez con mayor facilidad. Habrá que replantearnos el progreso y el entretenimiento, probar si la austeridad y el desprendimiento nos dará riqueza, o al menos un bienestar más genuino y duradero… Estar aquí y ahora, pese al caos climático, a la violencia, la vileza, la gentrificación, el Airbnb, al guachicoleo, las granjas de bots, a la IA, la comida cuántica… y tener presente que lo que fácil llega fácil se va, y no olvidar que, hoy y siempre, las convenciones vacías, vacías son. En este cambio de temporal, el otoño siempre es una invitación para agradecer el peso real de los vínculos, el amor y la existencia misma.

Comentarios: [email protected]

 

 

 

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO