Hasta hace unas pocas semanas conocí la ‘epistemología feminista’, un concepto con el que hoy puedo explicar mi crítica a la educación superior. Primordialmente en las aulas, en la interacción docente-conocimiento-estudiante.

En las universidades, los conocimientos siguen presentándose desde una perspectiva occidental, colonial, androcéntrica y patriarcal.

Quienes estudian o han estudiado no me dejarán mentir. Cuando no se habla de Aristóteles, se habla de Sócrates, de Newton, Darwin, Freud, Kant, o Laswell, según sea el área del conocimiento. Ellos, sus teorías y lo que descubrieron forman parte de la cultura popular.

¿Los nombres de cuántas científicas y sus aportes podemos recordar con facilidad? ¿Marie Curie por ser pionera en la investigación de la radiactividad, quizás?

Si bien, es necesario conocer a los clásicos, como parte de la estructura que sostiene al conocimiento, es inquietante que las instituciones educativas, sobre todo aquellas dedicadas al nivel superior, no profundicen en el trabajo que han realizado y realizan las mujeres, o aún peor, lo excluyan.

Con esto, pongo sobre la mesa lo que ya han planteado académicas sobre la epistemología feminista, como una alterantiva a la generación y difusión del conocimiento científico.

La ecuatoriana, Doctora en Humanidades-Estudios Latinoamericanos por la Universidad Autónoma del Estado de México, María Falconí, sostiene que esta postura evidencia cómo el conocimiento científico está cruzado por intereses, relaciones de poder, por quienes lo generan y sus contextos sociales.

De modo que podemos entender a la epistemología feminista como aquella que investiga la influencia de las concepciones y normas de género en la producción del conocimiento científico, parafraseando a Elizabeth Anderson.

El concepto surgió en la década de los setenta, en la segunda ola feminista, no desde la homogeneidad, sino desde la pluralidad de enfoques, métodos y posturas.

En América Latina, por ejemplo, se habla de la interseccionalidad, pues no sólo se trata de considerar el género de quien desarrolla y difunde el conocimiento, también su raza, etnia, clase y otras características sociales. Asimismo, Julieta Paredes y Adriana Guzmán en su libro “El tejido de la rebeldia: ¿qué es el feminismo comunitario?”, hablan de la epistemología feminista como una propuesta teórica y política que suponer la descolonización de los conocimientos, culturas y cuerpos de las mujeres indígenas.

En mi artículo anterior hablé sobre la responsabilidad que tienen las y los docentes de educar con empatía y promover espacios que cierren las brechas del conocimiento. Acá también lo retomo, porque considero que si queremos un país más democrático y participativo, se debe cambiar la manera en que se piensa y hace la divulgación científica.

La ciencia no está hecha sólo por hombres y a los datos me remito.

De acuerdo al segundo informe de gobierno de la primera Presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, hasta el 30 de junio de 2026, el Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores se conforma por 49 mil 618 integrantes, de los cuales, el 41.7 por ciento son mujeres, es decir, 20 mil 702 mujeres de ciencia. Las mujeres no hemos alcanzado la paridad en la investigación.

¿Cuáles eran los datos hace 10 años? Si tomamos el cuarto informe de gobierno del ex presidente Enrique Peña Nieto lo primero que encontramos es la invisibilización a las investigadoras desde el nombre, porque el SNII no existía, era el Sistema Nacional de Investigadores.

El documento, que puede consultarse en internet, habla en la generalidad de una integración de 22 mil 373 personas que recibían recursos del Conacyt (hoy esos recursos son entregados por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación).

Podemos saber por un dictamen de la Comisión de Ciencia y Tecnología de la 64 Legislatura del Senado de la República en el que exhorta al Conacyt a generar esquemas y programas para aumentar el número de mujeres que participan en el SNI, que en ese entonces había un universo de 25 mil 072 investigadores, de los cuales, 9 mil 081 eran mujeres, menos de la mitad que hoy son parte de la estadística. Poco más de un tercio de la investigación de este país venía de mujeres.

No se trata de que las mujeres seamos cuotas, ni en la política, en la ciencia o en la cultura, sino que existan las condiciones para que todas las personas puedan desarrollarse, atendiendo a que hay diversidad de realidades, perspectivas y contextos.

Es evidente que en las instituciones de nivel superior hace falta una reestructuración, tanto en programas educativos como visiones, por eso es pertinente voltear a ver las aulas y analizar si las mujeres ya formamos o no parte de los contenidos académicos.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO