Los acontecimientos recientes en la política mexicana y sobre todo los sucedidos en Sinaloa, me dejan mucho más preocupado que aliviado. El manejo torpe, infantil, autoritario, engañoso, sectario y cortoplacista revela que estamos gobernados por un grupo con intereses particulares muy distintos a los intereses colectivos de la sociedad.

Esta semana en el tema principal en las mesas de análisis de los noticieros de todo el país se centraron en el manejo de la crisis en Sinaloa. Hubo quienes aplaudieron la “mano dura” de una presidenta, cuyo poder, ejerce a cuentagotas y de forma selectiva a conveniencia de su régimen y no del beneficio de los mexicanos.

Lo que está sucediendo en Sinaloa, lastimosamente es solo el ejemplo de lo que va a suceder en los demás Estados, cada uno a su tiempo, si seguimos teniendo gobiernos que actúan de manera contraria a su función. Gobiernos que en lugar de cumplir y hacer cumplir la ley son quienes la violan con total impunidad y se benefician personalmente de ello, incluso para obtener triunfos políticos.

Dicen que “cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. Mazatlán no quiso ver que la crisis de Culiacán pronto estaría en sus puertas y desgraciadamente ya está sucediendo. Así seguirán Los Mochis, los demás municipios y luego los demás estados si es que no hacemos algo antes. Y nada va a pasar si no exigimos.

No sé si reír o llorar cuando escucho que dicen que el gobernador con licencia o exgobernador malinterpretó las señales y los mensajes de la presidenta. ¿En serio? ¿A qué estamos jugando? Si la comunicación entre un gobernador en una crisis de esta magnitud y una presidenta de la república se da por medio de mensajes y discursos públicos y no de manera directa y privada y sin lugar a interpretaciones, entonces eso deja mucho que decir de la forma de ejercer su cargo como figura de autoridad de ambos. Vergonzoso, eso no es poder, eso es torpeza.

El régimen, el partido o el movimiento, como le quieran llamar, no puede justificarse y exculparse de que un miembro de ellos actuó solo y que es su responsabilidad total, cuando antes de eso, no solo no fueron ellos quienes lo señalaron, peor aún, lo justificaron, lo encubrieron, lo defendieron y hasta lo corearon en apoyo. Tienen que hacerse responsables.

Se les olvida a muchos que la presidenta juró “cumplir y hacer cumplir” las leyes de nuestro país, el mero objetivo fundamental de su cargo es eso. Y al momento de decidir de manera selectiva cuando y a quien se le aplica la ley y cuando y a quien no, está violando directamente la función de su puesto como máximo líder. Está abusando del poder que se le otorgó. La ley debe de ser pareja para todos. Esa promesa fue la que los llevó al poder después de tantos agravios e injusticias que han sufrido los mexicanos.  Y su juramento de toma de protesta termina con la frase “y si no lo hiciere que el pueblo me lo demande”.

La pregunta es ¿Dónde está ese pueblo demandando que se cumpla y haga cumplir la ley? Para ello hay varias respuestas. Unos dicen que el pueblo es apático, otros dicen que es cómplice, otros indolente, o que no les importa, que tienen miedo, o que están ocupados en otras cosas, que no tienen esperanzas que algo vaya a cambiar, que no encuentran a un líder con el cual se identifiquen, etc. Generalmente es muy fácil juzgar desde afuera, pero viviendo aquí es mucho más complejo.

En Sinaloa, una parte importante de los ciudadanos, están deseosos de volver a lo que, alguna vez, nos conformamos con llamar “normalidad”. Están dispuestos a ser optimistas y ver el vaso medio lleno. Incluso dispuestos a dejar pasar este cúmulo de atropellos, ilegalidades, autoritarismo, corrupción, complicidad y errores con las que el régimen decidió actuar, con tal de darle vuelta a la página y hacer como que aquí no pasó nada con tal de mantener la esperanza de que algún día se va a resolver esta crisis.

Para quienes piensan así les tengo una muy mala noticia, que ya la saben, pero hacen como que no la quieren saber: El autoritarismo, la polarización y la corrupción no se combaten con más autoritarismo, más polarización y más corrupción.

Ante todo esto preguntamos ¿entonces cuál es la solución? La respuesta también ya la sabemos todos. La solución es aquella que hasta ahora como sociedad hemos sido temerosos a tomar. Responsabilicémonos, organicémonos, exijamos y demandemos juntos que se respete nuestro reclamo común. Dejemos de ser tolerantes y permisivos. Acompañemos a quienes nos plantean opciones y oportunidades para manifestarnos y exigir.

Los problemas no se resuelven acomodándonos del lado del perpetuador, como algunos lo están intentando hacer. Se resuelven afrontándolos y enfrentándolos. Solo unidos como sociedad podemos recuperar la dignidad que nos han venido robando.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO