A veces me aparece en Facebook el meme de que Culiacán es como un nivel del Mario Bros 3, en cual te persigue un sol furioso. Tú corres alejándote de él y saltas entre los cubos, las plataformas y los gumbas para evitar que te mate, y por eso cada vez que lo veo recuerdo caminar por las calles de la ciudad buscando un poco de sombra bajo sus escasas cornisas, o entrando a un supermercado para comprarme un te helado o un suero; también recuerdo ver muchos expendios de cerveza, tiendas de ropa y puestos de piezas para celular. Alguien ajeno a la ciudad no podría imaginar que en ésta han ocurrido otras cosas que las que lee en las noticias, y las que mira en sus calles; no sabría, por ejemplo, que hubo una época en que ocurrían conciertos improvisados de música que no era regional a los que llamábamos “tocadas”, por los cuales los jóvenes recorríamos la ciudad de noche hasta dos o tres veces con la esperanza de llegar a una cochera con el portón abierto en la que tocaba una banda culichi.

Recordé esta época porque me encontraba revisando un libro de Javier Angulo aún inédito sobre la escena musical independiente de Culiacán, y en este habla sobre los conciertos de cochera que hacían los metaleros, también llamados ‘tocadas’, o ‘tokines’. Aunque quería iniciar esta colaboración con Revista Espejo con otro texto, el invocar las tocadas trajo varias ideas y recuerdos sobre una época que fue especialmente extraña para Culiacán. No extraña por malintencionada. Extraña porque no sé si antes ocurría, o si volverá a repetirse en un futuro cercano.

Los fines de semana cuando me gradué de la universidad, por el 2013, había ‘tocadas’ por toda la ciudad. Las bandas de metal, las de rock, las de punk, algunas de ska que resistían la desaparición, o las de metalcore, ponían una casa o se aliaban con el cumpleaños de alguien, y se organizaba un concierto improvisado en espacios que nunca eran los mejores para el evento. Estos siempre eran cocheras o patios viejos. Todos llegábamos con nuestras hieleras cargadas de cerveza y veíamos a las bandas desfilar por el escenario. Pero la realidad es que a las tocadas llegaban unas cien o ciento cincuenta personas que tapizaban la calle afuera de la casa.

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Acá un tokin de una de las bandas emblemáticas de Culiacán: Taller para niños

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A lo largo de la noche veías a una y a otra banda alternarse los mismos instrumentos musicales que estaban conectados, de manera improvisada, a la electricidad del hogar. No había consolas para potenciar el sonido. Nadie pedía calidad de auditorio nacional. Todo mundo quería cantidad. Todo mundo quería dos o tres tocadas en más de un punto de la ciudad (una en Villa Universidad, otra en Cañadas y una última en la Pemex) para tener un pretexto de ver a más gente, y quizá conocer a algún pretendiente o pretendienta, a nuevos amigos de borrachera, o vivir alguna situación anómala que relataras como una aventura el fin de semana.

Según lo que menciona Javier Angulo, las tocadas, o tokines, ya existían desde las primeras bandas sinaloenses de metal en los años noventa. Siempre, en especial para la escena de música metalera, fueron esenciales para que las bandas se expusieran a los comentarios y al ojo ajeno; esto generó una especie de circuito musical improvisado, totalmente hogareño, que brindó espacio para que muchos proyectos musicales surgieran y murieran de manera segura. Las ‘tocadas’, entonces, eran el complemento de una escena musical que desconocíamos, en aquel momento, que sí se estaba viviendo en Culiacán.

En la época en que pasaba los fines de semana saltando con mis amigos entre una tocada y otra surgió Un Triángulo, del Emanuel Chiquete, y su canción de punk rock llamada “La Batalla”. Aún tengo esa canción guardada en mi teléfono, y la escucho una vez al mes. Aunque esta canción no formó parte de los círculos musicales del metal sinaloense, sino de la escena musical alternativa que en aquella época se acercaba más a lo que entonces llamábamos hipster, la canción era un canto de un enamorado a una chica, el cual era acompañado de una batería muy poderosa que obligaba a todos los que estuvieran en la calle a voltear a ver a la banda. Se sentía como si la música nos dominara a todos.

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Acá La Batalla de Un Triángulo:

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Por entonces se cuestionaba si existía una escena musical independiente en Culiacán. Se adjudicaban muchos problemas para contradecir su existencia: no existía un circuito de bares esenciales, ni una atención mediática constante y de calidad que hiciera lucir a las bandas como lo que eran: conjuntos de excelente calidad, capaces de competir al lado de bandas grandes de sus géneros musicales. Que si fue lo que vivió, por ejemplo, la banda de metal Evilheart. Con el tiempo, al mudarme a Ciudad de México, entendí que una escena local nace, crece y se desarrolla en esos espacios improvisados, que no había diferencia entre los estacionamientos del centro de Culiacán y los grandes centros culturales independientes de la capital.

Ahora, a la distancia, es fácil agradecer con este exvoto a las tocadas por haber vivido aquella época y decir que sí hubo una escena de música local independiente. Y añadiría, nada más, que quizá es hora de rescatar lo que se vivió en aquellas décadas de principios de milenio.

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