Hace unos años escribí una columna titulada Desde las redes sociales también se gobierna. Sigo creyéndolo. Las redes sociales son una herramienta indispensable para comunicar, escuchar y construir gobernanza. Pero el tiempo me obligó a agregar una precisión: una cosa es gobernar también desde las redes; otra muy distinta es gobernar únicamente desde ellas.
Aquí entra nuestro gobernador con licencia. Ayer, 9 de julio de 2026, el gobernador de Sinaloa, con licencia, Rubén Rocha Moya publicó un tuit en X. En un solo mensaje, en poco más de quinientas palabras: anunció su situación jurídica, se victimizó (“una atroz embestida mediática de calumnias”); rechazó las acusaciones hechas por Estados Unidos, descalificó por nombre a un periodista, acusó a “la ultraderecha”, invocó la soberanía nacional y defendió “la transformación”, apelando a la compasión con el argumento “de los pobres”, ensimismando al movimiento por encima de cualquier otro de América.
Todo eso lo hizo sin una sola pregunta de por medio. Los comentarios están restringidos. Es decir: comunicación unilateral disfrazada de posicionamiento político.
El patrón del silencio
Antes de ese tuit, Rocha no escribía nada desde el 26 de mayo — el día de su comparecencia ante la FGR, cuando aseguró haber respondido “todas las preguntas” del Ministerio Público Federal. Un mes después, el 25 de junio, la fiscalía reservaría esas mismas respuestas por cinco años. Antes del 26 de mayo, solo permanecía el silencio desde el 1 de mayo, con una publicación sobre la CFE. Y antes de esa, el 30 de abril, una felicitación a los niños por su día.
Cuando aparece, no es para informar sobre el estado, sino para hablar de su situación jurídica o fijar postura política; nunca para abrir espacio al contraste.
Por qué X
No es casualidad la red que elige para lanzar sus comunicados. X sigue siendo la plaza pública favorita de periodistas, políticos, analistas y generadores de opinión. Es también la que Rocha puede blindar mejor: comentarios restringidos, pero retuit con cita abierto — para que la narrativa se replique, no para que se cuestione.
Es la paradoja: usa la red más pública para un monólogo.
La pregunta incómoda
Rocha pidió licencia hace 69 días, el 1 de mayo, pleno día del trabajo. Según su propio tuit, lo hizo por convicción, para que se le investigara “con toda amplitud y sin cortapisa alguna“. Sin fuero. Sin protección. No habla como alguien apartado del cargo. Defiende al gobierno. Defiende “la transformación”. Marca agenda pública. Acusa intereses políticos. Y, con un solo tuit, vuelve a incendiar X, las demás redes sociales, medios de comunicación tradicional y la discusión política en todo el país.
Entonces mi pregunta es simple: ¿qué significa pedir licencia? ¿Apartarse del cargo? ¿O solo apartarse de las responsabilidades administrativas mientras se conserva exactamente el mismo poder político? Porque desde Culiacán, sin cargo formal, sigue marcando la conversación política de su gobierno. Solo que ahora sin comparecencias, sin Semanera, sin entrevistas casuales, sin preguntas incómodas. Solo con un tuit.
El casting se repite
Hace unos días escribí sobre las señales para detectar un personaje construido en campaña: la crítica convertida en persecución, la ausencia que nadie explica. Rocha, aunque no en campaña, sí como gobernante con licencia, activa las mismas dos señales al pie de la letra. No inventó nada nuevo. Solo confirmó que el manual funciona igual con o sin urnas de por medio.
La doble vara
Cuando Estados Unidos procesó a García Luna, la narrativa oficial fue que la justicia internacional había funcionado. Hoy, cuando las investigaciones alcanzan a integrantes o figuras cercanas al partido en el poder, la narrativa cambia: es un ataque, es una conspiración, es la ultraderecha queriendo “menoscabar la soberanía nacional”. No hace falta afirmar que las acusaciones contra Rocha sean ciertas o falsas. Lo que salta a la vista es la inconsistencia del discurso. La confianza en la justicia, al parecer, depende de quién está sentado en el banquillo.
El fondo del asunto
Rocha pasa dos meses en silencio y reaparece con un tuit. López Obrador convirtió la conferencia diaria en un ejercicio para fijar la agenda pública. Sheinbaum mantiene el mismo principio: hablar todos los días, pero decidir de qué se habla. Tres estilos distintos con un mismo objetivo: controlar la narrativa. Porque la narrativa no se construye hablando más. Se construye decidiendo qué se dice… y, sobre todo, qué se calla.
Las redes sociales permitieron acercar a los gobernantes con la ciudadanía. La ironía es que terminan convirtiéndose en el espacio perfecto para que el poder hable sin escuchar, replicado, sin dar paso a responder cualquier pregunta incómoda. Porque gobernar desde las redes sociales no es el problema. El problema empieza cuando las redes sustituyen a la rendición de cuentas.

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