Los partidos políticos llevan 20 años o más sin mirarse al espejo. Sin reconocer sus fallas y errores, ni las razones por las cuales decepcionaron a quienes una vez creyeron en ellos. Las victorias de uno y de otro han sido, más bien, causa del hartazgo y decepción de la gente a quienes gobiernan cuando una y otra vez incumplen sus promesas de campaña. El elector termina eligiendo al menos peor. Voto de castigo. Pero rara vez es un voto de esperanza.
Quien no reconoce sus errores, seguirá cometiéndolos. Y en una contienda donde hay tan solo un pequeño número de competidores y según las reglas siempre alguno de ellos tiene que ser el ganador, es muy fácil creerse merecedores de victorias que les cayeron de rebote. Más por fallas del contrincante que por sus propios aciertos.
Y así hemos llegado a este punto, donde tenemos un gobierno todopoderoso, arrogante y soberbio. Pero lo peor de todo, es que los perdedores son igual de soberbios, arrogantes y ciegos. Festejan los tropiezos de sus adversarios, pero sin ofrecer nada a cambio que sea mejor. Los opositores se han quedado muy cómodos administrando las miserias que les dejaron. Aspiran a ganar por puro milagro y no por que ofrezcan y conduzcan un proyecto ganador, por trabajo arduo, por capacidad o por los sacrificios que realiza aquel que busca un bien mayor.
No existe una oferta de un mejor futuro. El grupo en el poder ofrece continuidad de su proyecto, sin aceptar ningún error, sin reajustar el rumbo, haciendo en sus acciones lo contrario de su mantra que repiten con la ilusión que alguien se los crea. Mienten, roban y traicionan todos los días. Así gobiernan, haciendo justo lo que juraron combatir.
Por el otro lado los “otros” ofrecen regresar al pasado, como si todo hubiera estado de maravilla, sin aceptar que ellos son justamente la razón por la cual los mexicanos votaron tan avasalladoramente por los “otros otros” que ahora son quienes gobiernan. Si acaso ofrecen ser opositores, decir que no a todo, tenga o no tenga sentido o que sea lo correcto o no, pero máximo hasta ahí llegan.
Las opciones del elector son solo dos: Más de lo mismo de hoy o más de lo mismo de ayer. Y luego se cuestionan por que el electorado es tan apático.
Quieren culpar a los votantes por no elegirlos. Quieren responsabilizarnos de las consecuencias de sus propias acciones y omisiones. No hay un reconocimiento, una mea culpa, una señal de arrepentimiento, una promesa si acaso de cambiar y de ser mejores. La oferta es simple: Yo era malo, pero ellos son peores, así que vota por mi de nuevo o eres cómplice de lo que suceda. Pero ellos se lavan las manos. Mira que fácil. No señoras y señores, háganse responsables y asuman las consecuencias.
Como dijo un buen y sabio amigo, “la primera gran lucha de los ciudadanos debería de ser contra los partidos de oposición”.
El objetivo debería de ser luchar contra la corrupción, contra el abuso de poder, contra el empoderamiento del crimen organizado, contra la mentira y la farsa, contra los malos manejos de los dineros públicos, a favor del progreso, de la paz, de la igualdad de condiciones y oportunidades, de un futuro próspero para las generaciones actuales y las próximas, a favor de la estabilidad económica y social, del estado de derecho, de la convivencia armónica y de muchas otras cosas más.
Tenemos que empezar hoy a planear y construir esa otra nueva opción, si no lo hacemos seguiremos atrapados en el mismo circulo vicioso donde solo podemos elegir entre muy malo o “muy muy” malo. Por esto se necesita tener claridad de un fin común, un objetivo compartido. Desarrollar un proyecto que nos guie hacia allá, un mapa o instructivo que nos muestre claramente el camino. Aceptar cada uno su rol, que le toca hacer y dejar de hacer a cada uno para lograr ese objetivo. Y por último, manos a la obra, acción, ponernos a chambear.
Dejemos de perdernos en promesas, engaños, encuestas, simulaciones, predicciones y adivinanzas, si no aquí estaremos discutiendo el mismo tema en 3, 6, 12… 60 años.

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