Imaginemos, por imposible que pueda parecer, una sociedad completamente perfecta. Una que ha logrado alcanzar la justicia social absoluta, de bienes abundantes y tal nivel de desarrollo en el que todos sus habitantes cuentan con vidas plenas.
Un lugar dónde los niños puedan desarrollar las aptitudes que deseen y vivir sus vidas con dignidad. En el año 1973, la autora estadounidense fue quién imaginó este escenario en su relato corto «Los que se alejan de Omelas».
Para sostener su ficción, la autora nos sugiere que imaginemos a Omelas de la mejor manera en que nos sea conveniente, sin ofrecer descripciones físicas u ofrecer elementos que nos permitan asociarle con una región geográfica establecida.
Y es que en este lugar puede existir de todo, desde una iglesia sin clérigos, un espacio para orgías. «En Omelas la victoria que se celebra es la de la vida», menciona Le Guin.
Pero si algo nos enseñan la ficción junto a la propia realidad, es que un lugar como este cuenta con un precio. Uno que en este caso es tan áspero y cruel en proporción a lo que se ofrece a cambio.
¿De qué depende la seguridad con la que Omelas se sostiene? ¿El trabajo arduo de sus habitantes? ¿La bondad con la que todos se cuidan entre sí? ¿La falta de una dependencia hacia un modelo económico predeterminado?
Bajo el júbilo y el gozo, en algún punto existe un sótano cuyas dimensiones no sobrepasan a la de un armario mediano. Ahí habita un niño (o podría ser una niña). No mayor a los diez años pero aparenta tener seis. De poco entendimiento. Tal vez nació así o le fue infundado por el miedo.
La prosperidad de la ciudad y sus habitantes depende de la miseria de este ser y las condiciones inhumanas a las que se le somete. Y no existe habitante que no sepa de su existencia.
Algunos le visitan. Le observan un momento y regresan a sus vidas, convenciendose de que esto es necesario para satisfacer las necesidades del bien común.
Otros solo se van de Omelas. Estos nunca regresan, pero su partida es rápida, silenciosa. No cuestionan nada o emiten protesta alguna. Solo se marchan como si nunca hubieran estado ahí. Y aún así, Omelas continúa existiendo.
México, Sinaloa e inclusive Culiacán están lejos de ser un Omelas. Y aún así no puedo evitar encontrar una aterradora afinidad entre el texto lo que, como sociedad, cada vez es más evidente lo que hemos estado dispuestos a ignorar de forma colectiva.
No hay día en que los noticieros no presenten información sobre arreglos cuya única función es la de beneficiar solo a algunos y que sean otros quienes paguen los platos rotos.
Una sociedad civil cada vez más dividida y fragmentada mientras la clase política se encuentra cada vez más desconectada de las necesidades reales de la nación y sin decoro para ocultar o disimular sus agendas personales. Y aquí no sufre un solo niño: Quienes sufrimos somos todos.
Se normaliza tanto la pobre gestión pública, el derroche o desperdicio de recursos, los continuos actos de corrupción y nepotismo y una ola de violencia que parece no tener fin. «Así ha sido siempre», repetimos a modo de mantra. Como si así pudiéramos sentirnos menos peor.
Irónicamente, quienes dan nombre al relato, ya no forman parte de él. «Los que se alejan de Omelas». Somos muchos los que con impotencia vemos a amigos y seres queridos marcharse en búsqueda de un mejor mañana o simplemente porque las condiciones de violencia no les permiten quedarse.
Y quienes nos quedamos podríamos llegar a juzgarlos con severidad. Pero, en la mayoría de los casos, no podemos seguir sus pasos porque no queramos, si no porque no podemos hacerlo.
Se paga un precio terrible si permanecemos en Omelas, pero este no debe ser visto como una carga que se deba delegar a las instituciones. Estas claro que son necesarias para brindar una estructura a las sociedades, pero también se necesita de acción ciudadana.
Quedarnos en Omelas no debe ser por resignación o sumisión.

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