Perdió su teléfono celular. Se apersonó en la oficina de atención al cliente y no hubo manera de probar que ella era ella; se bloqueó y no recordó las claves de seguridad de su número, de sus redes ni de su correo electrónico. Ni la credencial de elector le valió para probar su identidad, le dijeron que los estafadores las clonaban idénticas. Frustrada, estuvo a punto de plantarse a llorar frente a la señorita del mostrador; guardó la compostura y solicitó hablar con el gerente de piso. Ya frente a él —y en el tono más amable que le fue posible— le dijo que no abandonaría la oficina hasta que le recuperaran su número telefónico, porque ella sí era ella. El hombre sonrió —intentó mostrar que la sonrisa aprendida le salía del alma—. Le pidió que escribiera cinco números telefónicos a los que llamaba con mayor frecuencia para rastrearlos en el sistema y comprobar que ella sí era ella. Ella tomó más aire del necesario y le dijo que sólo recordaba el de su madre. El gentilhombre, con gesto desconcertado, respondió que por favor guardara las formas. Sorprendida, le dijo que se refería a su madre no a la de él. El hombre insistió en los cinco números, ella en repetir que sólo sabía el de su madre. El gentilhombre —que ya empezaba a perder el buen tono— le preguntó el año exacto y la tienda en la que había comprado el teléfono. La mujer soltó nerviosa carcajada: que qué, sí apenas me acuerdo de mi número. Cerró los ojos y respiró profundo. Se recompuso y le pidió al hombre —en tono condescendiente— que entendiera que los SIS TE MAS —así lo dijo— fallaban, y su compañía debía de tener otros SIS TE MAS de verificación. Que su madre justo acababa de pasar por un episodio parecido pues en el banco su huella digital ya no respondía a la que le habían tomado años atrás: el cuerpo cambia, señor gerente, las huellas cambian, la memoria falla. El gerente —quien se había percatado de la cantidad de curiosos que seguían el alegato— le dijo que le permitiera un momento, que consultaría con su superior. Apenas le dio la espalda, levantó los ojos y apretó los dientes. Regresó rapidísimo y le dijo que le tomarían la credencial de elector como identificación válida y oficial. Satisfecha, le extendió la mano en señal de paz. Recuperó su número telefónico.

Recordó el episodio al quedarse sin línea telefónica por no haberla registrado. Le ofrecieron chips ya vinculados, pero la vecina le advirtió que con esos robaban la identidad. ¿Identidad? Había perdido la esperanza, se sintió desvinculada de un sistema que la había superado. Todo indicaba que ya había empezado a dejar de existir. En un mundo de inteligencia artificial, ella era un perfecto sistema fallido.

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