En México, la palabra igualdad se ha vuelto cómoda cuando no implica hacerse cargo. Se pronuncia en marchas, se imprime en las mantas, y la oímos a cada rato en discursos jurídicos, pero casi nunca se traduce en cuidado real. Menos aún cuando se trata de paternidades.
Mientras algunos colectivos de hombres exigieron “igualdad” en juzgado familiares hace apenas unas semanas, la vida cotidiana cuenta otra historia. Los problemas de custodia, pensión y convivencia no se dan en el vacío, sino en un país donde el abandono paterno es masivo, la mayoría de las pensiones no se cumplen y la violencia familiar tiene un patrón claro y documentado. La supuesta “igualdad” que reclaman ignora ese piso desigual y las condiciones que muchas mujeres atraviesan para sobrevivir con sus hijas e hijos.
No es un sistema antipadres, es un sistema que normaliza la irresponsabilidad masculina. En este contexto, el país se sostiene gracias a maternidades exhaustas.
En Sinaloa, por ejemplo, las pruebas de paternidad ya son gratuitas. En teoría suena a avance, pero en la practica sabemos que no garantiza justicia. Reconocer legalmente a un padre omiso no asegura que pague una pensión digna, ni que se haga cargo del cuidado, ni que la infancia deje de vivir en precariedad. El Estado puede nombrar al padre, pero no obligarlo eficazmente a cuidar. La filiación existe, ajá; ¿la responsabilidad? No siempre…
Ahí podemos ver el desequilibrio: se facilita el reconocimiento del vinculo sanguíneo, pero no se construyen mecanismos sólidos para exigirla. Luego hablan de derechos paternos sin querer hablar de abandono; y se reclama igualdad sin tocar el tema del incumplimiento sistemático.
Del otro lado, la maternidad no goza de ese margen. A las madres no se les concede la posibilidad de fallar; al contrario, se les exige cuidado absoluto en un país atravesado por la violencia, la pobreza y el abandono institucional. Y cuando algo sale mal, la respuesta del Estado no es acompañar, sino castigar.
El delito de omisión de cuidados es un ejemplo brutal. Se usa para sancionar a mujeres que no cumplieron el mandato de la madre perfecta, incluso cuando lo que falló no fue el amor ni la intención, sino un sistema que deposita toda la carga en una sola persona. El Estado no cuida ni previene, pero penaliza y juzga.
La paradoja entonces es la siguiente: a los hombres se les ofrece una igualdad discursiva; a las mujeres, responsabilidad total. Para ellos existe el derecho a no ser criminalizados, y a ellas la amenaza permanente de serlo.
En territorios como Sinaloa, esta desigualdad se vuelve todavía mas cruda. Las madres crían en medio de la violencia. Tapan los oídos de sus hijos cuando suenan los disparos. Cambian rutas, horarios, rutinas. Sostienen la vida mientras afuera crece la inseguridad. Y si la violencia irrumpe, si un hijo desaparece, si algo falla, si el cuidado no fue suficiente, la maternidad vuelve a ser señalada, nunca protegida.
Por eso resulta tan revelador que el debate publico se concentre en la “igualdad” paterna y no en la corresponsabilidad efectiva. Que se hable de derechos sin hablar de pensiones. De filiación sin hablar de cuidados y reproducir el discurso de “justicia” sin garantizar condiciones materiales para ejercerla.
No hay igualdad posible sin responsabilidad ni paternidad plena sin cuidados. No podemos hablar de justicia cuando el Estado delega la vida cotidiana a las madres, pero reserva para sí el castigo.
Mientras eso no cambie, lo que se presenta como avance seguirá siendo apenas una simulación: hombres reclamando derechos que no ejercen, madres cargando solas con consecuencias que no provocaron, y un aparato institucional que, en lugar de sostener la vida, se limita a señalar a quien falla.
Y casi siempre, la que falla (según el sistema) es la madre.
Pero eso sí, Feliz día…

Comentarios
Antes de dejar un comentario pregúntate si beneficia a alguien y debes estar consciente en que al hacer uso de esta función te adíeles a nuestros términos y condiciones de uso.