Mientras los medios nacionales siguen hablando del domingo 22 de febrero, que fue violento en diversas entidades del país, en Sinaloa nos siguen bombardeando, literalmente. Tepuche fue atacado con drones el miércoles 25 de febrero y la noticia apenas circuló en medios locales, como si se tratara de un dato menor, de una nota más en una guerra que tiene sin cuidado al resto
En México no solo hay territorios en guerra, hay territorios a los que se les negó el derecho al asombro y al duelo, que no merecen indignación pública. En Sinaloa la violencia ya se adhirió a lo cotidiano. Ya no hay “día oscuro”, hay continuidad. No hay ruptura que amerite cobertura prolongada, análisis de fondo o pronunciamientos solemnes. Dura un día. A veces ni eso.
No se trata de competir dolores. Lo que ocurrió en Jalisco, Guanajuato, Michoacán y demás estados el 22 de febrero es grave y merece atención.
El problema es que esa atención es selectiva.
Que algunas violencias conmueven al país entero mientras otras se justifican o se reducen a “contexto”. Que a ciertas ciudades se les diga “me dueles México”, y a otras se les responda con un “algo habrán hecho”, “así es su cultura” o “allá es normal”
Esa jerarquización no es casual, es política
En Sinaloa llevamos más de quinientos días de caos, pero pareciera que la guerra solo existe cuando irrumpe en territorios que no estaban previamente marcados como sacrificables. Aquí la violencia no rompe la narrativa nacional porque ya estaba incorporada y se asumió que estas vidas eran parte del costo
Mientras tanto, pasan cosas que deberían hacer temblar a cualquiera: comunidades atacadas con drones, familias desplazadas viviendo en la basura, gente organizándose no para protestar, sino para sobrevivir. El domingo 22 de febrero, cuando el país miraba a otro lado, hubo sinaloenses llevando despensa y sostén para quienes perdieron su viaje, para quienes se quedaron varados en medio del miedo. Eso no salió en ningún análisis.
Tampoco salió que aquí la gente no solo enfrenta al crimen organizado, sino el abandono sistemático del Estado y la indiferencia del resto del país. Que la violencia no solo mata cuerpos, también agota, desgasta, empuja al silencio. Y que ese silencio no siempre es complicidad, muchas veces es cansancio.
Por eso duele cuando, desde afuera, se habla de Sinaloa como si fuera una consecuencia lógica. Como si la violencia fuera algo que nosotros estamos gustosos de vivir, resumen de nuestra identidad y no el resultado de economías criminales e impunidad institucional qué, juntas, administran una guerra por regiones. Como si no hubiera gente intentando sobrevivir entre balaceras todos los días
No hace falta preguntarnos por qué en Sinaloa pasa esto. Pero sí necesitamos saber por qué cuando pasa aquí deja de importar…
Hoy los medios analizan el “después” de Jalisco ¡Aquí no hay después! Aquí el presente sigue ardiendo. Sinaloa sigue sangrando y parece que eso no amerita ni trending topic ni comunicado
Hablar de esto no es pedir lástima. Es exigir algo mínimo, qué todas las vidas cuenten igual. Que ningún territorio sea condenado a la costumbre de la guerra. Que la indignación no tenga geografía.
Cada vez que el país decide a quien mirar y a quien pasar de largo, también está decidiendo que vidas se entierran en total omisión.
Comentarios
Antes de dejar un comentario pregúntate si beneficia a alguien y debes estar consciente en que al hacer uso de esta función te adíeles a nuestros términos y condiciones de uso.