Por: Edgar Francisco Hernández Cervantes, “Borre Hernández”.
Han pasado ya algunos días desde el quinto partido contra Inglaterra y la herida sigue doliendo. Sin embargo, las emociones que nos regalaron los jugadores de esta Selección superan con creces la tristeza y el dolor.
No es fácil que eso suceda. Perder, y a pesar de la derrota, quedarse con un sabor a satisfacción, es único, e incluso, atípico en el fútbol o en cualquier otro deporte. Precisamente, eso fue lo que logró México en este Mundial, del cual se despidió como competidor y también como anfitrión.
Al igual que el Imperio Azteca tuvo su auge y caída, nuestra Selección gozó días de gloria y, apenas unas semanas después, la inevitable despedida, en esta ocasión, contra una potencia del mundo, a la cual le jugaron de “tú a tú” por más de 90 minutos.
Cuauhtémoc, el último emperador de los aztecas, después de la muerte de Moctezuma, resistió y defendió heroicamente a Tenochtitlán frente al ejército invasor de Hernán Cortés; sin embargo, a pesar de los extraordinarios esfuerzos de los mexicas, el último emperador tuvo que rendirse cuando los españoles y sus aliados, los tlaxcaltecas, dieron el asalto final el 13 de agosto de 1521 a Tlatelolco. “No fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”, dice una placa conmemorativa, ubicada en la Plaza de las 3 culturas, lugar donde fue apresado Cuauhtémoc por Hernán Cortés.
Toda proporción guardada, el domingo pasado la oncena mexicana dio una memorable batalla de fútbol en el estadio que, no es casualidad, lleva el nombre del imperio que hace más de medio siglo resistió el asedio de los conquistadores. En menos de un mes, jugadores como Julián Quiñones, ese goleador que nos enseñó que el mexicano nace donde se le da la gana; Gil Mora, joven estrella de apenas 17 años; Raúl Jiménez, delantero que se fracturó el cráneo y sigue rematando de cabeza; Luis Romo, el sinaloense que anotó gol en este torneo, o Roberto “El Piojo” Alvarado, quien rompió el récord de pases a gol, solo por mencionar algunos, se volvieron entrañables para la afición nacional.
Y es que una base de jugadores seleccionados provenientes, la mitad de ellos, de clubes mexicanos (cinco de Chivas del Guadalajara, donde solo juegan mexicanos), nos hicieron soñar que podíamos ganarle a un equipo cuyos integrantes son 99.9% jugadores de la elite europea: Real Madrid, Barcelona, Manchester City, Chelsea, Newcastle, Aston Villa, Bayern Munich, entre otros.
Más bien, la sorpresa fue que, aún a pesar del mediocre sistema de competencia en que ha caído el fútbol mexicano y el obsceno negocio de la multipropiedad, tuviéramos tan buen desempeño: cuatro juegos perfectos, sin recibir goles, y que a la postre, estuviéramos a un “pelito de cochi” de empatar de último minuto a Inglaterra. Los defensas ingleses se convirtieron en torres “Big-Ben” que no permitieron ningún pase a gol durante los últimos 30 minutos. Se nos cerró el arco. Además, el portero inglés le tapó todas a Raúl Jiménez, a quien “la justicia divina” le dio la oportunidad de cobrar un penalti y anotar en este épico partido. Yo sé bien que fuimos millones los aficionados (al menos más de uno no me dejará mentir), cual fieles devotos de la Virgen de Guadalupe, que nos arrodillamos frente al televisor momentos antes del penal que metió Jiménez. Era, de alguna manera, como esperar el milagro.
Así es el fútbol. “Se gana o se pierde, si no no es fútbol, es otra cosa”, dijo Marcelo Bielsa en su última conferencia de prensa como director técnico de la selección de Uruguay. Y es que estos muchachos lograron cambiar la narrativa nacional, al grado tal que esa terrible frase, que pesa como una loza: “jugamos como nunca, perdimos como siempre”, ahora tuvo un sentido distinto: “jugaron como nunca, y serán recordados por siempre”.
Nos despedimos del Mundial, no sin antes disfrutar plenamente de la pasión que produce el juego de “once contra once corriendo detrás de un balón”. Todavía quedan ocho equipos con vida. Empiezan los cuartos de final. Sólo uno de ellos es del continente americano: Argentina, que, por cierto, nos está acostumbrando a los finales dramáticos. ¿Llegará hasta la final? ¿Logrará el bicampeonato? Yo creo que tenemos Messi para rato. Así que suene el silbatazo.
“Borre Hernández”.

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