Reflexiones

Malú Morales

La ciudad que el diablo se llevó

Habían sobrevivido a una ejecución, a bombardeos, a balas perdidas, al paso de los años, a la mano de Dios y los caprichos del diablo, al alcohol adulterado, a las tentaciones del suicidio. Habían sobrevivido a la ciudad capital de la muerte…

La segunda guerra mundial, esa que cambió los caminos del mundo, que segó millares de vidas, que hizo de la ignominia y la destrucción un símbolo de lo que, ahora lo pensamos, jamás debe volver a ocurrir, es precisamente el tema que David Toscana, escritor mexicano (1961) rehace con una visión distinta en su novela LA CIUDAD QUE EL DIABLO SE LLEVÓ. Contundente mirada que describe con letras de sangre esta historia ubicada en Varsovia…y nos preguntamos: ¿Por qué un escritor mexicano, nacido en Monterrey viajó tan lejos para crear un libro sobre las víctimas del holocausto? Quizá porque la literatura es universal.

Son cuatro los sobrevivientes polacos que en esta historia contemplan las ruinas de su ciudad; una Varsovia que los alemanes hicieron pedazos y que los soviéticos ocuparon después con autoridad de “salvadores” que tratan de imponer el nuevo orden con el despotismo que disfraza el miedo y se convierten en dueños de las vidas de los sobrevivientes, que son miles, pero que el autor los presenta, como si fueran “los cuatro jinetes el apocalipsis”. Feliks, con su cara de niño, su corta estatura, con una esposa que conoce desde niño y que le ha dado dos hijos, como si él fuera uno más. Kazimierz, un viejo solitario que sólo aspira a encontrar un puesto de conserje en alguna escuela de las que aún quedan en pie. Ludwik, el sepulturero que convive con los muertos del panteón con mayor cariño que el que jamás demostró con los vivos. Eugeniusz, el cura irreverente, alcohólico, cuyo único anhelo es hacer un milagro…resucitar a un muerto. 

Los cuatro personajes coinciden un día en un tranvía que es detenido por un oficial y una docena de policías para recordarles las reglas: Cincuenta de ustedes, por cada uno de los nuestros. Feliks, el cara de niño, se atreve a tomar al oficial de la manga para susurrarle al oído: Somos cincuentaicuatro … Ante el desconcierto del oficial, Feliks y los otros tres abordan el tranvía para ordenar al conductor: Sino arrancas, te arranco la cabeza. Es el modo en que los cuatro se salvan gracias a una velocidad inesperada del tranvía que los lleva hasta la terminal, de donde bajan victoriosos, hermanados a celebrar haber sobrevivido. Se refugian en un café casi en ruinas para un sucedáneo de café, identificarse y cerrar una hermandad indestructible. El remedo de café no apaga la euforia, y es cuando el cura saca de su vieja mochila una botella de vino de consagrar que viene a engrandecer la dicha de seguir vivos.

Feliks se adueña de un local abandonado y lo llena de objetos que ha conseguido de los muertos de la guerra: relojes, vajillas, pinturas, joyas…la gente paga lo poco que tiene para adquirir esos objetos de lujo, con lo cual el hombre mantiene a su mujer y sus dos hijos. Kazimierz se había refugiado en un departamento que alguna familia  abandonara en un edificio en ruinas. Se instala ahí con una mujer que encontró en la calle casi enloquecida  en busca de su amado, ella es enfermera; ambos se acomodan en ese espacio sin electricidad, sin agua corriente, con las ventanas tapadas con tablones, iluminados con velas, pero que es un refugio al fin. Ludwik el enterrador, se esmeraba en el cuidado de las tumbas, además de dar sepultura a los cuerpos que el nuevo gobierno arrrojaba por las bardas del panteón. Un día cuenta a sus amigos acerca de una mujer de espléndida belleza que había sido enterrada hacía algunos años pero que su fama aún persistía; los lleva a visitar la tumba  y son tantas alabanzas sobre la muerta, que Kazimierz se  enamora de esa imagen y pide bajar al féretro para abrazarlo tal y como si fuera la muerta; pide al sacerdote que los case, en la carne y el espíritu. El sacerdote responde al ritual del casorio y el enamorado pide pasar la noche con su amada, dice a sus amigos que lo rescaten al día siguiente pero que le dejen una botella para  celebrar las bodas y soportar el frío. La nieve cae toda la noche y los amigos, habiendo conseguido algunas botellas de vodka adulterado, celebran al grado de olvidarse de su amigo enterrado. Tres días después, uno de ellos recuerda el episodio de la boda, se apresuran a rescatar a su amigo que  encuentran congelado, pero vivo. El cura siente que esa es su oportunidad para resucitar a un muerto, el milagro que ha esperado.

Si bien, la novela narra la resistencia de Varsovia después de la guerra. Los cuatro “jinetes” luchan contra el hambre, el frío, la falta de trabajo, el miedo, siempre con la idea que el autor plantea: “¿Qué queda para volver a empezar?”. Ellos se reúnen, beben alcohol, se emborrachan y viven sus fantasías, bailan, cantan para celebrar el estar vivos. El estilo de David Toscana fluctúa entre el realismo mágico y un humor fúnebre, muy negro… y sin embargo, lleno de poesía, Habían sobrevivido a una ejecución, a bombardeos, a balas perdidas, al paso de los años, a la mano de Dios y los caprichos del diablo, al alcohol adulterado, a las tentaciones del suicidio. Habían sobrevivido a la ciudad capital de la muerte…

Dice Roberto Pliego, comentarista de la revista Nexos, acerca del autor: David Toscana es, quizá, el mejor novelista mexicano de la actualidad. Dueño de una prosa que se reinventa en cada novela.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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