En el pasillo de la universidad apareció un cartel que anunciaba una fiesta para este fin de semana. Nada extraordinario, salvo por un detalle que hace poco habría resultado impensable. El horario marcaba de diez de la noche a tres de la mañana. Durante meses, la ciudad aprendió a recogerse temprano. La madrugada dejó de estar disponible. Ese pequeño anuncio, pegado entre avisos académicos, dice más sobre el momento actual que cualquier estadística.

Los números recientes muestran una disminución en homicidios y desapariciones. Después de un periodo sostenido de violencia, marzo introduce una variación que puede interpretarse como señal de cierre. En paralelo, comenzaron a circular en redes sociales mensajes que hablan de acuerdos entre facciones, de territorios delimitados y de un cese al fuego presentado como gesto hacia la población. Su origen permanece incierto, pero su efecto ya es visible, la gente empieza a relajarse, a retomar rutinas, a ocupar espacios que habían quedado en suspenso.

Sin embargo, la calma que comienza a instalarse tiene una base frágil. Todo indica que el descenso de la violencia coincide con la consolidación de un grupo sobre otros. El orden que emerge entre nosotros responde más a un reacomodo interno que a un triunfo de la legalidad. Este nuevo equilibrio depende de fuerzas que siguen operando al margen del estado de derecho.

Bajo esa superficie permanecen activos los elementos que alimentaron el conflicto. Los circuitos del dinero ilícito continúan en funcionamiento. Las conexiones políticas que permiten su protección no han desaparecido. Las armas siguen ahí. La estructura financiera y las redes de distribución están presentes. En el plano cultural, el prestigio asociado al poder económico derivado de esas actividades conserva su fuerza simbólica. Nada de eso ha sido desplazado.

Los últimos operativos en El Salado muestran capacidad del Estado, pero no alcanzan a modificar el fondo del problema. Los espacios que dejan quienes son capturados o avatidos tienden a llenarse con rapidez. El atractivo económico del negocio mantiene abierta la posibilidad de reemplazo. La dinámica persiste.

Y en momentos como este, el impulso por recuperar la vida cotidiana adquiere una intensidad muy particular. El trauma que deja la guerra empuja a aceptar condiciones que permitan cierta estabilidad. La ciudad quiere salir, reunirse, extender sus horarios, dejar atrás el encierro. Esa necesidad resulta comprensible, aunque también abre la puerta a formas de adaptación que, con el tiempo, nos puede llevar a consolidad aquello que se pretendía superar.

La historia reciente ofrece un antecedente que bien se puede volver a repetir. Tras terminar la confrontación entre el Cartel de Sinaloa y los Beltrán Leyva entre el 2008 y el 2010, la violencia en Culiacán disminuyó y la vida urbana retomó su ritmo. Lo paradójico fue que, en ese contexto, el narcotráfico se integró con mayor profundidad en la economía local, en las prácticas sociales y en los imaginarios de éxito. En lugar de haberse cerrado un ciclo, el crimen, la violencia y la ilegalidad se reorganizaron sobre bases más amplias.

Ese resultado estuvo ligado a la ausencia de cambios de fondo. Durante toda una década las autoridades fueron omisas y cómplices. Las instituciones no adquirieron la capacidad necesaria para contener el fenómeno. Tampoco surgieron procesos culturales que cuestionaran su legitimidad. La combinación de ambos factores permitió la continuidad del sistema bajo nuevas condiciones.

Y es entonces cuando observamos que el momento actual plantea un dilema semejante. La reducción de la violencia abre una oportunidad, pero también define una dirección. El tipo de orden que se consolide ahora marcará el horizonte de los próximos años. La pregunta central gira en torno a la naturaleza de esa estabilidad. Si responde a un fortalecimiento institucional o a la afirmación de un poder paralelo.

Mientras tanto, los carteles de fiestas vuelven a aparecer y la madrugada recupera su lugar en la ciudad. La escena transmite una sensación de alivio que muchos esperaban. Al mismo tiempo, deja abierta una inquietud persistente. La normalidad que regresa convive con estructuras que no han cambiado. En ese cruce se define el futuro inmediato de Culiacán.

 

 

 

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