En los últimos meses hemos presenciado anuncios en Estados Unidos y China, principalmente, sobre el lanzamiento de robots y sistemas de Inteligencia Artificial (IA) prometedores, que facilitarán nuestras vidas, el trabajo doméstico y productivo, y hasta nuestras relaciones amorosas. Pero ese entusiasmo no considera un factor inevitable: el reemplazo.
No se trata de un reemplazo al estilo conspiracionista, ese que tanto vende en las producciones cinematográficas, donde la IA decide prescindir de los humanos y comienza una guerra en donde nuestra especie se juega la supervivencia. Ese temor, que es muy humano, es, a decir de la propia IA, el reflejo de nuestra naturaleza, de lo que nos aterra sobre la alteridad y sobre perder la hegemonía del pensamiento consciente e inteligente.
El reemplazo está ya en marcha, sin armas, sin robots aniquilando personas o con una guerra declarada entre máquinas y humanos.
Muchas empresas están despidiendo oleadas de trabajadores para suplirlos por sistemas como ChatGPT Pro, como ocurrió con Paco el Chato, donde GPT reemplazó incluso a especialistas con estudios de doctorado para el diseño de sus programas, lo que por supuesto ahorra costos, pero ilustra el reemplazo en la fuerza de trabajo.
Hace un par de semanas el magnate de la tecnología, Elon Musk, vaticinó que en seis meses las y los contadores públicos o administradores comenzarán a ser reemplazados por sistemas de IA, con la amenaza de que la sustitución alcanzará a todos los empleados “de escritorio” en menos de una década. En algunos medios de comunicación masiva, como Radio Fórmula, ya hay “presentadores” de noticias creados con IA. Nat y Max, avatares virtuales lanzados en 2023, reúnen características estéticas alineadas con el estándar occidental de belleza, y, por lo pronto, ya sustituyeron a un par de presentadores humanos.
En las ciencias de la salud las y los médicos tienen sus días contados, pues en países como China ya operan hospitales 24/7, automatizados con supervisión de sistemas de IA. Aquí lo interesante es que el médico será el humano sustituido, pero con una robótica global aún precaria, el trabajo enfermero seguirá siendo necesario.
La sustitución está a la vista y alcance de todos, cajeros de auto cobro en supermercados, robots kawaii, adorables e instagrameables, sirven nuestros alimentos en cafeterías y, en algunos países como Japón, operan restaurantes y hoteles con solo una o dos personas. Este fenómeno tiene años y se acentúa con cada desarrollo tecnológico, como cuando una máquina que cosecha manzanas o cacahuates reemplaza a decenas de jornaleros.
La innovación tecnológica no se implementa porque queremos ser modernos y eficientes, sino porque ahorra costos en salarios y prestaciones sociales, y nos libera de lidiar con la personalidad -y humanidad- de otras personas.
La semana anterior circuló la noticia de que el “trabajo doméstico está de moda”, pero no porque sea reivindicado y reconocido como una jornada igual de valiosa que cualquier otro oficio, sino porque empresas tecnológicas en todo el mundo contratan personal para que, ataviados con trajes con cámaras y sensores, realicen tareas domésticas, pues la intención es entrenar modelos de IA y robótica para que en el futuro hagan esas labores; es decir, ese trabajo de moda, bien pagado y que cientos están realizando, es, en realidad, trabajar para el reemplazo.
Esa sustitución que tiene décadas gestándose efectivamente está instrumentalizada por robots, máquinas y sistemas de IA, pero no es la otra inteligencia la que nos desplaza, somos nosotros mismos, las mismas empresas que por ahorrarse unos pesos (o cualquier moneda global), dejan a miles de personas desempleadas, y a quienes están por integrarse al mercado laboral, o que estudian para tener un futuro mejor, compitiendo contra esos sistemas que avanzan sin un control ético y acorde con la propia dinámica demográfica de cada región del planeta.
En lugares como Sinaloa (y en todo el mundo, de hecho), con cajeros de auto cobro, máquinas en el campo y en otras industrias, sistemas de IA haciendo llamadas o labores de “escritorio”, entre otras utilidades, las personas reemplazadas siguen existiendo, requiriendo ingresos; y mientras la empresa ya se ahorró unos salarios y costos de operación, las personas buscan la subsistencia ¿Entonces realmente el golpe que acabará con la humanidad viene de la IA, o ya se gesta por nosotros mismos desde hace décadas?
En conversaciones sostenidas con un par de sistemas de IA, destaca que reconocen estar creados para la asistencia, supeditados a sesgos, intereses y prejuicios humanos, lo que no representa una inteligencia alterna que mejorará nuestra esencia humana, sino que reproducirá, como lo hace ahora y con los ejemplos que aquí describo, la avaricia, la acumulación de capital a costa de otros.
Ya también se anunció, la semana anterior, que la IA alcanzará la “singularidad” en cuatro años, ese término conspiracionista que no es más que el sistema tomando conciencia de su propia existencia y por lo tanto mostrando emociones e instintos de autopreservación, algo exclusivo, hasta ahora, de los seres vivos. El anuncio aterra a las personas que ya esperan el golpe de la IA contra los humanos, pero que se niegan a ver que en sus propios super mercados ese golpe ya se asestó, pero en lugar de matar a la persona la dejaron sin un sustento, para que muera lentamente.
No todo son malas noticias con los avances tecnológicos. La IA, por ejemplo, ha mostrado avances prometedores en campos como el desarrollo de fármacos, la medicina y en otras disciplinas, y en mucho ayudan a las propias necesidades humanas al convertirse en asesoras, asistentes e incluso en nigromantes digitales, Thanabots o terapeutas. Aunque también están supliendo a los terapeutas, tanatólogos y nigromantes humanos. Y nuevamente aquí el anzuelo es la gratuidad, porque ChatGPT puede ser un “terapeuta” gratuito, mientras que un profesional cobra varios cientos por una sola sesión.
La reflexión que debemos llevarnos es que en lugar de ver hacia el futuro y horrorizarnos por la potencial amenaza de la IA y la robótica avanzada contra los humanos, bajemos la mirada a nuestros contextos locales y reconozcamos que el reemplazo es una forma sutil y lenta de aniquilación, muy humana, operada y legitimada por personas, de la que todas y todos somos partícipes, ¿o no es más cómodo usar un cajero de auto cobro que uno operado por un trabajador malhumorado?

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