El debate en torno a la construcción de una planta de amoniaco en la bahía de Topolobampo se ha puesto en la discusión nacional e internacional en las últimas semanas, a pesar de que los pueblos originarios que resultarán directamente afectados por la fábrica de muerte tienen más de una década luchando contra el proyecto.
Los impactos sociales y ambientales están más que probados, los posicionamientos de organizaciones nacionales y globales en torno al riesgo de contaminación, envenenamiento, así como las artimañas y omisiones con las que se habilitó el proyecto también están documentadas y son la principal bandera de la lucha, pero ¿si el potencial daño está comprobado, si el proceso de consulta y aprobación por parte de los pobladores de la región fue corrupto y se otorgaron permisos en zonas naturales protegidas sin tomar en cuenta a las personas o a los sectores ambientalistas, por qué la obra sigue únicamente con los contratiempos que hoy le generan las y los manifestantes que defienden su territorio?
En el análisis planteado aquí no repetiremos los argumentos de la lucha por el territorio, la naturaleza y por las advertencias en torno a los peligros que representa habilitar una planta que fabricará veneno en regiones naturales protegidas, de comunicación de aguas costeras y donde miles de familias dependen de la pesca, mientras que el resto de las personas en el país, e incluso en el extranjero, consumimos los productos que ahí se extraen y que eventualmente estarán contaminados de amoniaco y otros residuos tóxicos. Esa labor la han hecho excepcionalmente las y los defensores, y publicado ampliamente por medios responsables como Espejo.
Desde la teoría social y el análisis antropológico las expectativas en torno al proyecto, pero sobre todo sobre la lucha de los pueblos originarios y el resto de ciudadanas y ciudadanos que no quieren que en Sinaloa exista otra fuente de mortandad masiva, el panorama es desalentador, y vaticina que la fábrica de amoniaco y otros agrotóxicos será finalmente construida, que operará en total impunidad y que, incluso, cuando existan derrames tóxicos y accidentes la justicia nunca llegará a las regiones afectadas.
¿Recuerdan cómo va el asunto del derrame tóxico ocurrido en una mina de Sonora, cuando la empresa minera Buenavista del Cobre, del Grupo México, derramó 40 millones de litros de sulfato de cobre y metales pesados al Río Sonora?
Este hecho, ocurrido el 6 de agosto de 2014 es considerado el desastre ambiental más grande en la historia de la minería en México, y no hay ni una sola autoridad o directivos de la empresa juzgados, sentenciados o en la cárcel por lo ocurrido, la empresa sigue extrayendo minerales mientras las poblaciones y los ecosistemas dañados continúan lidiando con las consecuencias de la contaminación.
De esta forma, con la experiencia documentada con el desastre minero y con muchos otros ejemplos de mega proyectos privado-gubernamentales, es posible establecer que las poblaciones que luchan en la defensa de su territorio, sus recursos naturales y la preservación de su sustento, perderán la batalla por los intereses millonarios y trasnacionales tejidos en torno a la planta de amoniaco, que dicho sea de paso no debemos olvidar que es un veneno, como si fabricáramos pirotecnia en nuestra casa, junto a una fogata.
Para los grandes teóricos sociales como Immanuel Wallerstein y David Harvey, el mundo opera como un sistema desigual plagado de intereses que nutren a las naciones ricas a costa de la explotación, marginación y contaminación de las pobres o las emergentes. El denominado “sistema mundo” separa a las naciones en centro y periferia, donde el centro lo ocupan las potencias mundiales, que reclaman recursos, mano de obra barata e infinidad de insumos para sostener su riqueza y dominio global; por su parte, las naciones pobres o emergentes proporcionan esos insumos, a costa de una explotación irracional y violenta en lo socioambiental, quedándose con las migajas de las ganancias y con todas las repercusiones de la explotación.
“No es lo mismo visitar Canadá a que Canadá te visite” versa un triste meme en internet, sobre cómo esa nación del centro se ostenta como uno de los países más verdes, con legislaciones y cuidados ambientales de avanzada, pero en los territorios que explota con sus empresas mineras, en todo Latinoamérica, generan depredación ambiental, extracción intensiva de recursos e incluso financian movimientos armados para desplazar poblaciones, como lo han documentado trabajos periodísticos y académicos en algunas regiones de México y Colombia.
La riqueza de minerales preciosos y hasta de los llamados críticos (esenciales para la industria tecnológica), se queda en las naciones ricas, las del centro, y a nosotros nos quedó el mayor derrame minero en la historia, o un campo sinaloense contaminado y estéril por el sobre uso de agroquímicos para vender berenjenas y blueberries a Estados Unidos, por nombrar solo dos casos.
La fluorita, por ejemplo, ilustra muy bien este flujo desigual de recursos de la periferia hacia el centro, ya que se extrae en minas de San Luis Potosí, se envía así, en crudo, a Estados Unidos, ahí se procesa y se vuelve a enviar hacia Reino Unido, donde finalmente lo transforman en gas y lo meten en los inhaladores que usan las personas asmáticas. Ese recurso salió natural de México, a un precio ínfimo, y en el procesamiento de las naciones ricas fue aumentando sus costos hasta regresar a nuestro país, ya procesado, con un valor cien veces superior al extraído. Así, la riqueza se quedó en los países del centro y a nosotros nos pagaron 10 pesos por unas cuantas “piedras”.
La planta de amoniaco que se construye en Topolobampo tiene capital europeo, pero los intereses no solo operan en el viejo continente, también Estados Unidos quiere el proyecto porque el avance chino en todos los sectores es una amenaza. Por su parte la industria agrícola extractiva y mortífera que opera en Sinaloa con el slogan “el Granero de México”, requiere abaratar costos para seguir exportando, y si ya tenemos tierras salobres, contaminadas, cementerios de envases de agroquímicos y aguas costeras envenenadas (consulten los artículos científicos que he publicado sobre el tema), no estará demás para esos sectores veneno extra.
Los que deciden el futuro son los ricos, las naciones ricas, las que demandan recursos, y aunque aquí en México gobernantes y empresarios creen impulsar proyectos de desarrollo, en realidad son marionetas de intereses más poderosos, pero se conforman con las migajas, aunque ciertamente esas migajas los hacen vivir mejor que el resto de las poblaciones que eventualmente enfermarán y morirán cuando el veneno de esa planta, y de la infraestructura secundaria que requerirá para operar y distribuir sus agrotóxicos, operen libre, impune y felizmente por Sinaloa y el Golfo de California.

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