En las últimas décadas, el discurso sobre la diversidad sexogenérica ha ganado un espacio sin precedentes en la esfera pública. Hemos pasado de la invisibilidad absoluta a una mayor presencia en leyes, medios de comunicación y otros espacios. Sin embargo, al observar con detenimiento este avance, nos topamos con una verdad incómoda: la narrativa dominante sobre la diversidad suele ser monolítica, blanca, cis-normativa y, sobre todo, privilegiada. Si queremos hablar de verdadera inclusión, debemos abandonar la idea de que la identidad sexogenérica existe en un vacío. Aquí es donde la interseccionalidad deja de ser un término académico para convertirse en la herramienta más potente y necesaria para alcanzar la justicia social.

¿Qué es realmente la interseccionalidad? El concepto, acuñado por Kimberlé Crenshaw en 1989, nos explica que las identidades no son compartimentos estancos. Una persona no es “solo” gay, o “solo” trans, o “solo” mujer. Es una intersección de categorías: etnia, clase social, religión, origen geográfico y edad, entre muchas otras. Estas categorías no se suman, sino que interactúan creando experiencias de opresión o privilegio únicas. Cuando ignoramos esta realidad en la lucha por los derechos LGBT+, estamos dejando atrás a la mayoría. El activismo que no es interseccional es, inevitablemente, un activismo excluyente.

El movimiento por la diversidad sexogenérica ha sido liderado históricamente por personas con mayor capital social. Esto ha generado una “estandarización” de lo que significa ser parte de la comunidad. Pero ¿qué ocurre cuando la identidad sexogenérica se cruza con la precariedad económica o el racismo estructural? Para una mujer trans racializada que vive en situación de calle, el discurso sobre “el orgullo” se siente ajeno. Sus prioridades no son solo la visibilidad; son la supervivencia, el acceso a vivienda, la seguridad frente a la violencia policial y la atención médica digna. Trabajar la interseccionalidad significa reconocer que la violencia contra una persona trans no es la misma si esta es una persona adinerada de un gran capital que si es una persona migrante en una zona rural. Ignorar estas diferencias es traicionar la esencia misma de la lucha por la diversidad: la premisa de que todas las personas merecen vivir sin miedo, sin importar quiénes son.

El reto ahora es transformar la teoría en práctica institucional y cotidiana. Las organizaciones y empresas que presumen de “inclusivas” deben preguntarse: ¿Quiénes están en los puestos de toma de decisiones? ¿Se está contratando talento diverso, o solo se está celebrando la diversidad en una campaña de marketing durante el mes del orgullo? La interseccionalidad exige: escucha activa y descentralizada, que significa dar el micrófono a quienes han sido históricamente silenciados dentro del propio colectivo LGBT+. Asimismo, las políticas transversales requieren comprender que toda política de salud para personas trans debe considerar, además, las importantes barreras lingüísticas, también las económicas y de acceso geográfico. Además, debemos practicar la autocrítica ante el privilegio, implica reconocer que, incluso dentro de la comunidad, existen jerarquías; por tanto, quienes gozamos de ciertos privilegios debemos ser los primeros en cuestionar cómo nuestras demandas dejan fuera a los sectores más vulnerabilizados.

La interseccionalidad no busca dividirnos, sino todo lo contrario: busca mapear la complejidad de nuestras realidades para poder ofrecer soluciones efectivas. La diversidad sexogenérica no es un bloque sólido, es un prisma lleno de matices. Si queremos construir sociedades verdaderamente acogedoras, el movimiento LGTBIQ+ debe dejar de pretender que existe una “experiencia única”. La lucha es, necesariamente, una lucha antirracista, anticlasista y anticapitalista. Es hora de dejar de pedir un lugar en la mesa y empezar a cuestionar cómo está construida esa mesa y quiénes están siendo excluidos de ella. La justicia, o es interseccional, o simplemente no es justicia. El camino hacia la igualdad no se mide por la aceptación de los más privilegiados, sino por la protección y la dignidad de los sectores más marginados de nuestra comunidad. Solo cuando todas las identidades tengan garantizados sus derechos básicos, podremos decir que hemos alcanzado el objetivo.

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