“Si esto no es la barbarie entonces qué es”. Espejo, editorial del 9 de junio de 2026
Parece indudable sostener que las organizaciones dedicadas al tráfico de drogas son un claro ejemplo de empresas criminales que pertenecen a la delincuencia organizada. Su combate, por lo tanto, pertenece al ámbito de las instituciones gubernamentales de seguridad y justicia. ¿Pero, son sólo eso? Por supuesto que no, las actividades del narco desbordan el marco del derecho penal e invaden otros aspectos sociales.
El crimen organizado tiene, entre sus más obvios propósitos, permanecer impune, manipular la legalidad, pero sobre todo acumular riqueza. Del narco, decía Carlos Monsiváis, que era el capítulo más salvaje del capitalismo. Como tal, busca priorizar las ganancias explotando recursos naturales y personas sin que les importen las consecuencias. Atropellan la dignidad humana porque hacen de la gente un medio consumible para ganar dinero. No hay narco buena onda, no nos engañemos.
Con independencia de su estructura organizacional, piramidal o redes, imponen su modelo de explotación ilegal, en particular, a través de grupos encargados de administrar la violencia y de administrar los ingresos. Entre los primeros están los sicarios, reclutadores, extorsionadores, secuestradores, tratantes de personas. A los segundos pertenecen los lavadores de dinero, los compradores de bienes y los corruptores.
Sea cual sea la acción del narco, su existencia y subsistencia exigen redes de apoyo. Las hay gubernamentales y las hay sociales. Ambas corruptas, por complicidad, tolerancia o indiferencia. Ambas convencidas de que, de alguna manera, su quehacer está justificado: “es culpa del gobierno”, “siempre ha sido así”, “todos lo hacen”.
Y es que, este narco tan preocupado por dictar su narrativa tal vez no sea neutro en lo que hace a la ideología. Muchas de sus herramientas parecen imitar técnicas del fascismo: la deshumanización de los grupos vulnerables que depreda, la división entre “ellos” (malos) y “nosotros” (buenos), la desarticulación de los canales de empatía, el control por el miedo.
Probablemente lo más grave del narco es la distorsión de las formas sociales para alcanzar sus propósitos. Manipula los vínculos familiares, la solidaridad de la amistad, hasta pervertirlos y vaciarlos de su naturaleza comunitaria. El narco corrompe las bases de la convivencia humana.
Así, con independencia de la velocidad con la que opera, revela su verdadero rostro, el narco es una de las maneras en las que se pudre la humanidad.

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