En la columna de la semana pasada llamada “El Viacrucis del Agricultor” describí paso a paso la incertidumbre y complejidad que viven los productores al estar inmersos en un sistema de mercado y producción lleno de vicios que simplemente no está funcionando.

Ante tal crisis en la producción nacional en los últimos años donde el mercado internacional ha castigado los precios de los granos al mismo tiempo que éstos han aumentado su costo y reducido productividad por cuestiones climáticas, el gobierno federal parece un actor más pasivo que activo en la búsqueda de soluciones a tal problemática.

Sin un plan contundente ni claro, sin una intención o voluntad genuina de resolver de una vez por todas a mediano y largo plazo, lo único que se les ocurre es continuar con el esquema de los Famosos Apoyos, los cuales sirven solo para compensar una parte de las pérdidas, en algunos casos para dar un respiro al productor que le permita subsistir un tiempo más mientras llega la siguiente temporada para volver a vivir ese mismo mentado viacrucis.

Los apoyos no han sido una solución permanente que resuelva el problema de la rentabilidad en el campo, han sido tan solo paliativos que calman por un momento la angustia. Año con año cambian los montos, los beneficiarios, las restricciones, las fechas de entrega, los requisitos y los mecanismos operativos. Eso cambios no abonan, más que a la incertidumbre para el productor.

Anteriormente existía La Agencia de Servicios a la Comercialización y Desarrollo de Mercados Agropecuarios (ASERCA) que se encargaba de ordenar, dentro de lo posible, el mercado de granos y la producción nacional, por medio de mecanismos e instrumentos tales como: Incentivos a la comercialización o apoyos; coberturas de precios; promoción de exportaciones; e información de mercados. Todo esto en conjunto con la finalidad de proteger los ingresos de los productores y asegurando la comercialización de sus cosechas.

El Expresidente AMLO ordenó su desaparición formal en el 2021, año en el cual el conflicto armado entre Rusia y Ucrania, sumado al descontrol de los mercados internacionales y logística a causa de la pandemia del virus del COVID, dio como resultado un aumento importante del precio de los granos. Ese año los productores recuperaron la fe y la esperanza, vendieron sus cosechas con cuantiosas utilidades y pensaron que todo iba a seguir así, por lo que muy pocos valoraron el problema tan grande que pudiera generar en un futuro la desaparición de ASERCA. Ese año no se ocuparon los apoyos, pero no se imaginaban lo poco que les iba a durar la felicidad.

En el ciclo 2022-2023 cayeron los precios y se dispararon los costos por lo que el gobierno federal inventó un nuevo mecanismo donde compró de manera directa una cantidad importante de la cosecha con la finalidad, según ellos, de ordenar el mercado, pero ese experimento improvisado resultó en una pérdida muy grande para los gobiernos federal y el del estado de Sinaloa. Segalmex se convirtió en el mayor coyote de la comercialización en el país y lejos de resolver el problema crearon varios más. Dividieron y segmentaron a los productores, apoyaron solo a unos cuantos, y gastaron muchísimo dinero, además de que hubo alta corrupción en el proceso y cuantiosos incumplimientos en los pagos.

Los años consecuentes trajeron retos distintos en los mercados, climas y conflictos geopolíticos que de alguna forma complicaron, cada vez más, el panorama de la producción de granos.

A partir de aquí año con año utilizaron los apoyos como medida reactiva y ocurrente ante las diversas complicaciones que fue viviendo el productor en los ciclos agrícolas posteriores. El objetivo principal fue evitar un estallido social momentáneo en lugar de una planeación estratégica para construir una política pública de desarrollo del campo mexicano. Una solución integral y permanente a una problemática multidimensional. Pero en su manera de hacer política han optado por priorizar al asistencialismo y los programas sociales por sobre la productividad.

Apostaron a que los problemas de precios se resolvieran solos, pero no fue el caso. Cada ciclo se fue complicando más la actividad productiva y comercial lo que provocó una escalada de intensas manifestaciones en todo el país. El agricultor busca respuestas y se ha cansado de promesas huecas.

Ante tanto cambio, tanto incumplimiento, tantas promesas y tantas mentiras, el productor se ve atrapado entre volver a creer en un gobierno que le ha fallado pero que se ve como su única salvación. Abunda la duda de si los apoyos llegarán, ahora si, en tiempo y forma como se prometieron, pero aun si eso sucede el productor estará muy lejos de lograr la rentabilidad este año. La pregunta sería ¿Qué deberíamos de hacer para no repetir continuamente esta misma historia año con año?, hablemos de eso la próxima semana en la siguiente columna de “La Solución al Campo”.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO