La semana pasada, México consiguió viralizar dos noticias qué, en teoría, no tienen nada que ver una con la otra.
La primera nos habla de la baja natalidad. Claudia Sheinbaum sugirió analizar qué está pasando con los jóvenes que deciden no tener hijos. La Encuesta Intercensal 2025 agregó el dato de qué, en la Ciudad de México, la fecundidad promedio cayó a 0.8 hijos por mujer. El “problema” se extiende, aunque con otras cifras, al resto del país.
Por otro lado, la noticia de los 1600 dientes de leche encontrados por madres buscadoras en un predio de Zacapu, Michoacán. El dato aún requiere confirmación pericial, pero la noticia hizo algo que las cifras de desapariciones ya no consiguen hacer: nos obligó a volver a mirar.
Mientras que una noticia se preocupa por niños que no nacen. La otra nos habla de niños que nacieron y fueron enterrados.
Lo gracioso es que desde las instituciones todavía tienen el cinismo de preguntarse por qué los jóvenes no quieren tener hijos. Dicen que hay que investigar, hay que entender a las juventudes, estudiar sus decisiones, conocer sus motivos…
¿Para qué?
¿Para qué necesitamos llenar las estadísticas de natalidad? ¿Para que haya suficientes bebés que después se conviertan en trabajadores, consumidores y contribuyentes? La preocupación demográfica siempre tiene una facilidad sospechosa para convertir a las mujeres en incubadoras de estadísticas.
Cuando se habla de baja fecundidad nunca preguntan qué estamos ofreciendo a las criaturas que todavía no existen.
No hace falta quebrarse la cabeza con un estudio sociológico de cien páginas para entender lo que sucede. Nomás pregúntenle a su adulto joven de confianza qué ve cuando imagina el futuro de un hijo.
Nuestra generación ya no ve una cuna y colores pastel.
Vemos rentas imposibles, empleos sin estabilidad, jornadas eternas y salarios que alcanzan para sobrevivir pero no para vivir. Vemos escuelas deficientes, ciudades inseguras, madres que llevan años buscando los huesos de sus hijos, y encima, ahora, también tenemos que ver que las fosas tienen dientes de leche.
No nomas es “¿por qué no quieren tener hijos?”
Mejor pregúntense: ¿qué les estamos ofreciendo a quienes sí los tienen?
Para millones de mujeres en este país, un hijo implica asumir todo el desgaste del trabajo de cuidados; y encima cursar el embarazo en un sistema de salud deficiente, con pocas opciones de llevar una vida laboral; pero incluso tener un hijo con pareja estable y comprometida, es arriesgarse a la incertidumbre económica. Pero si a todo eso sumamos lo que se vive en lugares atravesados por la violencia, significa que también tendremos que aprender a vivir con la posibilidad de que un día ese niño no regrese.
Queremos que nazcan más niños cuando ni siquiera podemos garantizar que los que ya nacieron estén seguros.
Estas dos noticias tienen TODO que ver entre sí. Pretenden hablarnos de la ausencia antes del nacimiento, y no se detienen a pensar la ausencia que debemos lidiar después de la vida.
Motivos para no traer más bebés, sobran. Son esos motivos los que deberían preocuparles más que cualquier gráfica.

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