En los años setenta y ochenta, un grupo de ciudadanos sinaloenses se despertaban temprano, le ponían engrudo a sus carteles y ates de que saliera el sol, los pegaban por las calles del centro de Culiacán. Hacían campaña a la antigua; suela, sudor y saliva. Durante la campaña, muy pocos les abrían las puertas, eran perseguidos, sus empresas multadas, y durante las jornadas electorales a más de uno se lo llevaron a barandilla. Les decían locos, porque solo los locos podían imaginar en que algún día el PRI, el todo poderoso partido de Estado perdería las elecciones.

Eduardo Ortiz, economista, líder empresarial, ex diputado federal por el PAN en Culiacán, tuvo una idea que compartió con Claudia Sing y Noe Baylon dos compañeros de partido que se distribuyeron tareas para hacer un libro que contara la historia de los formadores del PAN en Sinaloa, en voz de 45 personas que “aún nos quedan”. Mientras Claudia y Eduardo entrevistaban panistas de todas las edades, Noe hacia el trabajo documental y de contraste.

Acción Nacional llegó a Sinaloa en una carreta en los años cuarenta, los orígenes se remontan en un joven profesor de la Brecha en Guasave, que daba clases a niños por la mañana y a los adultos por la tarde. Ese fue el primer “loco”, de los primeros sinaloenses que habló sobre derechos políticos electorales, de los primeros que pensó en el voto universal de los hombres y las mujeres y que compartía ideas extrañas, sobre una palabreja que era difícil de entender: Democracia.

Conrado Espinoza en los Mochis supo de las predicaciones del profesor Alejandro Avilés, lo mandó llamar y fundaron en el norte de Sinaloa el primer comité en favor de Partido Acción Nacional. Del los Mochis a Guasave, de Guasave a la sierra de Sinaloa, a la capital y al puerto de Mazatlán en donde ya otras voces se instruían en el humanismo que llegaba en pequeños panfletos ocultos en periódicos viejos que venían de la Ciudad de México con el apoyo de algunos disidentes ferrocarrileros de los años cincuenta.

En el marco de un salón abarrotado, en donde los organizadores tuvieron que poner sillas extra para los asistentes, llegó con un sombrero de cuero bien puesto, a lo texano, el ex presidente Vicente Fox, flanqueado por Eduardo Ortiz y sus compiladores. ¡Presidente, Presidente! Le gritaron con algarabía los presentes, que aplaudían al ex mandatario que, con un lento andar ocupaba su lugar en el presídium.

La convocatoria de “Los locos de la Democracia” fue amplia y abierta, ahí había de todo, panistas de la vela perpetua, “piojos y perfumados” -dijera Yudit del Rincón- perseguidos por la represión de los años ochenta, perseguidores de aquellas fechas, empresarios de la construcción, restauranteros, líderes de cámaras y políticos de todo cuño. Y de pronto, el ex presidente lanzó uno de sus gritos de guerra: “Tepocatas, alimañas y víboras prietas”. Aplausos de la gran multitud, mientras los priístas del viejo cuño, incluido el delegado nacional agachaban la cabeza sabiendo que esa fue una de las arengas más letales en la elección del 2000.

Vicente Fox no olvida que era sinaloense su principal oponente, que el PRI más radical y rancio lo enfrentó acá en las tierras de Francisco Labastida Ochoa a quien llamó “Labestida”, expresión inusual para referirse a un contrincante presidencial que no fue hueso fácil de roer en su tierra. ¡Hoy, hoy, hoy! Recordaba un video una acalorada discusión con Cuauhtémoc Cárdenas.

En eventos como este es cuando queda claro la dificultad de pensar en alianzas electorales que puedan ser exitosas. El PRI y el PAN son agua y aceite, se acompañan en historias de rebeldía y persecución, de trampas y fraude, de muerte y destrucción. Los que formaron al PAN y conocen su historia, entienden que no hay camino común porque son ideológicamente opuestos. Los que conocen la doctrina, entienden que el Partido es un instrumento para formar ciudadanos y construir democracia, y no nada más una herramienta para obtener el poder por el poder.

Es más que evidente que el PAN en Sinaloa está dividido, por un lado, están los pragmáticos que quieren una alianza porque les urge repartirse las plurinominales. Y del otro, los locos, que siguen pensando que el deber de Acción Nacional es la lucha por el bien común, la construcción de ciudadanía participativa, la reivindicación de los valores democráticos y la distribución justa del poder para evitar el monopolio presidencialista. Entre risas de nostalgia y reflexiones muy en serio, me dijo una panista de añeja militancia: “Hay mijito, y pensar que varios de esos mapaches fueron los que nos mataron al Maquío y metieron a la cárcel a la Chacha Micaela”. Luego le seguimos

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