Hace unos días vi una publicación en Facebook. Niños y adolescentes operando un retén en una comunidad serrana de Sinaloa. Mi primer instinto fue pensar que era falso. Lo busqué. Las imágenes existen. Verificado.
No las voy a publicar. No voy a decir dónde fueron tomadas. Son menores de edad. Y precisamente porque son menores de edad, el escándalo no es la fotografía. El escándalo es que esos niños están ahí.
Hace unos meses escribí sobre el niño perdido de Sinaloa. Pensaba en los niños de la ciudad de Culiacán. Pero me faltaban otros: los de la sierra, los de los pueblos que aparecen en los mapas y que poco a poco desaparecen porque no son prioritarios; los que están creciendo y muriendo en esta guerra sin haberla elegido.
Esta guerra no empezó con ellos. Empezó con sus padres
Hubo una generación de niños que creció escuchando que el Estado mexicano le había declarado la guerra al crimen organizado. “La guerra contra el narco porque era necesario, porque no había otra salida, porque alguien tenía que hacerlo”. Esos niños vieron entrar militares a sus colonias, a sus poblados; aprendieron a distinguir un retén del ejército de uno que no lo era, crecieron contando muertos en las noticias como si fueran marcador de fútbol. Nadie les preguntó si querían crecer así. Nadie midió lo que esa infancia les estaba costando.
Al sexenio siguiente no le interesó nombrarla. La estrategia cambió, sobre todo en imagen: se dejó de hablar de guerra, se redujo la presencia militar en las calles y México intentó venderse al mundo como destino turístico. En Sinaloa, el poder criminal siguió consolidándose mientras la violencia dejaba de ocupar el centro del discurso público. Los homicidios no bajaron pero como nadie los llamaba guerra, era más fácil no verlos. El silencio también es una política de seguridad. Y también tiene consecuencias.
Esos niños hoy son jóvenes adultos. Muchos son padres. Y a sus hijos les tocó algo distinto pero no mejor. Les tocó un gobierno que llegó prometiendo que la violencia se atendería desde las causas, no con balas, El abrazo era la estrategia. Mientras “abrazos, no balazos” era el discurso que hablaba de paz, el control territorial se acomodaba en silencio. Las instituciones fueron retirándose de regiones enteras. Los caminos encontraron nuevos dueños. Las comunidades serranas de Sinaloa vieron cómo el Estado dejaba de aparecer (a menos que fuera Badiraguato) y cómo ese vacío nunca se quedaba vacío. Siempre llega alguien a llenarlo.
Durante años, en Sinaloa, hubo un equilibrio que todos reconocían pero nadie nombraba en voz alta, la “pax narca”. Hasta que el 9 de septiembre de 2024 la disputa entre los dos bandos del Cártel de Sinaloa lo rompió todo. La narcopandemia que siguió no cayó del cielo: llegó después de años en que las instituciones estatales y el crimen organizado compartieron, según señalamientos internacionales, algo más que territorio.
Veintiún días después llegó una nueva administración federal a heredar el incendio sin haberlo encendido. Pero heredarlo no es lo mismo que apagarlo. Y las comunidades serranas siguen esperando una presencia del Estado que aparezca antes de que otro niño termine parado en una brecha que no eligió.
El retén que vi en esa fotografía no es el inicio de la historia. Es el resultado de tres sexenios.
Los números de esta guerra ya no caben en un solo párrafo. Desde el 9 de septiembre de 2024 hasta el 31 de mayo de 2026: 3,330 homicidios dolosos (5.3 diarios). Más de 3,874 personas privadas de la libertad (6.2 desaparecidas diarias), y al menos 169 localidades en 12 municipios han sufrido el éxodo forzado. No son estadísticas abstractas: son comunidades que dejaron de existir como tales, pueblos que el discurso oficial prefiere no ver.
¿Por qué irse? Familias que tomaron lo que pudieron cargar y abandonaron su comunidad, su casa, su historia. Huían para que sus hijos no terminaran siendo parte del olvido, del silencio, de “eso”. Detrás de cada familia que huyó hay niñas y niños que dejaron su escuela, sus amigos, el único mundo que conocían. Los que se quedan no siempre lo hacen por elección. Se quedan porque no tienen a dónde ir, porque la tierra es lo único que tienen, porque moverse cuesta dinero que no existe. Y cuando las familias que pueden irse se van, los que no pudieron, quedan solos con lo que queda, y eso, en demasiados casos, es el narco, es la guerra.
¿Y los números de los niños, niñas y adolescentes? Entre el 1 de septiembre de 2024 y el 22 de abril de 2026, más de 250 niños, niñas y adolescentes fueron asesinados en Sinaloa en el contexto de esta narcoguerra. No son estadísticas. Son vidas perdidas.
¿Y de niñas, niños y adolescentes detenidos por estar involucrados en el crimen organizado? Del mismo septiembre de 2024 a noviembre del 2025, fueron detenidos 93 jóvenes entre 14 y 17 años por portación de armas de fuego y delincuencia organizada.
La brecha
Para cuando un niño está parado en esa brecha vigilando un camino, ya pasaron años de daño acumulado. La escuela ya perdió terreno y el reclutamiento no ocurre de un día para otro: ocurre cuando un niño crece viendo que las únicas estructuras que funcionan, que tienen presencia, que dan órdenes y se hacen obedecer, no son las institucionales.
Sería fácil preguntar dónde está el DIF, la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes, por qué no intervienen las instituciones encargadas de proteger a la infancia. Pero la respuesta honesta es incómoda. Sí, esa institución fue diseñada para intervenir ante violencia familiar, abandono, abuso. No fueron diseñadas para operar dentro de territorios donde la violencia armada es parte del paisaje cotidiano. ¿Cómo rescatas a un menor de una comunidad donde el propio Estado tiene dificultades para entrar? ¿Cómo lo proteges sin proteger también a su familia? ¿Cómo le garantizas educación y futuro cuando la guerra lleva décadas instalada y sus propios padres también la heredaron?
La tecnología hoy nos muestra lo que antes se escondía mejor. Esa publicación en Facebook existió porque se tomó, se subió y el algoritmo la distribuyó hasta que llegó a mi pantalla. ¿Cuántas imágenes con infancias armadas más no llegaron? Cuántas comunidades tienen la misma historia sin que ninguna tecnología la capture, sin que ningún algoritmo la mueva.
Pensábamos que la gran pérdida de esta guerra eran los muertos. Luego contamos a los desaparecidos. Después llegaron los desplazados. Ahora aparecen los niños, no como víctimas nuevas. Sino como la consecuencia lógica de no haber protegido a los niños de antes. Dos generaciones, para ser exactos, y contando.

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