Este verano el mar ha decidido recordarnos que Mazatlán es, antes que una ciudad turística, una ciudad costera.

Durante las últimas semanas hemos observado un fenómeno que, por su frecuencia y duración, resulta cuando menos inquietante. Mareas altas y oleajes que avanzan constantemente sobre la playa, golpean el malecón y, en algunos momentos, alcanzan la ciclovía y el primer carril de la avenida del mar.

Las imágenes se han vuelto parte del paisaje cotidiano. Decenas de personas se sientan sobre la barda del malecón esperando el momento en que revienten las olas para recibir la brisa y el agua que se eleva varios metros antes de caer sobre banquetas y automóviles. Es, sin duda, todo un espectáculo.

Pero quizá deberíamos comenzar a preguntarnos qué hay detrás de estas escenas. No corresponde afirmar, sin estudios específicos, que lo ocurrido este verano sea consecuencia directa del cambio climático. Las mareas astronómicas, el mar de fondo, las tormentas tropicales y otros procesos naturales producen variaciones importantes en el nivel y la energía del mar.

Hay quienes aseguran que esto ha ocurrido siempre. Probablemente tengan parte de razón. Sin embargo, en poco más de cuarenta años viviendo y observando esta ciudad, no recuerdo que durante tantas semanas consecutivas el mar haya ocupado de esta manera espacios que normalmente considerábamos tierra firme.

Recuerdo, por supuesto, los días de huracán, las tormentas y aquellas ocasiones en que el mal tiempo coincidía con las mareas de luna llena. Lo peculiar de este verano es la recurrencia.Y sus consecuencias comienzan a ser visibles.

En algunos tramos del malecón la franja de arena desapareció. Donde antes había playa ahora aparecen grandes extensiones de roca. En otros puntos, queda cada vez menos espacio entre las construcciones y el agua.

El fenómeno produce una imagen extraña. Por momentos Mazatlán parece una ciudad edificada directamente a la orilla de un enorme lago.

En junio, el socavamiento de un tramo del malecón advirtió sobre la pérdida de arena que funciona como defensa natural frente a la energía del oleaje. Especialistas locales han insistido en que décadas de urbanización sobre la línea costera han aumentado nuestra vulnerabilidad.

¿Qué pasaría si lo que estamos observando no fuera solamente una anomalía de este verano, sino un anticipo de las condiciones con las que tendremos que convivir en las próximas décadas?

Desde hace tiempo sabemos que el cambio climático provocará un incremento del nivel de los océanos. El IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) advierte que el nivel medio global del mar continuará aumentando y que su combinación con mareas altas, tormentas y ciclones incrementará progresivamente la exposición de las ciudades costeras.

También advierte que las playas y la infraestructura turística costera están particularmente amenazadas por la urbanización, el aumento del nivel del mar y la mayor energía del oleaje durante las tormentas.

No significa que mañana tendremos un metro más de agua frente al malecón. El cambio ocurre gradualmente y con importantes diferencias regionales. Pero ahí está el problema. Las ciudades se construyen durante décadas y las decisiones urbanísticas que tomamos hoy pueden convertirse en vulnerabilidades difíciles y costosas de corregir mañana.

Para Mazatlán esto debería constituir un asunto de primer orden. Hemos concentrado nuestra estrategia económica en el turismo y, dentro de ella, hemos convertido al mar en nuestro principal activo.

Vendemos una imagen muy específica de la ciudad. Playas doradas, hoteles frente al Pacífico, atardeceres, restaurantes, música y vida nocturna junto al océano. La playa forma parte del producto que vendemos.

¿Qué sucede entonces con una economía de playa cuando comienza a perder el recurso que le da sustento? La pregunta parece exagerada hasta que uno observa algunos segmentos del malecón durante estos días.

Una reducción permanente de la superficie de playa modificaría gradualmente el modelo turístico. Menos arena significa menor capacidad para recibir bañistas, vendedores, restaurantes, actividades recreativas y servicios turísticos.

Significa también una mayor presión sobre los pocos espacios que permanezcan disponibles y una competencia creciente por ellos. A esto habría que sumar los costos de proteger hoteles, vialidades, drenajes, infraestructura eléctrica y edificios frente a marejadas cada vez más frecuentes.

Durante décadas hemos aumentado el valor económico de la primera línea de costa construyendo cada vez más cerca del mar. Pero mientras más infraestructura concentremos ahí, mayor será también el patrimonio expuesto.

El IPCC denomina coastal squeeze a procesos en los que el aumento del nivel del mar, la pérdida de sedimentos y la urbanización terminan comprimiendo los ecosistemas costeros. El propio organismo ha documentado este riesgo en destinos turísticos mexicanos.

En términos sencillos, cuando el mar avanza, una playa necesita espacio para desplazarse y reorganizarse naturalmente. Si detrás encuentra edificios, avenidas, muros y estacionamientos, ese espacio desaparece. Entonces la playa queda atrapada entre el mar y la ciudad.

No necesitamos imaginar escenarios demasiado lejanos para comprender otro de los problemas que enfrentaremos. Basta mirar Playa Pinitos.

Pinitos es un espacio relativamente pequeño sobre el cual confluyen bañistas, comerciantes, restaurantes, vehículos, estacionamientos improvisados y una enorme cantidad de visitantes durante fines de semana y temporadas vacacionales. El resultado es conocido. La playa presenta una gran saturación que se refleja en conflictos por el espacio, basura, dificultades de acceso y una capacidad institucional permanentemente rebasada para ordenar unos cuantos metros de litoral.

Pinitos puede parecer un problema menor dentro de los kilómetros de costa mazatleca. Pero precisamente por eso debería preocuparnos. Si hemos tenido dificultades durante años para ordenar un pequeño espacio de playa sometido a una enorme presión social y comercial, imaginemos lo que ocurriría si la reducción progresiva de arena comenzara a convertir otros segmentos del litoral en nuevos Pinitos.

Cada metro de playa disponible adquiriría mayor valor. Hoteles, restaurantes, vendedores, bañistas, pescadores, prestadores de servicios y desarrolladores competirían por una superficie cada vez más limitada. Un problema ambiental terminaría convirtiéndose rápidamente en un problema económico, urbano y político.

Y ahí aparece nuestra principal vulnerabilidad. No solamente estamos poco preparados físicamente para una transformación de nuestra costa; estamos poco preparados institucionalmente para administrarla.

Otras ciudades costeras llevan años discutiendo estas posibilidades. No existe una solución universal. El IPCC agrupa las estrategias de adaptación en varias grandes alternativas: proteger determinados espacios, adaptar infraestructura y usos urbanos, evitar nuevas construcciones en áreas de riesgo y, cuando resulte inevitable, permitir el retiro progresivo de ciertas actividades hacia zonas más seguras.

En algunos casos también se utilizan restauración de dunas y humedales, recuperación y alimentación de playas, infraestructura de protección y nuevas reglas de ordenamiento territorial.

Mazatlán debería comenzar por algo mucho más elemental. conocer científicamente su costa. Necesitamos un sistema permanente de monitoreo de playas que permita saber cuánto territorio ganamos o perdemos cada año; mapas públicos de erosión, inundación y riesgo ante diferentes escenarios de elevación del nivel del mar; actualización de la Zona Federal Marítimo Terrestre; estudios sobre transporte de sedimentos; revisión de las construcciones existentes y, sobre todo, reglas mucho más estrictas para las nuevas edificaciones en primera línea de costa.

También debemos abandonar la idea de que cualquier problema con el océano se resuelve colocando más concreto. Los muros pueden proteger determinados puntos, pero también modificar corrientes, oleaje y transporte de arena, trasladando en ocasiones la erosión hacia otro lugar.

La experiencia internacional apunta hacia combinaciones de infraestructura, recuperación de ecosistemas y planificación territorial de largo plazo, no hacia una solución única.

Políticamente esto supone comenzar a tomar decisiones cuyos beneficios quizá no veremos durante el periodo de una administración municipal, algo que parece mucho más complicado tomando en cuenta nuestra cultura de la inmediatez.

El desarrollo turístico de Mazatlán ha funcionado durante mucho tiempo bajo una lógica básica. Construir más habitaciones, más torres y más infraestructura cerca del mar, mientras exista la demanda. Pero ahora el cambio climático obliga a reflexionar sobre la permanencia física del territorio sobre el cual estamos construyendo nuestra economía.

Tal vez dentro de unas semanas las mareas disminuyan, regrese parte de la arena y este extraño verano quede solamente como una anécdota. Ojalá sea así. Pero sería un grave error desperdiciar la advertencia.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO