México 86 (Gabriel Ripstein, 2026) cuenta la historia de cómo México se convirtió por segunda ocasión en sede de un mundial. En este filme, Diego Luna interpreta a Martín de la Torre, un ambicioso, pero también visionario funcionario de la Federación Mexicana de Fútbol, que se propone conseguir que México sea, una vez más, el anfitrión del evento deportivo más grande del planeta.

Diego Luna ya nos había regalado antes un papel relacionado con el fútbol en Rudo y Cursi (Carlos Cuarón, 2008), junto a Gael García Bernal. En aquella película interpretaban a dos hermanos que, de jugar en su pueblo cada domingo, son reclutados por El Batuta, un avezado cazatalentos personificado por el actor argentino Guillermo Francella, a quien también recordamos por El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009), esa película que tiene una escena memorable en la cancha de Huracán, en Buenos Aires, filmada en un extraordinario plano secuencia.

En Rudo y Cursi, Diego Luna interpretó al Rudo, un portero que rompió el récord de minutos sin recibir gol, pero que terminó echando a perder su carrera por culpa de las apuestas.

México 86 tiene una trama por demás interesante. Revela el enorme poderío de la televisión mexicana, encarnado en el filme por la figura de Emilio “El Tigre” Azcárraga Milmo -el autodenominado “soldado del PRI”-, magistralmente interpretado por Daniel Giménez Cacho. Azcárraga fue el dueño de la televisora responsable de llevar a México, en 1970, el primer Mundial transmitido completamente a color a nivel global, y después, en 1986, de impulsar nuevamente la Copa del Mundo en nuestro país, a base de “billetazos”, según nos relata esta divertida ficción cinematográfica. Cualquier parecido con la realidad es una absoluta coincidencia.

Por otra parte, la participación del reparto es estupenda. Aparecen actrices y actores de la talla de Karla Souza, Álvaro Guerrero y el culichi Alejandro Speitzer, entre otros, quienes le dan solidez a una película que funciona no sólo como recreación deportiva, sino también como retrato social, mediático y cultural de una época que no estaba exenta de convulsiones políticas y desastres naturales, como el sismo de septiembre de 1985.

Pero además es una buena película para entender la intensa relación que tiene México con el deporte más popular del mundo.

Porque no hay otro país que haya estado tan presente en los partidos de apertura de los mundiales como México. Contando el del pasado jueves 11 de junio de 2026, han sido ocho en total los juegos iniciales con la oncena mexicana en la cancha: Uruguay 1930, Brasil 1950, Suiza 1954, Suecia 1958, Chile 1962, México 1970, Sudáfrica 2010 y México-Estados Unidos-Canadá 2026.  Y, por cierto, esta última es la primera vez que México gana un partido inaugural. Al menos eso es un buen augurio.

Tampoco hay otra nación que haya sido sede de tres mundiales. Curiosamente, el nivel más competitivo de la Selección Mexicana se ha visto cuando juega como anfitriona. En 1970 terminó en sexto lugar del torneo, y en 1986 llegó hasta cuartos de final, donde perdió contra Alemania en los malditos penales.

Sin embargo, cuarenta años después, la ilusión sigue viva: el quinto partido, pasar a semifinales, ganar la Copa. Uno nunca sabe. No dejamos de soñar, no tenemos remedio.

Por eso recomiendo ver México 86. Pues a pesar del absurdo negocio millonario en que se ha convertido el fútbol, este deporte sigue siendo nuestro amor eterno e inolvidable, como cantaba Juan Gabriel. Y porque, también, citando a José Alfredo, “nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores. Otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores”.

Véanla. Está en una conocida plataforma de streaming, cuyo nombre ahora no quiero mencionar. A menos, claro, que nos regalen una transmisión en vivo de algún partido importante del Mundial, de los dieciseisavos de final en adelante.

Ya ven que ahora la felicidad que nos da ver el fútbol desde una pantalla tiene un precio casi impagable para millones de aficionados. Ya ni se diga el costo por entrar a un estadio. Quizá el viaje al futuro sea, en realidad, un transporte al pasado, y terminemos siguiendo las Copas del Mundo por la radio, como se hacía antes de que existieran la televisión y las plataformas de streaming.

Borre Hernández.

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