La mayor parte de la economía sinaloense es legal, trabajadora y creativa. De aquí salen tomates, maíz, atún, camarón, carne, comercio, servicios financieros, industria ligera, ideas, música, arte y turismo.

Pero, durante décadas, también han estado ahí las actividades ilegales y su dinero, filtrándose en las colonias, el campo, los módulos de riego, negocios, familias, campañas políticas, y hasta en la música y en las aspiraciones de los jóvenes.

Muchas veces Sinaloa ha intentado ser otra cosa. Empresarios, académicos, productores, organizaciones civiles, universidades y algunos políticos han empujado diagnósticos, planes, reformas y agendas. Han creado consejos e instituciones buscando impulsar el turismo, la producción y exportación de alimentos, la industrialización de la economía y contener la influencia de la delincuencia en la vida diaria.

El resultado está a la vista: avanzamos poco y toleramos mucho.

Gobernadores han ido y venido: unos prometiendo orden, otros desarrollo, y los más recientes han confundido gobernar con repartir dinero para ganar el derecho a no cumplir sus obligaciones básicas.

Más de 6,000 víctimas de asesinato y desaparición. Más de 10,000 vehículos robados. Familias rotas. Patrimonios golpeados. Y el patrullaje permanente de la Guardia Nacional, la Marina y el Ejército, recordándonos en todo momento que no estamos seguros.

Desde septiembre de 2024, la violencia organiza nuestras vidas. Horarios recortados, negocios que cierran, familias encerradas, reservaciones canceladas, inversiones pospuestas, proveedores que ya no quieren venir.

A eso se suma un campo golpeado por la sequía, la baja producción, los precios internacionales castigados y los aranceles. La habitación se queda sin oxígeno. Y ahora, otro golpe internacional: el gobernador, un alcalde, un senador y otros servidores públicos acusados por autoridades de Estados Unidos de narcotráfico y armas.

Ante el escándalo, el oficialismo cierra filas en torno a los suyos, mientras la oposición festeja la oportunidad de dar un buen golpe electoral. Para ellos, todo se reduce a las urnas, al 2027. ¿Y Sinaloa? ¿Y los sinaloenses?

No sé si con esto ya tocamos fondo. De lo que sí estoy seguro es de que nunca habíamos estado en un punto tan bajo. Quizá eso sirva para dejar de esperar al salvador y empezar a buscar, entre nosotros mismos, a quienes puedan construir un nuevo acuerdo para Sinaloa.

Sinaloa necesita un grupo de ciudadanos que se convierta en una nueva generación política surgida de la sociedad real: del campo, las empresas, las universidades, las escuelas, el periodismo, la cultura y las colonias de cada región. Un grupo de políticos que construya un plan y un discurso atractivos, frescos e innovadores, capaces de ganar elecciones.

También necesita cámaras, universidades, consejos como CODESIN e instituciones públicas y privadas capaces de colaborar con el gobierno para construir una ruta ejecutable: seguridad y justicia reales, policías confiables, nuevos hubs económicos, energía limpia, turismo sustentable, educación de calidad y alta exigencia, recuperación de espacios públicos, inversión con reglas claras, y una cultura que deje de glorificar la ilegalidad.

Un nuevo acuerdo no es un documento. Es una plataforma de políticos y ciudadanos que se exigen a sí mismos y que representan valores como el esfuerzo, el mérito, el trabajo, la educación, el conocimiento. Es una nueva forma de rendir cuentas y comprometerse con el futuro de Sinaloa.

Ya quedó claro que nadie vendrá a salvarnos. La pregunta es si entre nosotros hay personas dispuestas a organizarse y participar, cada quien desde lo que puede aportar, para dejar de ser dominados por el miedo, la corrupción, la impunidad y esos políticos que sólo se acuerdan de nosotros cuando necesitan nuestro voto.

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