En Sinaloa, la palabra confusión se ha vuelto una forma aceptable de matar
Es una palabra que ya no explica nada, pero sirve para seguir viviendo.

A los mineros desaparecidos – y luego encontrados en fosas- los “confundieron con un grupo antagónico”, según palabras del secretario de seguridad. Lo dijo con la ligereza de quien no tuvo que buscarlos.

Sin detenerse en las vidas, sin detenerse en las familias, sin detenerse en el lugar exacto donde la tierra se abrió veinte veces para tragarse quien sabe cuántos cuerpos.

Las fosas encontradas no son una confusión. Son un paisaje.

En ese mismo territorio, una minera canadiense siguió operando con el silencio de quien sabe que el daño lo pagan otros. No hubo defensa real de los trabajadores, no hubo indignación proporcional a la pérdida. Solo esas disculpas tibias de las empresas que sobreviven a cualquier tragedia porque no viven aquí. Porque su duelo no es cotidiano.

El miércoles por la mañana mataron a Ricardo. Un adolescente de 15 años.

Las versiones dicen que lo confundieron con un puntero. Después inventaron que iba en moto, cuando Ricardo iba caminando a la tienda. A compara algo. A hacer lo que hacen los niños vivos. Pero la mentira siempre llega rápido, como si hubiera que justificar el disparo antes incluso de levantar el cuerpo.

Aquí la confusión funciona como absolución anticipada. No importa si eras minero o niño. No importa si ibas a trabajar o a la tienda. Si el Estado o el Crimen Organizado te confunde, tu muerte entra en categoría de daño colateral, de malentendido, de “situación compleja”

Lo más grave es que esta palabra ya no pertenece solo a los grupos criminales. También la usan las autoridades.

La confusión dejó de ser una explicación del narco para convertirse en el lenguaje oficial. Una palabra que antes circulaba entre amenazas y rumores, hoy aparece en comunicados, ruedas de prensa y declaraciones públicas. No como desliz, sino como método.

Así, Estado y crimen no se confunden entre sí: se entienden. Comparten la misma coartada. La misma forma de nombrar la muerte para que no pese tanto. La confusión se volvió un punto de encuentro entre quienes disparan y quienes administran las versiones.

No es un error: es una coartada. Sirve para matar sin decir matamos. Para desaparecer sin decir desaparecimos. Para limpiarse las manos borrando responsabilidades.

La confusión traslada la culpa a la víctima: algo habrá parecido, algo habrá hecho. Nos obliga a vivir explicándonos, cuidando como vestimos, como caminamos y por donde pasamos. Ya no basta con no andar en malos pasos o no llevarte con gente “sospechosa”. Ahora, encima de todo, hay que no parecer algo para nadie.

Los derechos humanos no se violan por error. Se violan cuando el Estado adopta el lenguaje de quienes matan y lo vuelve política. Cuando decide que ciertas vidas son prescindibles, intercambiables, explicables con una frase de prensa. Cuando la palabra confusión sustituye a justicia

En una entidad donde al parecer todos “se confunden” nadie está a salvo

En Sinaloa no hay confusión

Hay cuerpos

Hay fosas

Hay niños asesinados

Y hay versiones oficiales que insisten en decir que fue un malentendido, como si eso devolviera a alguien a su casa.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO