Me miro desde fuera y ya me parece un ritual. Justo antes de salir a la calle a una manifestación, repaso con detalle algunas cosas que me hacen ser quien soy, y como este camino me trajo hasta aquí. Siempre trato de ponerme los zapatos lo más pronto posible, antes de salir de casa, para empezar a sentirme listo al amarrar los cordones. Hoy salgo antes de las 10 de la mañana, hacia la marcha por el agua y contra el genocidio que se convocó el 18 de octubre en Mérida, Yucatán.

La marcha entronca luchas, genera encuentros y nos muestra una realidad descarnada: el gobierno del estado de Yucatán, en la anterior gestión encabezada por un gobernador del PAN: Mauricio Vila Dosal firmó un convenio de intención de colaboración con Israel, el Estado que está cometiendo genocidio contra el pueblo palestino y avanzando en la cooptación de recursos mal llamados estratégicos, como el agua, en Latinoamérica. El gobernador actual de Morena, Joaquín Díaz Mena, finge demencia como si no fue cómplicede los acuerdos de su eterno rival, el anterior gobernador.

Todo eso atraviesa mi mente mientras termino de salir de casa. Recuerdo que en el 2009 yo ya me juzgaba mayorcito para ir apenas por primera vez a una manifestación, pero hasta antes de escribir este texto solía olvidar que ya había estado antes en una, a principios del 2006 cuando la delegación del EZLN en su propuesta de La Otra Campaña se manifestó en la plaza grande de Mérida.

Ahora me doy cuenta que abandoné hace rato la juventud yveo con otros ojos la gente, llego al parque de Santiago, en el centro de Mérida, y la fuente está rodeada de rostros juveniles, vestimenta ligera, cabellos de colores, kufiyas y maquillaje. También se ven caras con más experiencia e inclusive algunas ajadas por el tiempo. El barullo es sorprenden y lo primero que apunto para mi texto es un golpe de ternura: Se acercan dos chiques a preguntarnos si venimos a la manifestación y que si habíamos traído agua, le extienden una botella a la amiga con la que fui, y yo les menciono que traigo mi botellaen la mochila.

La ternura es algo que nunca debería abandonarnos cuando narramos las manifestaciones. Hoy cuesta cada vez más trabajo hacer que las personas empaticen, no es que antes lo hicieran con mayor presteza, pero pareciera que volvemos unos pasos atrás en la percepción de humanidad, eso que nos reúne y nos hace una especie gregaria.

Por ello haré una breve lista de ternura que observé hoy: dos personas tomadas de la mano, una sonrisa a la distancia, un saludo con un instrumento musical, algunas personas posando para la foto, un beso que nunca falta y nunca sobra, personas corriendo para atender a alguien que recibió el impacto fuerte del calor, un susurro para recomendarle tomar agua a un agitador que se desgañita, dos familias completas, un padre que paterna solo y lleva a su hija a la manifestación, un grupo de personas que se organizan para acompañar a una manifestante solitaria.

Nos vamos acomodando para salir, recorreremos un puñado de cuadras que no llegan a un kilómetro para llegar al palacio de gobierno, sede del gobierno estatal. Noto como las voces se van encajonando, al estar cerca de las paredes de los edificios y no en el parque, las consignas que se vuelven canticos yreverberan: a la derecha tengo un estacionamiento techado totalmente vacío que funciona como caja de resonancia, mi amigo anarquista se desgañita gritando “A romper a romper, relación con Israel” y el sonido rebota y se amplifica.

Una amiga me dice que cree que no va a gritar hoy, porque siente que va a llorar. Y yo descubro que la caja de resonancia me está dejando la piel erizada y me pregunto si habrá alguna especie de medida científica y cuantificable del impacto de la piel erizada en las emociones de las personas. Avizoro la respuesta, tal vez solo sea intención reflexiva de un cronista y no de la ciencia.

Algo se leía en el ambiente mientras caminábamos, quienes lo hacemos en silencio resonamos con quienes hacen ruido. La urgencia de colectividad es abrumadora y la leo diferente a otros momentos en mi vida: el hartazgo se desborda, el miedo se vuelve acción y la compañía una especie de paz fiera. A diferencia de otros momentos históricos que me ha tocado vivir, la urgencia se siente a flor de piel porque parece que en esto, literalmente, se nos va la vida.

Y es que la vida, el agua, se ama y se defiende. La inmensa colectividad que camina las calles de Mérida se cuenta por cientos, algo que llevaba mucho sin ver más que en momentos muy específicos del año, cuando por ejemplo las mujeres se organizan y toman las calles.

Lo que más me sorprende es como la lucha pequeña, casi hiper local, dialoga con la historia.  Me parece increíble que siempre esté presente Emiliano Zapata, y con él el susurro del zapatismo, junto a la lucha por Palestina, quienes defendemos el agua en Yucatán desde diferentes lugares y también la memoria histórica pues se escucharon consignas recordando a Efraín Calderón Lara “El Charras” joven abogado sindicalista asesinado por el gobierno del estado de Yucatán en los setenta, y sigue el estado sin hacerse responsable.

Por ello, quiero cerrar este texto con una lluvia de símbolos que me parecen el horizonte de lucha en el mundo en el que vivimos y que apela a las emociones de diferentes colectividades: ondean banderas con el martillo y la hoz junto a decenas de banderas Palestinas y por ahí alguna yucateca, se agitan los abanicos con los colores del arcoíris, se presentan lxs estudiantes en bloque, los pueblos mayas de la península toman el micrófono y la música de protesta es coreada en colectividad.

En medio de la sexta extinción masiva de especies, el genocidio hacia el pueblo palestino, el avance de la ultraderecha en el mundo, la apuesta neocolonial e intervencionista en Latinoamérica y las guerras económicas por el agua aún quedamos algunas colectividades que nos reunimos, más allá de la pantalla, a soñar con mundos donde quepan muchos mundos y en eso, se nos va la vida.

 

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