El déficit de atención, la hiperactividad, el autismo y otros “trastornos” cognitivos son cada vez más sonados entre la población. Ojo, más sonados no es sinónimo de más comunes o que están en aumento. Ciertamente parecería que hay un incremento de neuro divergencias entre la población infantil, pero esa mayor visibilidad es porque hay más diagnósticos y detección temprana.
Para la presente discusión nos enfocaremos solo en el déficit de atención, denominado en el argot especialista como Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Hace 20 años no escuchábamos sobre este padecimiento que, según la literatura médica, comienza en la niñez y se presenta a lo largo de toda la vida, debido a que se considera un “trastorno neurobiológico crónico”.
En mi profesión tengo la oportunidad de trabajar con maestras y maestros de kínder, primaria, secundaria y Universidad (principalmente públicas). Es una verdadera bendición conocer sus experiencias frente al grupo, ya que permite ver y analizar el “problema” de la neuro divergencia en un contexto escolar amplio, en sitios específicos como escuelas públicas de Culiacán, en distintos niveles educativos, con especificidades socio económicas y socio culturales, así como la atención hacia los casos dependiendo de estas y otras variables.
Para no detenerme en ese análisis y regresando a la atención y al debate en el que nos encontramos ahora debo mencionar que, según lo investigado, leído, conocido y reflexionado, el déficit de atención, no el término médico, sino la “falta o escases de algo” como establece la RAE (Real Academia Española), es un fenómeno cognitivo que afecta a toda la población mundial, sin necesidad de que sea un “trastorno neurobiológico”, sino como una alteración a la capacidad de atención que naturalmente posee el ser humano, por la sobre exposición a estímulos, la calidad y estilos de vida, la alimentación, la exposición a contaminantes y sí, como todos dicen, por el uso desmedido de pantallas o dispositivos electrónicos.
¿Cuántas personas leerán esta columna y qué porcentaje de la población sinaloense representan? ¿A cuántos de nosotros nos cuesta concentrarnos para leer, o cuántas veces debemos leer lo mismo para comprenderlo completamente? Cuando tomamos el teléfono, una tableta o la computadora ¿es común hacer scroll indiscriminadamente? ¿En promedio cuánto tiempo soportamos un video, 30 segundos, 5 minutos, media hora?
Como docente de nivel superior debo advertir que he tenido estudiantes, incluso en nivel doctorado, que no comprenden lo que leen, no saben redactar y de su ortografía bueno, mejor ni hablar porque lloro. De la misma forma hay docentes que no saben siquiera escribir un oficio, y que tanto en nivel básico o en nivel superior utilizan más los videos como apoyo didáctico -o sustituto docente- que las discusiones o dinámicas enfocadas en el fomento de la reflexión y la creatividad.
Las pantallas matan la creatividad porque, como insisto a mis estudiantes, observamos la visión de otro sobre un tema, sobre un libro, sobre lo que sea, como si comiéramos la comida masticada que otro ya saboreó. No quiere decir que sea un mal recurso, pero su uso excesivo sí lo es.
Esa sobre exposición a las pantallas es parte de lo que Johann Hari, en su libro “El valor de la atención”, considera uno de los problemas por los que la humanidad está perdiendo capacidades cognitivas, entre ellas la atención, quizás la más valiosa porque abarca desde la supervivencia hasta el aprendizaje. El autor realizó una exhaustiva investigación con los mejores neuro científicos del mundo para concluir que el problema del déficit de atención (de todas y todos, no solo el médico) es tan añejo como la propia Revolución Industrial, y que no depende solamente de la exposición desmedida a las pantallas y el internet, sino de todo un entramado de variables a la que estamos expuestos.
En una entrevista que Hari concedió al periódico El Confidencial, establece que la falta o escases de atención, es decir, el déficit de atención, es un problema general que afecta a todas y todos, pero que depende de muchos factores como la alimentación (muy azucarada o procesada), la exposición a contaminantes, la cultura laboral híper competitiva, la ilusión del multitask, el exceso de estímulos sensoriales e incluso los propios sistemas democráticos. En total el autor establece 12 factores que afectan la atención de todas las personas en la actualidad.
Siguiendo la idea del especialista y con relación a lo que discutimos aquí, todas y todos experimentamos algún tipo de déficit de atención, por lo que el diagnóstico y tratamiento, cuando se considera patológico o “crónico” no debe enforcarse solo en estudios clínicos insuficientes, sino considerar toda la etología del “problema” antes, en primer lugar, de diagnosticar apresuradamente un TDAH y, lo más urgente, de la medicación; porque ahora tenemos a miles de niños y niñas dopados que siguen consumiendo grandes cantidades de azúcares, alimentos procesados, chatarra, están pegados a las pantallas, viven encerrados en sus casas o están expuestos a cientos de estímulos.
¿Quién creen que será la más feliz de tener generaciones con personas dopadas pero que siguen consumiendo la basura que el sistema nos ofrece, la industria farmacéutica, la alimentaria, la del entretenimiento, la tecnológica? ¿Quién se hace rico a costa de dopar a toda una generación que posiblemente con cambiar sus hábitos y controlar su exposición a factores que alteran puede mejorar su atención e incluso revertir su neuro divergencia?
Hace casi cien años, en 1932, Aldous Huxley (en Un mundo feliz) planteó una sociedad distópica adicta a una maravillosa droga llamada soma, que ayudaba a sostener todo el sistema social y político del mundo, con una población esclavizada pero contenta, sin infelicidad o emociones negativas, completamente dopada y controlada. Bueno, el soma de esta realidad, ese que está matando nuestra capacidad de atención, es la suma de todos los estímulos mencionados aquí y que Hari plantea en “El valor de la atención”. Para prueba habría que contar cuántas personas leen esta columna versus quienes ahora mismo ven un baile chistoso en TikTok o el chisme de algún influencer.

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