Mi mamá le ponía sopita de codito al caldo de gallina.
A mí siempre me pareció un lujo; hoy sé que es para que rinda más. Me dolió saberlo. Desde entonces no tengo pleno gozo cuando como caldo de gallina con sopita de codito, aunque ahora lo hagamos así, por el puro gusto.
Pocas veces fue caldo de pollo, en aquello años, no se compraba pollo, si acaso llegaban a subir a la sierra a vender, no había dinero. Nadie se come los pollos, los dejamos que crezcan, que tengan más carne, que rindan más. Las veces que comí, fue por estar enferma o sobró de alguien más que había parido o enfermado.
Los pollos eran medicinales. Se mataban para la recuperación de las mujeres parturientas y lxs enfermxs. Aún ahora, recuerdo que no hace mucho, mi mamá mató y peló una pollita “tiernita” y me mandó a llevarla a casa de mi tía Chela;
“Llévensela a la Chuy, para que le hagan un caldito”, nos dijo, mi prima recién había parido.
Creemos que el pollo ayuda a dar más leche para lxs bebés; en un rancho donde la fórmula láctea no había llegado, se sabía que dependía de las tetas de la madre si la criatura vivía o moría de hambre. Como rosario de hormiguitas, las mujeres del rancho le llevan lo que podían a la recién parida, a la enferma, la cruz de ese rosario era el pollo fresco, tiernito.
Mamá freía en manteca la sopa, buscaba dejarla dorada. Entre tanto que tenía siempre por hacer, a veces se lo olvidaba menearla y se chamuscaba de algunos lados, tirarla no era opción, así la echaba al caldito. Yo, cuando me servía caldo, buscaba desesperadamente esas sopitas quemadas; tenía que ser rápido, si mi mamá me veía haciéndolo podría pensar que estaba “espulgando la comida”. Me gritará “deja de espulgar la comida, sírvete de todo; comete todo, no que no es yerba”. Y en realidad, la señora no sabía de razones, no podía yo decirle que hacía, porque me daba un manazo -mínimamente-.
Ni imaginar puedo, la putiza que era la obligación de mamá (porque siempre fue de las mamás) de hacer comida, cuando el único ingrediente que nunca falta era el hambre.
Después del desayuno, a veces sin haber terminado ella de desayudar, mamá ponía en la orilla del comal una olla con agua para que se fuera calentado y en ella hacer el caldo. Como solo comíamos gallinas viejas, que ya no ponía o gallos igual de viejos que ya no pisaban, la carne era dura y había que tenerlos en la lumbre varias horas. Le ponía al menos ajos, cebolla y tomate; a veces nos mandaba a pedirle prestado algo de eso a mi tía Lurdes, otras, mi tía Lurdes mandaba a alguno de mis primxs por lo mismo: “un pedacito de cebolla, o un par de dientitos de ajos para completar”. Si era en los inviernos, habría verduras del huerto; si eran en pleno calorón (casi siempre, por cierto), habría elote tiernito y calabaza, de la milpa.
Mi mamá dice que a ella le enseño a guisar su suegra, mi nana.
Mi nana usaba muchas especias, comino entre ellas. Mi mamá sazonaba el caldo con esas especias, pimienta, comino, cilantro, etc.; pocas veces recurría al consomé en cubo. Las veces que sí, era porque el caldo tenía que ser tanto para que alcanzara que la pedorra gallina por más que nadara y se recociera en el caldo no le podría dar sabor.
Nunca vi echarle la sopa al caldo, no creo que la echara desde que ponía a cocer la gallina, se habría batido, habría sido un machigüi. La sopa siempre estaba bien cocida, pero durita, pocas veces se le coció de más; supongo ahora, que esas veces que se le coció demás fue por estar haciendo otra cosa, siempre había algo más que hacer. “El negocio nunca se acaba”, aún dice mi mamá.
Servía el caldo en unos platos medio hondos, no tazones como los que conocemos ahora, unos platos en un punto medio entre tazón y plato plano. El caldito era transparentoso, medio rojizo por el tomate que, una vez cocido, molía y devolvía al caldo, no para darle sabor, ese ya se lo había dado todo lo posible el pobre tomate huérfano, era más por el color.
El reparto de piezas de la gallina era a veces -casi siempre- pleito, salvo si mi mamá estaba de humor de oírnos; “yo quiero una pierna” “yo quiero un ala”, le decíamos. Ella a veces nos consentía haciéndonos caso y cuando había que elegir entre a quien darle tal pieza, a quien no le favorecía, le ponía en el plato algo más de pollo: “mira, te puse una alita”, decía, por ejemplo.
La verdad que la mayoría de veces no era así. Mi mamá guisaba y tortiaba en la lumbre en una hornilla que ella enjarraba de lodo para que no se callera. En una cocina hundida donde si no la chingaba el calor, la mataba el humo –Mamá desarrollo EPOC de tanto humo que jaló cocinando. Ahora, si bien no deja de cocinar en la lumbre, su cocina es abierta, además tiene estufa y cocina mucho menos- en esas condiciones y con esas carencias, no había mucho espacio para las ternuras. “Cómete todo lo que está en el plato, a ver si te mueres; si te mueres, te mueres llena”, nos decía como si fuera mantra. A veces, le remedábamos sus dichos; sin que lo viera, eso sí, porque si nos cachaba, una chinga con el cinto, mínimamente nos daba.
Dios así no lo quiso, lo sé, pero lástima grande que una misma gallina, en vez de culo, no tuviera otra pechuga. Varios pleitos y chingazos, nos habrían ahorrado con eso.
Mi mamá era y es feliz viéndonos comer a todxs juntxs. Ahora que tiene nietxs la doña, vieran que consentidora que es. Si las galgas de las plebes, mis sobrinas y sobrino, no quieren barbacoa, ella les guisa un huevito. A nosotros nos habrían sobrado chingazos, a ellas les sobran opciones.
No hay duda, como decimos nosotrxs: los hijxs amansan, lxs nietxs ensillan.
Se lo lavan.

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