Jamás pensé en dejar de escribir, es por eso que no pude ni despedirme. Quienes me regalan el tiempo de leerme y, sobre todo, quienes se aseguran que sepa que me leen, merecen de esta su pedorra escribana favorita una explicación:

En agosto del año pasado me operé una hernia; operación que resultó más complicada de lo esperado. Me operé en el IMSS Bienestar y como podrán imaginar, peregriné por pasillos, puertas y ventanas para poder lograr que me operaran. De hecho, el día de mi alta, con dolores y calenturas por la operación y aún en bata, bajé a administración a manifestarme porque pretendían mandarme a mi casa con receta, pero sin medicina. En mi caso si es por el dinero, yo vivo bien apenas como para cubrir con mi sudor las obligaciones de otrxs; de mi parte van y chingan a su madre, por cierto.

Un mes después, el 18 de septiembre, después de meses de hostigamiento y violencia laboral y no laboral, estando yo incapacitada, con un dolor en las verijas que me obligaba a caminar a pasitos, en La Mexicana, restaurante que no solo trabajé, que dejé el cuero y el alma, sin miramiento alguno, me corren por ser trans. Desde junio me cargaban a pan y verga por ser trans, unas bajezas de trato, un perro nivel de violencia que por pura perra necesidad aguante; pendejamente pensando que aguantar como aguante, me haría conservar el trabajo. No pues no fue así, sin el menor de los remordimientos, con una patada en el culo un día a la 1pm de corrieron. Allá te voy yo, a pasitos, casi siega de rabia, a llorar en la calle. Hoy me reprocho lo pendeja que fui, lo indigna que fui, lo que aguanté y permití; sé que fue por necesidad, por dinero, por batallar menos. Hoy, a casi un año, es hora que se niegan a liquidarme, no me han dado un peso partido por la mitad, en cambio, he tenido que demandar y en este proceso, volver a padecer su transfobia.

La recuperación de la operación me obligó a que por lo menos 6 meses no podía mover, menos levantar nada que pesará más de 10 kilos, los primeros 3 meses ni siquiera algo de más de 3 kilos. Sabrán como andaba con el estrés; sin poder moverme, sin poder trabajar, apaleada como perra de la calle.

En diciembre del 2025 mi papá decayó su salud, meses de visitar varias veces a la semana especialistas en el IMSS. Yo sintiéndome de la verga, inútil por no poder poner ni para un bule de agua; ayudaba acompañándolo a sus citas, madrugando para hacer cola, pasando hambres y sed. La salud no dio para más, a finales de febrero ingresó urgencias.

Mi papá murió el 26 de marzo, después de 30 días en IMSS, mismos que luche con todo mi ser para que fuera tratado con dignidad. No sé cómo sobreviví a eso. Sin dinero, sin trabajar, aún con precauciones por la operación y aportando solo estar casi todos los días al cuidado de él. Mis hermanas partiéndose el lomo trabajando y yo dejando el cuero en el IMSS. No les cuento el hambre que pasé, las veces que me vencía el cansancio y el dolor de verle morir en una cama de hospital. Lloro escribiendo esto; algún día espero poder escribir el resto de lo que viví esos 30 días.

Después de la muerte, el duelo. Los primeros días, no sabía que hacer con el tiempo. El último mes había dedicado cuerpo y alma a mi papá, a mi familia y de pronto, no tenía nada que hacer. Hay días que sentía que flotaba; a ratos perdía toda cordura; hoy mismo odio a la vida por llevárselo, tanta puta gente mierda que no le da ni gripe y mi papá sufrió tanto dolor antes de irse. Él que molestar no le gustaba, tuvo que perder hasta los dientes antes de perder la lucha y la vida. Me desprecio tanto por sonreírles al personal de salud cuando merecían un vergazo, pensando que esa actitud mía ayudaría a que le atendieran mejor y más rápido y nada; murió. Me odio por no haber tenido más dignidad, por haber mendigado atención, total, mi padre muerto está.

La lluvia. Nada duele como la primera lluvia. A mí que la primera lluvia del verano, donde sea que me tocara estar, si cerraba los ojos, podía sentir como si estuviera en el portal de mi casa en el rancho, oyendo las gotas caer sobre las hojas de la pingüica y la lámina negra. Ahora, oigo llover y solo puedo ver gotas caer sobre el cemento de la tumba donde está muerto mi papá. Ojalá no me doliera tanto, ojalá pudiera no sentir coraje de quienes gozan ver llover, no he podido ni aguantar que me caiga sobre el cuerpo.

Pero bueno, no se trata esto de usarles como mi basurero emocional. Esto va de agradecerles que me lean, que me digan que me leen y, sobre todo, que sepan por qué no me han leído.

La verija allí va, tengo molestias, pero el doctor dice que es normal; tengo unmes con un trabajo mal pagado, pero pior es nada y aún pior, es del que me corrieron; el 03 de septiembre tengo audiencia por mi demanda contra La Mexicana; ya pasé mi primer día del padre con mi papá muerto y poco a poco me voy curtiendo de dolor. Me gusta pensar que lo peor ya pasó; me da miedo pensar que no, creo que no puedo con más.

No sé cuándo, pero me alegra pensar que me leerán volver.

Se lo lavan.

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