Sus zarpas desgarran los escombros. Estruendo devora todo a su paso. Desde hace centurias camina el mundo con un hambre insaciable. Sus tres cabezas braman con sed de sangre y se alimenta de todo a su paso.

Con el paso de los años Estruendo engullo silenciosamente todo lo que pudo. Solo él era capaz de escucharse a sí mismo, un cachorro silente para el mundo, un bestial cánido para si mismo. En su infancia todo era sencillo, los cuerpos destazados de seres moribundos eran dejados atrás como sobras de un sistema digestivo que desechaba toneladas de cuerpos.

Todos le gustaban a Estruendo y los masticaba con fiereza: árboles, insectos, pájaros, mamíferos, humanos. Su hambre insaciable solo se contenía mientras sus tres bocas trituraban al mismo tiempo. Sin embargo, al pasar por el gaznate el último hueso sus entrañas le exigían más.

Más.

Más.

Mientras crecía los humanos seguían aplacando, sin saberlo, su hambre insaciable. Cada guerra, cada disputa, cada opinión que les enfrentaba sin tregua ni acuerdo terminaba con una pequeña muerte y todas ellas alimentaban al carroñero inmenso. Mujeres y niños primero, después desaparecidxs. Él se hacía inmenso y muchas personas empezaron a conocer su presencia, pero desconocían su nombre.

Los pueblos que caminan la tierra desde hace centurias lo nombraron Estruendo, y él como alarde de fuerza les gruñó un instante antes de engullir a todo el pueblo.

Y se hizo el silencio.

Muchos años transcurrieron desde que la devastación fue palpable y que todo mundo empezó a huir del silente Estruendo. Libre, la liebre, ya no encontraba con quien platicar. Lo que antes había sido un bosque ahora eran escasos brotes entre los escombros de las ciudades así que las grandes reuniones de antaño eran solamente un recuerdo. Pastar, jugar, comer, bailar, chismear se habían vuelto verbos que habitaban solamente en su memoria. Todas sus hermanas habían huido de Estruendo y muchas habían caído en sus fauces.

Libre supo de su existencia por una de las últimas ancianas de los pueblos, ella susurró su nombre y la previno, mientras traigas esto jamás podrás ser engullida.

Querida Libre, ahora tu eres la resistencia y Estruendo no tendrá forma de engullirte, con este paliacate eres invisible a sus ojos— dijo la anciana y se fue del mundo por las fauces de Estruendo.

En un rincón olvidado, donde Estruendo había iniciado una carnicería décadas atrás, Yeu posaba sobre la ciudad recordando a los habitantes. En sus sueños Yeu siempre miraba al horizonte y recordaba la dignidad de vivir entre los escombros. Muchas mujeres rascaron entre cenizas para encontrar su amor bajo la tierra, muchos seres hicieron arte, sembraron semillas, vociferaron a los cuatro vientos, llamaron, nombraron, crearon. Ellas y ellos fueron los primeros citadinos que conocieron a Estruendo y le hicieron frente, día a día, hasta que el paso del tiempo los fue consumiendo.

Yeu lleva en el cuello el último recuerdo de esa comunidad. El legado de la memoria estaba en sus alas. Todas las madrugadas se posaba en la misma columna viendo en la misma dirección. Se le había relevado que por esa dirección llegaría la esperanza, aunque en muchos años no había visto a nadie.

Libre llegó dando brincos, su nariz había oteado en el horizonte un viejo olor, el olor a verde, ese olor que solamente pasa cuando la combinación de humedad, tierra, humus, hongos y semillas se conjugan para hacer brotar vida. Y no cualquier vida la vida que alimenta, que nutre, que crea más vida. Libre no lo podía creer, su nariz le decía que iba a comer en compañía.

Al saltar por ahí vio a lo lejos un destello que confundió su olfato, esa vida se veía diferente, era una flor solitaria brotando de un tronco y no entendía porque emitía luz.

Con el peso de los siglos a cuestas, el ancestral gasterópodo sufría, ya no era capaz de soñar con hojas, ni con familias, ni con manadas, ni con reuniones. Sus sentidos solo le devolvían oscuridad. Se aferraba a la vida que llevaba dentro confiando en que su espiral solo estuviera con la brújula rota.

Desde hace unos días sentía que su espiral giraba hacia adentro y eso lo confundía. Su espiral nunca se había equivocado y tampoco había hecho ese movimiento. Esa pulsión lo confundió tanto que dejó de percibir el exterior y ya no caminaba, sino que vagaba sin rumbo entre las ruinas de una ciudad en el norte de lo que antiguamente se llamó México.

Yeu no lo podía creer y se quedó congelado. Venía un diminuto ser de muy lejos en el rumbo que los sueños le habían indicado, pero no esperaba a alguien minúsculo. Tan lento caminó el gasterópodo que amaneció y anocheció varias veces. Yeu no ni una movía una pluma y el gasterópodo perdido se acercaba y acercaba. Tan profundamente hipnotizado estaba Yeu que no vio la vida brotando cerca de sus patas, ni la luz que emanaba de ella, mucho menos a una liebre que venía brincando a sus espaldas.

La tierra se estremeció por las razones correctas. Estruendo venía rampante a devorar la luz y se detuvo de golpe. Su rugido se escuchó en todo el mundo, pero la urraca, la liebre y el caracol no lo escucharon a pesar de estar a escasa distancia.

La tierra en su profunda sabiduría había atraído a todos a ese punto.

Es tu hora de remitir, Estruendo. Este es el tiempo de la ternura, de la vida y de la esperanza— escuchó el cánido detrás de la oreja.

Ante las dentelladas al aire de Estruendo, el encuentro se hizo y una luz que brotaba de la tierra volvió a alumbrar el horizonte.

Libre, Yeu y el gasterópodo tenían una nueva primera vez, la primera vez de mirar a los ojos de otros seres con la esperanza de un mundo nuevo.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO