Espejo cumple 12 años y, desde su fundación en 2014, la revista ha contribuido a cambiar la manera de hacer periodismo en Sinaloa.

Hasta hace relativamente poco, el periodismo regional se movía dentro de una lógica estrecha. La conversación pública giraba alrededor de la agenda establecida por los grupos políticos y económicos que concentraban el poder en el estado.

La pauta la marcaban los boletines de prensa, las declaraciones de los funcionarios y los acontecimientos producidos desde el gobierno.

Los primeros esfuerzos por romper ese cerco informativo provinieron de grupos empresariales que impulsaron medios con mayor independencia frente al gobierno. Esto permitió cuestionar la narrativa oficial y ampliar los márgenes de la crítica, aunque se trataba todavía de una disputa entre actores que contaban con recursos y posiciones privilegiadas para hacerse escuchar.

La crisis de violencia que se intensificó durante la primera década de los 2000 dio lugar a nuevas experiencias periodísticas que rompieron con las formas tradicionales de cubrir la inseguridad. El crimen organizado dejó de ser tratado solamente como un asunto policiaco y comenzó a investigarse su relación con la política, la corrupción y el deterioro de las instituciones del Estado. Este periodismo abrió una nueva etapa en Sinaloa al colocar la violencia y las redes de poder que la sostenían en el centro de la discusión pública.

Pero fue con la aparición de Revista Espejo cuando las voces de la sociedad civil encontraron un espacio más amplio para colocar en la discusión pública las luchas que comenzaban a impulsar desde ámbitos distintos a los cauces tradicionales de los partidos y las instituciones.

No es casual que Espejo surgiera en un momento en que la sociedad civil sinaloense comenzaba también a madurar, organizarse y profesionalizarse alrededor de causas cada vez más específicas.

La transparencia y el combate a la corrupción, los derechos humanos, la diversidad, la protección del medio ambiente, el desarrollo económico y el ordenamiento territorial fueron dando lugar a nuevas organizaciones, colectivos y formas de participación que necesitaban espacios para hacerse visibles y participar en la conversación pública.

Muchas de esas voces encontraron en Espejo un espacio para amplificar luchas que se estaban dando fuera de los cauces tradicionales de los partidos políticos y las instituciones.

La revista no se limitó a observarlas. Las acompañó mediante notas y entrevistas, pero también produjo información a través del periodismo de investigación y de reportajes que ayudaron a colocar esos problemas en la discusión pública.

Esto ha sido visible frente a la violencia. En algunos de sus momentos más difíciles, Espejo se ha colocado del lado de las víctimas y ha acompañado, como pocos medios lo han hecho, a las madres buscadoras en sus exigencias de verdad, justicia y esclarecimiento.

La persistencia es otra característica de su trabajo. El periodismo suele moverse al ritmo de la coyuntura. Llega a un problema cuando se convierte en noticia y se retira cuando aparece otro acontecimiento. Espejo ha tratado de hacer algo distinto, dando seguimiento a las causas que documenta.

Ohuira es uno de los mejores ejemplos. Mientras otros llegan y se van, Espejo permanece en el territorio, regresa con sus habitantes y sigue contando una historia que todavía no termina.

Por eso uno de sus aportes más importantes ha sido ayudar a articular a una sociedad civil sinaloense que, como sucede en muchos lugares, tiende a fragmentarse.

En su cobertura, los problemas de Sinaloa son abordados desde la mirada de quienes los viven y trabajan directamente sobre ellos: organizaciones ambientalistas, colectivos de víctimas, grupos ciudadanos preocupados por la transparencia, activistas de derechos humanos, académicos y liderazgos comunitarios. Actores que atienden causas distintas y que no siempre hayan espacios para encontrarse, dialogar y construir una agenda común.

El reciente ejercicio de la Mesa Editorial Abierta permitió ponerlas en conversación para identificar preocupaciones compartidas, establecer prioridades y discutir los enfoques desde los cuales los problemas de Sinaloa deberían incorporarse a la agenda pública.

Ahí encuentro uno de los mayores valores. Al establecer una conversación pública más amplia y plural, Espejo abre un espacio para visibilizar problemas que suelen quedar fuera de la agenda, fortalecer la participación ciudadana y mantener presentes las demandas de quienes defienden sus derechos.

Esto resulta importante en el momento que atravesamos. La violencia no solamente deja muertos, desaparecidos y pérdidas económicas. También fragmenta a la sociedad, genera miedo, desconfianza y aislamiento. Por eso necesitamos espacios capaces de mantener abierta la conversación y de ayudarnos a encontrar causas comunes alrededor de la justicia y la paz.

Si tuviera que plantear una tarea para los próximos años, sería profundizar en un las injusticias económicas y su relación con la inseguridad y la violencia.

Se ha insistido en explicar la violencia a partir de la pérdida de valores, el deterioro cultural, la corrupción de los gobiernos o la penetración del crimen organizado en las instituciones. Eso forma parte del problema, pero no lo explica por completo.

Tenemos que hablar de desigualdad. De jóvenes que crecen con oportunidades profundamente distintas. De empleos precarios. De ciudades donde el acceso a servicios, educación, vivienda y espacio público depende del lugar en el que se nace. De grupos que acumulan riqueza y oportunidades mientras otros viven permanentemente al límite.

La violencia no puede entenderse al margen de esas desigualdades. El periodismo tiene ahí un enorme campo por explorar. No solamente mostrar la desigualdad mediante cifras, sino explicar cómo se produce, quiénes se benefician de ella, cómo transforma nuestras ciudades y de qué manera termina relacionándose con otros problemas que después observamos como si estuvieran separados.

Confío en que esta discusión tendrá cada vez mayor presencia en Espejo.

Doce años después de su aparición, hay algo que vale la pena reconocer. En una sociedad acostumbrada durante mucho tiempo a que unos cuantos establecieran los temas de la conversación pública, Espejo ayudó a que otras voces también pudieran colocar los suyos.

Y en el Sinaloa de hoy, mantener abierta esa conversación no es poca cosa. Felicidades a Espejo y a todo su equipo por estos primeros 12 años.

 

 

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO