Rubén Rocha Moya regresó a la gubernatura el viernes 21 de agosto, después de 112 días de licencia. Duró 33 horas. El sábado 22 volvió a pedir licencia, ahora por tiempo indefinido.

Treinta y tres horas. Eso fue para lo que le alcanzó su regreso. No fue debut, pero sí despedida.

No fue un pleito interno más de Morena. No fue solamente el retorno fallido de un gobernador. Fue una crisis institucional completa, corriendo en vivo, frente a una sociedad que lleva casi dos años aguantando otra crisis, la de verdad: la de no poder circular, trabajar, invertir, estudiar ni vivir con normalidad por esta guerra entre facciones del crimen organizado que terminó alcanzando también a la esfera del poder institucional.

Rocha volvió diciendo que traía “la frente limpia y en alto”. La Secretaría de Gobernación aclaró horas después que su regreso había sido decisión personal, y que las carpetas de investigación de la FGR relacionadas con los señalamientos de Estados Unidos seguían abiertas. Ahí ya no cuadraba el relato.

Aquí en Sinaloa, mientras tanto, se armó el arropo. Morena estatal cerró filas. Funcionarios, legisladores, palerío completo salió a respaldarlo, con todo y su desfile de fotos y felicitaciones en redes celebrando el regreso. Y hasta magistradas y magistrados del Supremo Tribunal de Justicia fueron a Palacio de Gobierno en “visita de cortesía”. Imagínense: un Poder del Estado yendo a saludar cordialmente a un gobernador con investigaciones federales abiertas y una acusación formal en Estados Unidos encima. Eso no es institucionalidad. Eso es sumisión (con toga).

Desde el centro del país, en cambio, lo dejaron solo. La dirigencia nacional de Morena se deslindó y dijo que ni siquiera le habían avisado. Los gobernadores de la 4T le pidieron “madurez y responsabilidad”. Y Sheinbaum, sin decir su nombre, habló del poder sin principios, de la arrogancia y la ambición. No hacía falta que lo nombrara. Todos supimos a quién le hablaba.

Treinta y tres horas y se marchó. Otra vez.

Y aquí es donde hay que dejar de hablar de Rocha y empezar a hablar de lo que vino después, que es importante.

El lunes 24, mientras culichis nos plantábamos frente a Palacio de Gobierno gritando “Fuera Rocha” y “Fuera el rochismo”, el Congreso tenía que nombrar gobernador interino. Sesión citada a las ocho de la mañana. Suspendida a las 6:57. Morena tiene mayoría en el Congreso y ni así se pusieron de acuerdo.

Hasta el martes 25 hubo humo blanco: 31 votos a favor, 6 en contra. Nombraron gobernadora interina a Graciela Domínguez Nava, exsecretaria de Educación y Cultura del propio Rocha. Y aquí está el primer dato que hay que subrayar: horas antes, Domínguez Nava era una de las 13 personas registradas para buscar la Coordinación Estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional de Morena, la figura que en los hechos define quién será la candidata al Gobierno de Sinaloa en 2027 (una precandidatura con otro nombre, pues). Con el nombramiento, Domínguez Nava quedó en el Gobierno y fuera de la sucesión.

24 horas después, el miércoles 26, Morena movió la siguiente pieza: Imelda Castro fue presentada como la Coordinadora Estatal de la Defensa de la Transformación. Salvo catástrofe política, será la candidata del oficialismo a gobernar Sinaloa en 2027. Ese mismo día cayó otra ficha: Enrique Inzunza anunció que dejaba la bancada de Morena en el Senado, después de que su regreso al grupo parlamentario fuera rechazado dentro del propio partido. Lo batearon. Pero no renunció al fuero: sigue siendo senador, sin bancada, con las protecciones que le da el cargo hasta que termine su periodo, 2030. Imelda Castro fue directa: cuestionó por qué seguía “aferrándose al fuero”.

Hagamos recorrido completo. En menos de una semana: regresó un gobernador, su partido nacional se deslindó de su regreso, la Presidenta lo desautorizó en público, volvió a irse, el Congreso no logró ponerse de acuerdo para sustituirlo, terminó nombrando a alguien de su propio círculo, Morena resolvió al mismo tiempo su candidatura de 2027, y uno de los hombres más cercanos a Rocha quedó fuera de la bancada oficialista pero aferrado al Senado. Eso no es solamente una crisis de gobierno. Es un partido de ajedrez jugándose sobre nuestras vidas.

Y aquí va lo que a mí más me indigna de toda esta semana: Graciela Domínguez Nava e Imelda Castro no pueden presentarse ahora como figuras ajenas a lo ocurrido durante estos dos años. Sí hablaron de la violencia. Lo hicieron mientras respaldaban, justificaban o evitaban romper políticamente con el gobierno que no logró contenerla. Imelda llegó a sostener que Rocha estaba haciendo “lo que le corresponde hacer” frente a la crisis. Graciela, cuando la violencia llevaba ya casi un mes arrebatándonos la tranquilidad, participó en aquel respaldo público a Rocha del 24 de octubre de 2024, cuando legisladores federales de Morena y sus aliados cerraron filas con él. Ahí estaban también los sinaloenses Ricardo Madrid Pérez y Merary Villegas Sánchez, entre otros, repitiendo el “no estás solo” al gobernador. Ninguna estaba afuera viendo el desastre. Las dos formaban parte del mismo proyecto político que gobernaba mientras ocurría.

Eso nos dice, con mucha claridad, para quién trabaja este partido primero: para sí mismo.

Desde abril existe una acusación formal de un gran jurado federal de Estados Unidos contra Rocha, Inzunza y otros funcionarios y exfuncionarios sinaloenses por presuntamente colaborar con una facción del Cártel de Sinaloa. La misma acusación sostiene que esa organización criminal intervino para favorecer la llegada de Rocha a la gubernatura en 2021.

Pocas semanas después de que se hiciera pública la acusación estadounidense, la Fiscalía General de la República retomó las denuncias que la oposición había presentado desde entonces sobre una posible intervención del crimen organizado en aquella elección a favor de candidaturas de Morena.

Todo esto son acusaciones, no sentencias, y quienes están señalados tienen derecho a la presunción de inocencia. Pero políticamente ya no podemos fingir que esas acusaciones no existen.

Como sociedad tenemos derecho a preguntar quién ha gobernado realmente Sinaloa estos últimos años. Porque mientras los políticos cuidaban candidaturas, fueros y carreras, aquí seguían los enfrentamientos a cualquier hora del día, las casas reventadas, la gente asesinada sin siquiera tener vela en el entierro, familias que se fueron de sus comunidades porque ya no aguantaron el conflicto, y ciudades enteras cambiando su rutina, sus horarios, su forma de vivir, por puro miedo. Ese también es poder. Poder para decidir quién circula, quién trabaja, quién se queda, quién se va y quién puede vivir con tranquilidad en su propia tierra. Y eso es quizá lo más grave de la acusación estadounidense: que sostiene que ese poder criminal no solamente coexistió con el poder político. Habría intervenido para ayudar a colocarlo ahí.

No basta con cambiar el nombre en la puerta de la oficina de la nueva gobernadora interina. En estos catorce meses que restan de gobierno, lo importante no es quién ocupa la silla. Lo importante es saber si va a haber un gobierno nuevo o nada más un gobierno de Rocha sin Rocha. Eso se va a ver rápido: en el gabinete, en quién se queda y quién se va; en si las secretarías seguirán operando como estructura territorial para la campaña de 2027 o vuelven a trabajar para la gente; en si se transparenta o se sigue tapando.

No necesitamos que los catorce meses que quedan se conviertan en una campaña anticipada para Imelda Castro. Necesitamos catorce meses de gobierno. De gobierno de verdad. Porque mientras Morena acomoda su candidatura y calcula quién sobrevive políticamente a Rocha, en Sinaloa las familias siguen buscando a sus desaparecidos, los negocios siguen cerrando y los jóvenes preguntándose si vale la pena quedarse.

Que se note si esto es de verdad el final de una etapa. Porque sacar a Rocha de Palacio no sirve de mucho si dejamos al rochismo gobernando desde adentro. Que colaboren con las investigaciones nacionales e internacionales. Que dejen de usar el gobierno para hacer campaña. Y que a quienes se quedan, a quienes llegan y a quienes ya andan pensando en 2027, les caiga aunque sea tantita vergüenza, tantita dignidad, tantito respeto por esta sociedad que ya pagó de más por sus pleitos, sus silencios y sus ambiciones.

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