Un buen futuro nace de un presente
mirado cara a cara.
Ignacio Solares
Julio y agosto nos partieron el alma. El registro de mujeres asesinadas en Sinaloa fue de 12 el primer mes y de 26 el segundo. Y sin que se nos baje la indignación, septiembre nos golpea el rostro con la pérdida violenta de una vida femenina por día hasta el pasado viernes18. Este renglón de la violencia se ha profundizado en los últimos tres meses del presente año y obliga a que la mesa de seguridad ponga una atención especial en este campo. No hacerlo es permitir que la impunidad avance y nos ponga en un verdadero predicamento.
La violencia volteó su mirada hacia el sur de la entidad. Ha puesto de cabeza muchas cosas, particularmente en los municipios de Mazatlán y Escuinapa. Las rutinas de la existencia humana se han alterado. El desenfado con el que se recorrían calles, plazas, parques y todo espacio público, perdió el encanto con el que vivió por décadas. Es cierto que en Mazatlán se sigue observando un flujo importante de turistas, pero se nota una merma en el trajinar por normalmente bullicioso Malecón. Al que ahora hay que sumar una presencia destacada de elementos militares, que no se encuentran en calidad de turistas, que no están de vacaciones. Su presencia explica la seriedad con que se ha valorado la situación presente, en la que actos violentos dieron un salto poniendo en riesgo vidas y el funcionamiento de Mazatlán como polo turístico.
Una diputada ante el Congreso del Estado declaró en sus redes recientemente que los ataques sufridos por mujeres en el municipio de Escuinapa no son feminicidios, sino que obedecen a su presunta relación con grupos de la delincuencia. No faltó una opinión diferente como respuesta a esta afirmación. Un colectivo de feministas señaló que esa posición lleva a revictimizar a esas víctimas de la violencia, sin preocuparse de sustentar con datos duros dicha afirmación. Ya se han acumulado otras opiniones de respuesta similares. Tienen razón.
La misma Ley, buscando evitar cualquier especulación, de las que ya tuvimos muchas en años anteriores, determina que al abrirse una carpeta de investigación para el caso de mujeres que mueren violentamente, se parta del principio de un feminicidio. El resultado de las investigaciones bien puede concluir en que no lo es, pero la postura inicial es una sabia aportación del derecho sinaloense. Esperemos que la gravedad que significa la inmolación de mujeres nos lleve a todos a ubicar la coyuntura que hay vivimos con la objetividad que nuestro futuro demanda. Y que el actuar frente a esta coyuntura esté bañado de sensatez. Las víctimas de la violencia merecen respeto.
A la par del problema del asesinato de mujeres hay que contemplar que la niñez también pasa por un mal momento en esta coyuntura que ya transitó por dos años. Se han acumulado más de 250 pérdida de vidas de menores de edad. Esa cifra es también, por sí sola, un golpe moral demoledor, del que difícilmente nos recuperaremos. Un niño que hubiera sido la víctima era suficiente para cuestionar lo que hasta el presente día hemos hecho en materia de seguridad y la construcción del mundo que heredaremos a la niñez y juventud que nos vienen pisando los talones. Es hora de exigir que las instancias de gobierno, no solo las que atienden asuntos de seguridad, sino todas las que tienen que ver con el bienestar cambien de visión y políticas.
Es el momento de exigirnos si como sociedad civil hemos cumplido frente a la autoridad que tenemos y ante las tareas que nos correspondía llevar a cabo para que la construcción democrática y justa de este país y de esta entidad se acercara al sueño de los fundadores de la Patria y a los planteamientos de los constituyentes de 1857 y 1917. Lo señalamos porque ni la crisis de dos largos años no quita la costumbre de buscar culpas en otro lado, pero nunca en nosotros mismos. Culpamos a la autoridad, a la que nadie puede señalar que no le corresponda una buena parte de la responsabilidad por el estado que vivimos. Pero normalmente echamos culpas a quien está en el presente con una responsabilidad política. Al no ver el pasado cerramos el análisis y la inteligencia sobre los orígenes y causas de lo que enfrentamos.
Nos provoca urticaria pensar siquiera que hay responsabilidad personal en esta crisis que nos ahoga. Pongamos énfasis en algunas cosas que, siendo esenciales, determinantes, les negamos la lógica y los vasos comunicantes que significan entre nuestras vidas y el funcionamiento general de economía, la organización social y política. Tenemos un modelo económico que se nos impuso en muchos aspectos desde los años ochenta del siglo pasado: el llamado neoliberalismo. El anterior, sin ser ideal ni pleno de justicia, al menos permitía una sobrevivencia menos desesperante en el campo y ciudad. Este privatizó la tierra ejidal, cerró los bancos de crédito rural, combatió la creación de sindicatos y empobreció la seguridad social, entre muchas otras cosas. No hubo la protesta social organizada suficiente para impedirlo. Sin una industria y servicios que absorbieran las masas de desempleados, entregamos esa mano de obra a las actividades ilícitas.
A la par florecieron empresas criminales y empresas de la construcción, comerciales y de servicios para clientes de alto consumo. Destacan fraccionamientos y construcciones para altos ingresos, corredor de distribuidores de autos, cadenas de boutiques y tiendas de artículos personales para élites, clubes y centros de recreo exclusivos. ¿De dónde salió todo esa capitalización y consumo de lujo? Nuestra agricultura de exportación tuvo un buen momento, pero ahora tiene años dando traspiés y la industria nunca dio el salto que reclamaba nuestro desarrollo. Hubo renglones de la economía ilícitos que se registraban en nuestra Balanza de Pagos Internacional como Errores y Omisiones. Un renglón tímido en los años setenta del siglo pasado. Ahora nos dicen que el valor de esas actividades puede llegar a los 35 mil millones de pesos. Y de paso se calcula que el daño que provocó a los mexicanos en 2025 fue de 267.3 mil millones de pesos, unos 6 mil 130 pesos por cada uno de nosotros. Por las mujeres sinaloenses, por la niñez y juventud nuestras, revisemos la estrategia contra la seguridad y detengamos el modelo económico que hizo posible esta tragedia que vivimos. Vale.
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