Mientras los aspirantes a la gubernatura de Sinaloa ya se miden la silla, el estado desciende peligrosamente por una escalera inversa. Cada nueva administración, sin importar el color de sus siglas, ha perfeccionado el arte de entregarnos una entidad con más carencias y menos futuro. No se trata solo de nombres; se trata de una inercia destructiva que ha convertido nuestras instituciones en un pantano. Si no cambiamos el proceso de elección por un Centro de Inteligencia Cívico-Político, seguiremos eligiendo administradores de la decadencia en lugar de arquitectos de la prosperidad.
Ya hay quienes se creen merecedores de la gubernatura, pero carecen de la estatura para revertir el proceso destructivo al que los gobernadores anteriores lo han llevado. Sin distinción de siglas, cada nueva administración deja a la entidad con nuevos y más problemas, con nuevas y más adversidades.
El próximo gobernador no debe salir de la manera inercial en el que se elige al candidato, sino dentro de un proceso centrado en definir las características de gobierno que Sinaloa necesita para revertir la pobreza, la mendicidad, el anarquismo y el cierre de empresas.
Necesitamos un gobierno que convierta sus déficits en superávits mediante la capitalización de los factores de la producción. Un gobierno que no solo administre la crisis, sino que direccione a Sinaloa del cuadrante de la pobreza al de la prosperidad.
Antes que “destapar al tapado”, Sinaloa necesita un Centro de Inteligencia Cívico-Político, sin siglas partidistas, con independencia orgánica y financiera, capacidad de diagnósticos multidimensionales, capacidad para definir al candidato virtuoso e identificar el eslabonamiento económico-social, y que a su vez sea un observatorio legislativo en defensa del federalismo y autonomía técnica para vacunar a la opinión pública de la demagogia.
Es desde la sociedad donde debemos definir las interacciones sociales, económicas y territoriales necesarias. Solo así podrá surgir no solo el ciudadano virtuoso que merece ser el titular del Ejecutivo, sino los líderes que la entidad necesita para ser libre, soberana e independiente.
Al 3 de marzo de 2026, nuestra Constitución ha sido modificada 857 veces, y no para hacernos una nación más democrática, sino para agravarnos en aguas pantanosas. Es momento de demostrarle a la nación que el problema no está en la sociedad, sino en la manera destructiva en que se manejan las instituciones.
Basta de inercias. Antes de buscar al próximo nombre, busquemos la inteligencia para no seguir bajando el siguiente escalón.
Y concluyo. “Antes que destapar al ‘tapado’, definamos el gobierno que merecemos.”

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