Como producto de entretenimiento, la franquicia de Star Wars está acorralada por una eterna dualidad de ser amada u odiada por el público (esto último incluso por sus propios fans declarados).

Entre hechiceros cósmicos, sables de luz y naves espaciales, se podrían desarrollar horas enteras de análisis sobre la riqueza de su universo narrativo y sus incontables personajes y eventos importantes.

Pero existe un aspecto en específico que pocas veces es traído a discusión. Y es que al eliminar a los Jedi y los Sith de la ecuación, Star Wars se deja ver como una cruda distopía cuyas inspiraciones en el fascismo italiano no se limitan solo a la estética del Imperio o la Primera Orden.

La serie de «Andor» nos presenta el día a día no solo de su protagonista (Diego Luna), sino de toda la maquinaria burocrática, política y bélica detrás del conflicto entre los rebeldes y las fuerzas imperiales, así como las consecuencias psicológicas entre miembros de ambos bandos.

Solo dos temporadas han sido necesarias para crear el que posiblemente sea uno de los estudios revolucionarios más completos que se hayan realizado en la ficción del siglo XXI.

El guionista, director y productor Tony Gilroy construyó a través de Cassian Andor el relato de un joven enojado con el sistema y la vida misma que pasa de ser un eslabón menor a uno de los engranajes principales en la rebelión, seguido de Syril Karn funcionario burocrático de la Oficina Imperial de Estándares del Imperio Galáctico, quien se presenta como uno de los principales antagonistas de la historia.

Como ejemplo, el episodio 8 de la primera temporada se centra en Narkina 5, una suerte de colonia penitenciaria dónde Cassian se encuentra en una competencia constante contra los otros prisioneros para sostener ritmo en el ensamblaje de maquinaria para el Imperio, lo que genera una obsesión entre los reclusos por mantener sus labores de forma impecable.

Gilroy pone rostro nombre y apellidos a las fueras tiránicas del Imperio, quienes ejercen detenciones deportaciones aleatorias, caprichosos aumentos de impuestos con exención en ordenes de trabajo y la presencia de fuerzas militares que expanden una cultura de miedo y represión de la libre expresión.

Si todo lo anterior suena familiar, esa es precisamente la intención. «La libertad es una idea pura. Ocurre espontáneamente y sin instrucción. La tiranía requiere de esfuerzo constante. Se rompe. Se escurre. La autoridad es frágil. La opresión es la máscara del miedo. Recuerden», señala uno de los más jóvenes de la rebelión en un discurso que, bajo el clima político actual, no habría sorpresa si nos vemos obligados a proclamar. Esperemos que no.

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