La esperanza de mejorar pataleaba
entre el polvo y la necesidad.
Miguel Ángel Ramírez Jardines
Sobrevivir para vendedores ambulantes y tiangueros no ha sido cosa fácil. Dos pruebas demoledoras en lo que va de la presente década hablan de la capacidad para capotear las crisis y contar: aquí estamos, no nos rendimos y queremos salir adelante. El año de 2020 arrancó con la noticia de que en un hotel de la ciudad de Culiacán estaban el trabajador de una embotelladora contagiado con el Covid-19. Primero nos generó curiosidad, hasta turismo de chismorreo hacíamos para visitar las inmediaciones donde estaban hospedados aquellos personajes contagiados, con la malsana intención de verlos. No imaginamos entonces las consecuencias que el fenómeno traería para la región y para el mundo.
Desde ese infausto año la pandemia nos obligó a la confinación de gran parte de la sociedad, sólo se autorizó a continuar laborando a quienes trabajaban en actividades consideradas esenciales: policía, hospitales, productores de alimentos, entre otros. Como más del 50 por ciento de la población económicamente activa (PEA) de México están empleados de manera informal, sin las prestaciones de ley, una situación como la que vivimos durante la pandemia los golpeó de manera muy severa. Confinados con sus familias y sin ingresos vivieron meses desesperantes. ¿Cómo sobrevivieron? Son historias que aún deben ser rescatadas como ejemplo de resiliencia de los pobres de este país ante crisis tan profundas como la del Covid-19.
Cuando bajó el número de casos de enfermos y de muertes por la pandemia, todos creímos que por más doloroso que hayan sido poco más de dos años, volveríamos a la calle, al trabajo productivo, a ganarnos el pan para que la familia pueda salir adelante y el país alcance las metas propuestas. En 2023 y 2024 soñamos con regresar en crecimiento de la economía al nivel que teníamos en 2019, antes de la crisis. Casi se alcanzaba esa meta cuando se atraviesa una nueva crisis que pone de cabeza el funcionamiento de la sociedad en esta región del país. Apenas despuntaba el mes de septiembre cuando el mundo se nos viene encima de nuevo. No era el avance de una nueva enfermedad que azotara Sinaloa o a México, es algo peor: la profundización de la violencia que ya conocíamos desde décadas atrás y que ha sacudido, como nunca desde los tiempos de la Revolución, a nuestra sociedad.
Ambas crisis obligan a vivir con el Jesús en la boca, al confinamiento y al cambio de hábitos, incluidos el de las jornadas de trabajo y la vida en la calle, sobre todo la nocturna. La violencia obliga al cierre de negocios, al cambio de horarios que también implica pérdida de empleos y una caída en los ingresos de muchas personas y familias. Y quienes viven del comercio ambulante en el centro histórico de Culiacán y en su periferia, particularmente los tiangueros se quejan cotidianamente de una caída en picada de sus ventas e ingresos. Los vendedores ambulantes comentan que desde el año anterior habían retirado sus puestos de venta la mitad de sus agremiados y que desesperados por la falta de ingresos algunos de esos ausentes intentan regresar ahora sin mucha fortuna.
Los tiangueros de la avenida Nakayama en la colonia Guadalupe Victoria nos invitaron a visitarlos. Estuvimos con ellos. Eran las once y cuarto de la mañana y estaban en plena retirada, pues las escasas ventas se agotaron a hora temprana. Antes de la crisis la historia fue otra.
Tiangueros y vendedores ambulantes plantean que la Comisión Estatal de los Derechos Humanos (CEDH) medie ante el H. Ayuntamiento de Culiacán, con el fin de abrir un diálogo para tratar los siguientes puntos: 1.-Exoneración del cobro de derecho de piso durante el tiempo en que la crisis actual impida la regularización de las ventas; 2.-Un apoyo de sobrevivencia desde el H. Ayuntamiento y/o del Gobierno del Estado, para no caer en el cierre de los puestos de venta. En el caso de los tiangueros, solicitan que en los días y lugares donde funcionan los tianguis el H. Ayuntamiento lleve los módulos donde los ciudadanos puedan cubrir los diferentes pagos y gestiones que normalmente se hacen en las oficinas centrales del Gobierno Municipal, pues ello ayudaría a la asistencia potencial de más clientes.
La primera conclusión ante la situación preocupante de vendedores ambulantes y tiangueros es que dejarlos morir solos con sus problemas existenciales a cuestas, es una irresponsabilidad social. Y una incongruencia de parte de un gobierno que se reivindica como democrático y para el pueblo. No se necesita ser economista ni especialista en termas como los abordados para terminar coincidiendo con las demandas de estos dos sectores. Siempre será preferible la búsqueda de salidas a los problemas de amplios sectores sociales, que dejar pasar las cosas y luego cosechar las consecuencias que atizan más desigualdades sociales, exclusiones y la indeseada violencia.
La CEDH hará lo que está en sus manos hacer: la búsqueda del diálogo entre vendedores ambulantes y tiangueros, y la necesaria mediación para encontrar los acuerdos y la conciliación que dé oxígeno a la actividad comercial de estos comerciantes en pequeño y lleve un alivio a la maltrecha economía de las familias que viven de este renglón económico. Por fortuna hay algunas que nos llevan a alimentar la esperanza: Tlaloc y Coltzin nos han obsequiado una temporada de lluvias alentadora que lleva a sacar cuentas positivas para el próximo ciclo agrícola, ese que hace el gran derrame de ingresos en Sinaloa, incluyendo la intención desde el Gobierno de un apoyo más decidido a los productores de alimentos en el campo. Ojalá todo ello se vea bañado por una política pública de apoyo a sectores del comercio informal para que no perezcan en su intento de sobrevivir y aportar, como lo han hecho siempre, a la riqueza regional. Vale.
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