Recuerdo que en su momento la escena me impactó. Vi el brillo del televisor (2024) estaba siendo catalogada como la mejor película de terror de la temporada, y aunque yo esperaba grandes sustos más bien me encontré con una historia sobre dos chicos que se reunían los sábados por la noche para ver un programa televisivo mezcla de Buffy, la cazavampiros y Las aventuras de Pete & Pete, llamado El Rosa Opaco. En el momento mencionado los dos protagonistas, chico y chica, están sentados en un bar de carretera americano, hablando, hasta que la chica interrumpe la plática y empieza a preguntar:
—Escucha, creerás que estoy loca. Pero cuando recuerdas El Rosa Opaco, cuando recuerdas verlo en mi sótano las noches de 10:30 a 11, no te sientes, ¿confundido? Y que tal vez el recuerdo no está bien. Que sientes que el tiempo no se mueve normal, como si estuviera descontrolado. ¿No sientes como si narraras tu propia vida, viéndola correr frente a ti como un episodio de televisión? ¿O te cuesta trabajo distinguir entre lo que pasó en el show, y lo que pasó en la realidad? Como si los recuerdos se mezclaran, sacudidos en tu cabeza, como bola de nieve. Quiero ser clara, sin alarmarte. No puedes decirle a nadie, no como la otra vez, promételo. Vine desde muy lejos para verte y para pedirte esto.
—¿Maddy, quieres decirme dónde estuviste todo este tiempo? —le pregunta el otro personaje, perplejo.
—Es lo que intento hacer. Estaba ahí, en el programa, en el Rosa Opaco.
En ese momento una guitarra eléctrica empieza a interpretar una pesada melodía atmosférica. Yo me quedé congelado porque, ¿quién no querría saber que forma parte de una ficción más grande e importante que su propia vida? En especial, pertenecer a una historia que uno disfrutó tanto de joven y que se volvió un refugio contra las incomprensibles calamidades de la vida. Por ejemplo, yo de niño adoraba vivir en mundos de fantasía ajenos, ya fuera el Japón de Card Captors Sakura, o el Maine de las novelas de Stephen King. Estos mundos tenían algo de pesadilla, estaban llenos de amenazas, y aun así quería verme rodeado por ellos.
La primera leyenda urbana que conocí (gracias a mi tía Silvia Díaz del Guante) fue la clásica historia de la chica que es recogida por un taxista en la orilla de una carretera. La chica le pide al conductor que la deje en un lugar desconocido, y que la espere en lo que sale con el dinero; eventualmente el taxista se desespera e ingresa a investigar. El lugar siempre acaba siendo un cementerio o la casa de los padres, quienes le dicen que la chica falleció hacía mucho tiempo en algún accidente. En aquel momento imaginé el cementerio municipal de Culiacán. Pero con los años aprendería que de esta historia hay muchas variantes en el mundo; es como esa otra leyenda, en muchos cementerios, sobre que en la tumba de un niño se pueden pedir deseos dejando un juguete sobre la lápida. Esas historias me atraían, pero también me perturbaban. Y es que en aquella época anterior al internet, la manera en que estas historias se distribuían y se compartían era muy variada. Recuerdo que cuando mis padres me compraron una computadora, una de las primeras cosas que hice fue buscar comunidades que se enfocaban en guardarlas y reproducirlas. En una ocasión acabé en un foro extraño, ya no recuerdo de qué, en el que un hombre nos dijo que había matado a un cachorro y que, justo mientras hablaba con nosotros, esperaba que saliera del horno.
Hoy en día la mayor cantidad de leyendas urbanas que conozco han tomado la forma de textos o imágenes que encuentro en internet. Antes de que existieran foros que las catalogan y administran sus posibles variables, también ya existían las cadenas de correo que te contaban la historia de una maldición y que si no lo reenviabas tendrías problemas durante siete o quince años. En ese aspecto creo que la aparición sutil de creepypastas, no sé cuál habrá sido la primera, escaló y perfeccionó el método de contagio: disfrutabas del miedo sin necesitar de estar amenazado, y si las copiabas a tus amigos, de ahí el nombre, es porque querías que compartieran la experiencia no para condenarlos como la chica que copia la videocinta maldita en Ringu (1988). Pero además iba más allá: no eran puro texto, a veces también están conformadas por imágenes, como el Calamardo al que le sangran los ojos, o como las fotografías manipuladas como aquellas de niños en las que se agrega de fondo a Slenderman.
Creo que una característica de las leyendas urbanas previas al internet es que suplían el trabajo de una gárgola en una iglesia gótica. Atemorizaban y advertían sobre lo que puede ocurrir si le das raite a la chica bien vestida a la orilla de la carretera, o si el pretendiente que te tiende la mano tiene pezuñas de diablo saliendo de su pantalón. Pero es que las leyendas muchas veces parten de la realidad, sólo que nunca sabemos en qué momento la verdad histórica quedó cubierta por la verdad ficcional: tomemos por ejemplo al doctor Fausto. Nosotros lo conocemos por ser el protagonista de Fausto. Tragedia en dos partes del poeta alemán Johann Wolfgang Goethe, en la que Fausto es un hombre que compromete, mediante contrato, su alma inmortal por el conocimiento de todo lo que estructura al universo (macrocosmos) y a los hombres (microcosmo), siendo en ese aspecto el héroe romántico por esencia, y es por esa razón, seguro, por la que al final es redimido y salvado al final del libro; pero antes de eso, Christopher Marlowe, un dramaturgo inglés, ya había escrito su propia versión de Fausto en el que éste es más un megalómano y Mefistófeles, un diablo triste que lo acompaña hasta el día que Lucifer regresa por el alma de Fausto y despedaza su cuerpo físico. Esto es curioso porque Marlowe se basó en lo que estudiosamente se conoce como La Historia del Dr. Johann Fausto, de autor anónimo, un documento que reunía leyendas y decires, de lo que fue la vida de John George Faust, el cual busca ser un manual religioso, y calvinista, para disuadir a los jóvenes de no tomar demasiado en serio el camino del conocimiento so pena de acabar destazado por demonios. Es decir, sabemos de Fausto por algo similar a protofanfictions que están basados en protocreepypastas de un personaje histórico que, muy probablemente, nunca hizo ningún pacto con un demonio llamado Mefistófeles.
Porque, además, la primera mención de dicho demonio es un grimorio que se le atribuye al célebre Doctor Fausto, pero que no se sabe si pudo haber sido falsificado de manera posterior a su muerte.
Entonces una persona real se vuelve una historia, y luego la historia afecta la manera en que vemos a la Historia. En ese aspecto las creepypastas tienen un fundamento similar: crean una historia que modifica la lista de eventos canónicos de un personaje, o que denuncia una presunta modificación a lo que se creía estable. Por ejemplo, el texto que narra un supuesto episodio perdido de Los Simpsons, en el que Bart muere. Pero van más allá, no todo es cultura popular: está la creepypasta de los soldados de la Rusia Soviética que capturaron a un ser, con morfología de ángel, que afirmaba ser Dios mismo, para luego ejecutarlo. Entonces, las creepys parecen diluir los límites entre la ficción y la realidad. Como contaba Borges en Del Rigor en la Ciencia: “En aquel tiempo, el Arte de la Cartografía logró tal perfección que el mapa de una provincia ocupaba toda una ciudad, y el mapa del imperio toda una provincia. Con el tiempo, estos mapas desmesurados no satisficieron y los colegios de cartógrafos levantaron un mapa del imperio, que tenía el tamaño del imperio y coincidía puntualmente con él”. Otro ejemplo de esto son los viejos mapas de los marineros que ponían serpientes marinas, o pulpos, ahí donde habían tenido supuestos accidentes con criaturas sobrenaturales.
Pero nadie tiene poder sobre las creepypastas. Hace unos meses, con la aparición de la película de Backrooms, la productora A24 empezó a denunciar todas las publicaciones de usuarios de la red que utilizaban iconografía de estos espacios liminales, como diciendo que ellos tenían la propiedad intelectual del concepto. Pero no era así. Igual que un meme, los backrooms son una idea que se replica y se multiplica de maneras que sólo la imaginación humana puede ir intuyendo. Luego como otra variante de creepypastas, durante la pandemia, llegarían los testimonios de viajeros en el tiempo. Es el caso de Javier, con el usuario @unicosobreviviente, quien era un hombre español que afirmaba haber despertado en 2027, en una Valencia que estaba desierta por completo, en la que él era el único ser humano vivo. Decía estar en febrero del año 2027. Con el tiempo se fue relacionando con otras personas que vivían en ese mundo postapocalíptico.
Y es que las creepypastas incluso pueden salir de la ficción del monitor e irrumpir en la vida cotidiana: el 31 de mayo de 2014, las adolescentes Anissa Weier y Morgan Geyser convencieron a su amiga Payton Leutner de ingresar a un área boscosa de Wisconsin. La niña no iba muy convencida pero entró con ellas. Ahí la atacaron con 19 puñaladas. Este acontecimiento jurídico que en el internet se ha dado a llamar el Caso Slenderman, fue publicitado porque Leutner consiguió arrastrarse hacia una carretera, donde la encontraron y la llevaron hacia un hospital. El abogado de Weier declaró que Anissa había perdido contacto con la realidad, ya que estaba bajo las órdenes de un trastorno delirante; porque la promesa, constatada en las actas de la investigación judicial, es que después de asesinar a Leutner, Weier y Geyser se convertirían en proxies de Slender Man y ascenderían para vivir en su mansión en quién sabe qué lugar.
Repasando el libro de Cypherpunks de Julian Assange me encuentro una cita aislada que capta mi atención: “Si observas internet desde la perspectiva de las personas que están en el poder, entonces los últimos años han sido aterradores. Ven internet como una enfermedad que afecta a su capacidad de definir la realidad, de definir lo que está pasando, lo cual se utiliza a posteriori para fijar lo que la gente sabe acerca de lo que está pasando y su capacidad para interactuar con ello”. Las líneas entre lo que ocurrió y lo que podría haber ocurrido se vuelven borrosas, y para los poderes políticos esto suele ser un problema: he ahí el ejemplo del cineasta checo Jan Švankmajer, que al grabar un cortometraje/adaptación/protocreepypasta de El castillo de Otranto contrató a presentadores de noticias locales de Praga como actores, para que fingieran que la historia de ficción era una investigación real. Claro que a las autoridades de República Checa no les emocionó la idea porque la televisión estaba concesionada al Estado stalinista, y le prohibieron filmar durante siete años.
La directora de la película del brillo en el televisor, Jane Schoenbrun, tiene dos películas más con la misma temática. La primera es un documental armado con clips de internet sobre el caso de Slenderman, titulado Una alucinación auto inducida (2018); pero también una película independiente titulada Todos vamos a la feria del mundo (2021). Realizada con dos pesos, como dice un amigo sobre filmaciones independientes, la película mezclaba videos de influencers del internet alrededor del caso de una adolescente llamada Casey, quien ha decidido aceptar el challenge de la Feria Mundial, un juego de rol en línea en el que se cumplían ciertos rituales y se grababan los avances del estado mental de los siguientes días, sin que el juego tuviera un objetivo específico. Nosotros como espectadores vemos los videos que Casey va grabando, sin tener mucha idea de si la chica está fingiendo o si está enloqueciendo realmente.
Con el tiempo se comunica con JLB, un usuario que era una suerte de figura enigmática en dicha tendencia. JLB resulta ser un hombre adulto. No piensen mal (aún). Casey continúa informándole sobre lo que va sintiendo o pensando, hasta que JLB teme que esté perdiendo cualquier contacto con la realidad, y en ese momento Casey lo acusa de probable pedofilia o comportamientos inapropiados con una menor de edad, y deja de responderle. La película termina con una filmación de JLB en la que cuenta que con el tiempo recuperó comunicación con Casey, quien le dijo que tuvo un brote psicótico y que fue internada en una clínica. Luego quedaron de verse en Nueva York.
—Intercambiamos mensajes por un tiempo —comenta el personaje de JLB ante la cámara—. Me dijo su nombre real, yo le dije el mío. Me dijo que estaba empezando un programa de teatro en la ciudad esa primavera. Nos encontramos por un café en Manhattan y finalmente ella vio mi cara por primera vez. Hicimos la pequeña charla incómoda. Creo que ambos nos sentimos raros sentados allí, en realidad uno frente al otro después de todo este tiempo, como si ambos tuviéramos tanto que decir, simplemente no sabíamos por dónde empezar. Después caminamos juntos por la parte alta de la ciudad, ella hacia el metro, yo hacia el ferrocarril de Long Island. Y sólo fue afuera del metro que finalmente me armé de valor para preguntarle sobre esa noche. Antes de que pudiera sacar la pregunta completa, ella me cortó. Se disculpó por las cosas que dijo esa noche. Le dije que estaba bien. (…) Y luego no dijo nada durante mucho tiempo. Pero cuando volvió a hablar era como que sabía que estaba a punto de decir algo que no debía: “Esa noche llegué ahí. Sé que suena loco, pero es cierto. Llegué ahí. Al planetario a través de las multitudes, en el corazón de la Feria. Pero algo me trajo de vuelta. No sé qué fue”. Así que le dije cómo me había quedado toda la noche hasta el amanecer con las manos en la pantalla del ordenador, y cómo había rezado por ella. “Lo sé, lo sentí”.
Estoy buscando un cierre para el ensayo y me topo con una publicación de El Universal en redes sociales: este año han aumentado los avistamientos del Monstruo del Lago Ness, en Escocia. Pero es sólo una imagen, no hay noticia que reúna videos o fotografías de lo que se le atribuye, ¿una fake news? Una historia así abre la puerta a un mundo espeluznante, pero con reglas y mitologías claras. Y quizá eso sea lo que lo vuelve seguro frente a una realidad incierta, aunque mantener ese refugio también exija un sacrificio. Como si dijera que no existen los espacios completamente seguros, que hasta los refugios pueden ejercer su propia violencia.
En ese aspecto, es posible que el título de la película de Jane Schoenbrun esté mal: no es que vamos a la Feria Mundial. Es que tenemos mucho tiempo viviendo en ella.

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