No sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo,
si somos la misma cosa/ yo,/ tú.
Nicolás Guillén

La crisis que vivimos nos obliga a ver con mucha claridad qué terreno pisamos. Y no es para menos, pues más de 19 meses de crisis no admite engaños. Precisemos primero el tamaño de la crisis que se vive en varias regiones del país, en especial en Sinaloa. Sabemos que no apareció por generación espontánea hace poco más de año y medio. Los elementos centrales de la inseguridad fueron incubados en los lejanos desplazamientos a que obligó la construcción de presas para riego y las diásporas que parieron las actividades relacionadas con la siembra, cultivo y tráfico de drogas. Es una historia que nos habla de los años cuarenta del siglo pasado, pero con expresiones concretas que dejaron huellas en distintas épocas desde entonces.

La situación vivida nos impuso momentos en que centenares y a veces miles de familias se vieron en la necesidad de dejar lugar de origen, querencia, bienes y las coordenadas donde descansan sus mayores. No faltaron ocasiones en las que se vivió con el Jesús en la boca, días en que la violencia nos obligó a la confinación en algunas zonas del estado. Son recuerdos amargos, como aquellos difíciles días que van del 1° al 10 de mayo de 2008, en los que la ciudad de Culiacán no pudo festejar el sagrado Día de las Madres. Los fuertes acontecimientos de esos días y el perfil de sus protagonistas no recomendaban salir libremente a la calle, ni abrir las puertas de las plazas comerciales, que permanecieron desoladas los días 9 y 10. El silencio y la tensión fueron la pátina de un Día de las Madres sin el desbocado y alegre ruido de la Banda sinaloense.

A partir del 9 de septiembre surgen o se profundizan algunos elementos que deben estar presentes en todos nuestros análisis, pues sin ellos las decisiones que tomemos para enfrentar la situación que vivimos serán muy deficientes, pues ello nos aleja de la comprensión que exige el entorno que vivimos y de una solución que nos encamine a la postcrisis. Me refiero al confinamiento practicado en diversos momentos, a la clausura total y luego parcial de la actividad económica nocturna y al entretenimiento practicado por quienes tienen vocación de nictálopes. Culiacán era una urbe que no dormía antes de la crisis de seguridad, pero la crisis obligó a replantear hábitos y prácticas empresariales.

En los primeros meses de la crisis, la cancelación de una infinidad de eventos sociales como bodas, quinceaños y graduaciones escolares dio un vuelco a la vida nocturna y un revés a la inversión en negocios de diversión y entretenimiento. No sólo modificamos hábitos nocturnos, por un buen tiempo la asistencia a los parques y áreas de uso común ha sido extremadamente tímida, lo que nos lleva a pasar mayor tiempo en nuestros hogares, sin que contemos con programas oficiales que fortalezcan la vida familiar, alimenten el perfil educativo y las capacidades productivas.

Hay un elemento que sin ser propiamente nuevo, sí destaca en la crisis de seguridad presente: la cuota negativa que llevan los agentes de policía de las diferentes corporaciones. Y que debe dimensionarse en toda su magnitud. En los momentos críticos anteriores se han perdido vidas de policías, pero en la coyuntura que vivimos la cifra rebasa los 90 casos. El número no sólo impacta en la sociedad, sino al interior de las corporaciones: hay un fuerte déficit de elementos policiales, pues las campañas de reclutamiento y las prestaciones ofrecidas no alcanzan a superar los riesgos.

La Comisión Estatal de los Derechos Humanos hizo llegar de manera temprana en esta crisis tres medidas cautelares, que consisten en, a)cuando la ciudadanía demande la presencia policial, que asistan al menos dos patrullas; b)que el arma oficial de cargo permanezca en manos de los agentes de policía en sus horas de descanso; y, c)al final de la jornada de trabajo los policías deben ser trasladados a sus casas por el turno que le sigue. A pesar de la pérdida de un número muy alto de agentes de seguridad la respuesta de las autoridades a nuestras propuestas de protección no ha tenido ni la sensibilidad ni la preocupación esperada.

¿Debe revisarse la estrategia de seguridad ahora? Sí. Las fallas están a la vista y podemos palparlas sin mayores complicaciones. Nos referimos a que hay un sacrificio creciente y permanente de los agentes encargados de cuidarnos, sin que las medidas aplicadas hasta ahora puedan evitarlo; lo mismo es aplicable a la vulnerabilidad de las mujeres en el entorno presente. Lo que sucedió recientemente a cuatro mujeres por la calle Hidalgo en las inmediaciones del Mercadito Rafael Buelna, nos deja en la perplejidad: en los momentos en que eran agredidas el patrullaje y la vigilancia de las diferentes corporaciones estaba presente en la ciudad y en la zona en que fueron asesinadas esas mujeres. Aun así, ¿dónde quedó el agresor? Urge revisar el a, b, c, de la estrategia de seguridad. Vale.

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