Me siento ante la página en blanco y pienso qué ideas estuvieron presentes la primera vez que fui a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y cómo se relacionan con las que tengo en esta segunda vez. Noto que la página en blanco me devuelve ideas recurrentes y puntos de fuga. En el 2022 visité por primera vez la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y me perdí en su inmensidad disfrutando de cada pasillo, cada libro y cada descubrimiento y me pregunto si es posible que pase algo diferente que sea propenso a ser narrado.
Inmediatamente encuentro al respuesta, en el 2025 llegué con otra mirada, con el conocimiento de las cosas nuevas que quería ver y por primera vez, a hacer una cobertura como prensa. Y aunque le dediqué mucha preparación previa, me sorprendí desde el principio y no por las razones que esperaba.
Una zambullida familiar
Una parte importante de mi planeación era comprender mejor el mapa de la feria, al ser un territorio tan vasto, y al que asistieron casi 1 millón de personas en un lapso de 9 días, pensé que era probable perderme, así que había que hacer base. Por eso mi primera parada fue en el stand de editorial Sexto Piso con Rafa, con quien durante años hemos construido una amistad de ferias, libros y risas. Él me ayudó a llegar al primer stand que tenía que visitar pues había programado una entrevista con Micheliny Verunschk en torno a su primer libro publicado con Elefanta Editorial.
Aprovecho para poner una idea en la mesa: esta no es una crónica de esas nueve entrevistas que hice en menos de tres días en la FIL para mi proyecto de Bibliófago, aunque conocí a personas que admiro, entrevisté a seres misteriosos y conocí propuestas impactantes esas voces serán compartidas fuera de este texto. Sin embargo, como fueron parte central en mi agenda, puede que se vuelvan a aparecer por aquí abajo.
En el stand que se alojaba a Elefanta Editorial, Rafa me presentó con otros seres que habitan las ferias, libreros que se conocen de toda la vida y cómo mercaderes trashumantes van de ciudad en ciudad montando y desmontando libros para que las personas ávidas de nuevos objetos rectangulares, pesados y frondosos puedan volver a acariciar las superficies lisas o rugosas, sucias o asépticas, opacas o relucientes.
Como un habitante eventual de las ferias, me sentí apapachado cuando alguno de los personajes extendió una bolsa. Era muy temprano por la mañana, y los trabajadores de la feria comparten viandas y este día, por primera vez en este viaje, me sentí parte de esos trabajadores. Me comí con una gran sonrisa y un profundo agradecimiento un pan cubierto de chocolate que hizo de desayuno ese día.
La significación de la mirada
En la FIL es factible encontrar amistades esperadas e inesperadas. En esta edición logré ambas y con creces. Luego de un puñado de entrevistas me acerqué a un stand donde Daniel Rudas, un amigo antropólogo, participaba de una presentación del libro “Resistir con la memoria: Voces indígenas ch’olob y yokot’anob en la universidad“ que coordinó Dafne Rodríguez González.
Al estar rondando por donde sería la presentación me encontré inesperadamente con mi amiga Diany de Tamulté de las Sabanas, Tabasco, pues su voz también resiste con la memoria en el libro al que yo iba a escuchar que se presente, y a la cuál vería solo tres días después en Mérida por lo que mi reacción fue de risa junto con la frase “no esperaba verte por aquí”.
Al inicio de la presentación, Dafne, quien coordinó el libro, se conmovió mucho pues lograr que una feria tan grande albergue voces de los pueblos originarios es un gran reto. Su osadía provocó que durante esa presentación se escucharan las voces Yokot’anob y ch’olob que acudieron a la feria a presentarse. En los pasillos pude ver algunas miradas extrañadas; probablemente quienes habitamos las ferias del libro tendríamos que acostumbrarnos a una pluralidad de lenguas mucho mas vasta aún que las hileras infinitas de estantes que sostienen a los deseados objetos literarios.
Hay muchas cosas que espero de una feria del libro, pero definitivamente conmoverme no era algo que estuviera muy arriba en la lista, y sucedió al poder escuchar a Dafne, a Daniel y a Diany. Ojalá esta extrañeza se siga desperdigando para llenar todas las ferias del libro del país y que muchas voces diversas también sean representadas y escuchadas dignamente como sucedió en esta presentación.
Al son que te toquen: conversar es un arte rítmico
En todos los rincones de la feria hay un bullicio, estos galpones inmensos que hospedan a los eventos tan grandes generan una reververación que es difícil de describir, es como estar dentro de un panal que bulle pero en segundo plano. Al parecer, el ruido nos abruma y a la vez no lo escuchamos. Esto provoca que las conversaciones vayan a un ritmo frenético o se pierdan en el aire: no hay puntos medios.
Pero en un rincón que no es para todas las personas que habitan la feria aprendí un paso en el baile de la conversación. Cuando realizo entrevistas suelo ser muy enérgico y me gusta poder acomodar la mayor cantidad de preguntas posibles en la conversación, pero a las personas no siempre nos el baile frenético, a veces necesitamos echarnos un vals.
Como quinceañera, tomé un primer vals dos veces en la feria, en medio de todo el bullicio y las lentejuelas encontré rincones para conversar profundamente con personas que no conocía, aprender de ellas pero también de mi mismo. Esto fue un encuentro totalmente inesperado que, por fortuna, pude grabar en algunos audios. Si a esto le sumas, que algunas de las personas no son hablantes nativas de mi lengua, los retos del bullicio se hacen mayores.
Por fortuna, yo ya me sabía el pasodoble, el mambo, la cumbia y el rock. Con eso me pude armar de unas conversaciones bien bonitas y adaptarme al vals, al chachacha y al ska que escuché a través de la nitidez de unos audífonos pues las voces las capturé en un micrófono para entrevistar que me hacía sentir como un reportero de vieja escuela el cuál, probablemente, soy.
Una estrella en el firmamento literario
Por primera vez asistí a una rueda de prensa con una reconocida autora que generó expectación. Chimamanda Ngozie Adichie es una autora traducida a docenas de idiomas y que llenó la sala de prensa. La autora tomó reparo en contestar todas las preguntas y no escatimó en el tiempo.
Durante una hora contestó una decena de preguntas, que navegaron entre la salud mental, su escritura, los movimientos feministas, la negritud, la moda y la ultraderecha. A caballo, entre Nigeria y Estados Unidos, Chimamanda ve el mundo entre heridas coloniales. Por ello me pareció profundamente relevante que le dedicara tiempo a hablar de la salud mental, de cómo lidió con ella y de cómo afectó su escritura.
La nigeriana relató con total calma sus ritualitos para vivir y poder levantarse al día siguiente. Desde el chocolate hasta el tiempo pasando implacable reveló que tuvieron que transcurrir 10 años para que volviera a publicar ficción, porque su emocionalidad le alejó de esa forma de escritura.
Y aunque atajó con un contundente “el silencio no es la respuesta ante la ultraderecha” no se escapó de la controversia. La conversación con la prensa dejó espacio para que le preguntaran sobre unas declaraciones que han sido cuestionadas desde los movimientos feministas. Las arriesgadas reporteras, que se sentaban junto a mi, preguntaron en inglés sobre lo que recientemente había dicho, y me dejaron pensando en el arrojo necesario para hacer preguntas incómodas, pero también en que ciertos espacios abren diálogo aunque no todo mundo esté dispuesto a tomarlo como propio y hacerse otras preguntas.
Al menos yo, después de escuchar a la autora y a las periodistas, me quedé pensando sobre diversos abordajes narrativos que podríamos seguir discutiendo. Pero una lástima, fallé como reportero al no aventarme una pregunta sobre el tema que me interesaba, y fallé como compañero porque no obtuve el contacto de las compañeras para profundizar sobre los cuestoinamientos que tantos días me han dejado pensando.
Los méritos que nunca le atribuimos a una segunda vez.
Definitivamente una segunda vez no es tan famosa como la primera. No recuerdo la segunda vez que comí una pitahaya, ni la que me puse un paliacate, ni la que manejé solo. La segunda vez suele ser opacada por la cotidianidad, o por su inexistencia.
En este caso la segunda vez fue como descubrir que una isla es un archipiélago, la FIL para mi se convirtió en otra cosa:
- Un lugar seguro donde tengo amistades
- Un universo de libros que nunca soñé y aparecieron mágicamente
- Un nido de conversaciones que jamás creí tener
- Una oportunidad de volver una tercera vez.
Y es que en esta segunda ocasión hasta hice un recorrido guiado para mis amistades Lina Mora y Daniel Rudas, quienes por primera vez visitaban la feria y tenían una lista nada despreciable de 80 libros potencialmente adquiribles. Ante el tumulto que llena la feria prácticamente de principio a fin, optamos por una estrategia de visita madrugadora con una ruta que entrelazara una editorial grande con medianas o pequeñas.
Y es así que me volví aparentemente por primera vez en guía de ferias de libro.
Pero esta historia está lejos de terminar, en mi última actividad en la feria presencie muchísimos abrazos y por primera vez, una fanaticada asistente a una presentación de libro. Y es que pareciera broma, pero en mis dos visitas a la FIL solamente he asistido a tres presentaciones de libro.
Este último paso me hizo descubrir algo maravilloso como escritor, ya se de que va a ser mi tercera crónica de la FIL, porque la siguiente vez que la visite, ardo en deseos de observar, narrar y platicar con los fans que van a ver a su autora favorita a una feria de libros.
@RuloZetaka

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