Orgullosa. Así andaba por la vida cargando su bolso con su mini ‘tacita de té’; la graciosa miniatura apenas asomaba su cabeza al mundo. Admito que la canina se veía tan curiosa con sus dos moños rosas en las orejas que hasta dudé si sería apropiado nombrarla: perra, sonaba fuerte, perrita sería mejor una vez que escuché que su dueña la llamó: bebé. La escena fue de lo más estilosa. Estuve a punto de preguntarle por el nombre de su champú; su pelaje brillaba como el de pocos humanos. Sí, se trataba de la misma perrita a la que le estaban secando el pelo el otro día; la que abandonó el salón con el hocico levantado y una cadena de envidia sostenida por la orgullosa dueña. Ambas avanzaban con una elegancia que costaba creerlo, parecían levitar. A su paso dejaban un aroma que hechizaba a cualquiera. Doblaron en la esquina y las perdí de vista. Yo salí del asombro y viajé a mi infancia, recordé a los animales con los que crecí de niña. Sentí nostalgia, la mona ‘tacita de té’ no se parecía en nada a mis perros. ¿Queríamos menos a las mascotas? NO. No eran nuestros perrijos ni perrermanos ni los traíamos en carriola ni salían con nosotros ni se metían a la casa ni les dábamos juguetes ni helados ni pasteles ni les teníamos su cuenta de Instagram ni les celebrábamos su aniversario… Sí había una vecina que tenía una puerca y le daba paletas de limón en el verano, también le daba chicles de plátano; nos gustaba ver cuando ella le sonaba la envoltura del plástico y la cochi corría por su chicle. Esa vecina era la excéntrica del barrio, pero juro que igual todos los demás queríamos a las mascotas… bueno, luego de ver la escena de la mona ‘tacita de té’, ya lo dudo.
Ahora, cada que las veo juntas y empoderadas protestando por sus derechos con sus atuendos de moda, besando de vez en vez a su bebé y dándole galletitas en la boca, pienso en los perros de mi infancia y sin duda, cualquiera diría que fuimos crueles privándolos de tantas comodidades. Cuando mucho los bañábamos y los pobres titiritaban en busca de sol, pero sí, juro que sí los queríamos, ellos ladraban —cosa que ahora no— y nos movían la cola. Creo que eran felices y no estaban expuestos a los alegatos mediáticos y excesos de hoy.
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