Este domingo se convocó a marchar en Culiacán. Se sumaron organizaciones civiles, políticos, empresarios, gente común, bajo el mismo llamado a la paz. Yo no fui. Lo digo sin culpa y sin orgullo. En la prepa y en la universidad yo era de las que salían a marchar. Salí el 8M cuando apenas éramos diez o doce mujeres en la calle, cuando el feminismo todavía no era estético ni rentable, cuando marchar significaba que te tildaran de izquierdista, de chaira, de exagerada, y que la crítica te la hicieran precisamente quienes hoy encabezan convocatorias como esta. En las fotos y los videos que circularon ese domingo vi caras que nunca vi en una marcha en aquellos años. Gente que entonces se burlaba de nosotras ahora toma el micrófono para hablar de unión.
Y está bien que lo hagan. Marchar es un derecho, lo protegen la libertad de expresión y el derecho de reunión pacífica que reconoce la Constitución, y nadie tiene que pedir permiso ni justificar antigüedad para ejercerlo. No se vuelve menos legítimo por llegar tarde. Lo que no se vale es tomar a un estado que se desangra como escenario para una agenda personal, para quedar bien, para lavar una imagen que en dos años de violencia no se construyó defendiendo a nadie. Lo que no se vale es que uno de los organizadores terminara discutiendo con una madre que sostenía la fotografía de su hijo desaparecido.
El problema es que una parte de quienes hoy se pronuncian contra la gobernanza fallida tiene una idea distorsionada de lo que está pasando en su propio estado. Que el sector empresarial se sume es necesario: sin su participación no hay desarrollo social ni económico real, y son precisamente ellos quienes tienen la capacidad de exigirle al gobierno mejores condiciones para que la inversión llegue y se quede. Pero algunos, no todos, tendrían que vivir más de cerca la realidad de los sinaloenses antes de hablar en su nombre, y soltar la idea de que el pobre es pobre porque quiere, o de que un joven se volvió puntero por decisión propia, como si todos partiéramos del mismo punto de salida. No partimos del mismo punto. No tenemos las mismas posibilidades ni los mismos privilegios, y sostener lo contrario es la manera más cómoda de no tener que cambiar nada de lo propio.
Las madres buscadoras llevan años, no dos, caminando estas mismas calles sin que nadie las convocara, sin misa ni tarima ni vocero, cavando con sus propias manos cuando ninguna autoridad quiso hacerlo. ¿Cuándo se habían pronunciado a su favor quienes hoy toman el micrófono? Esa marcha ya existía antes de que se volviera evento. Lo que cambió este domingo no fue el dolor, que sigue igual de crudo, sino quién decidió aparecer junto a él, y con qué guion.
Que quede claro: no estoy en contra de salir a la calle. Hacer catarsis colectiva tiene valor, exigir lo que hay que exigir tiene valor. Lo que no compro es la narrativa completa, porque el discurso que domina la conversación sigue siendo el mismo de siempre, unos contra otros, fifís contra chairos, como si Sinaloa se resolviera reduciéndola a dos bandos y no a la distancia real que hay entre ellos. En medio de esa pelea, ¿quién queda? Queda la madre con la fotografía. Queda el joven sin oportunidades reales de otra vida. Queda un estado sin liderazgo sólido de ningún lado: ni del gobierno, ni de los empresarios que ahora se sienten con autoridad moral recién estrenada, ni de los organizadores que discuten con las víctimas en plena marcha por la paz.
No obstante, no hay que perder de foco que, el gobierno estatal y federal, es responsable directo de las carencias que hoy se discuten en la calle. Garantizar seguridad, justicia y condiciones mínimas de vida es su obligación, no un favor, y dos años después esa obligación sigue sin cumplirse. Pero en lugar de sostener esa exigencia con claridad, terminamos peleándonos entre nosotros, unos sinaloenses contra otros, mientras la gobernanza que debería estar resolviendo esto no aparece por ningún lado. Es una trampa vieja, divide y vencerás, y funciona precisamente porque mientras discutimos quién tiene más derecho a marchar o hablar, nadie le exige cuentas a quien realmente las debe.

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