Paola Chavely Torres Nahuatlato y Aldo Ortiz Castillo / Periodismo de lo Posible
La Malinche es una de las montañas más importantes del centro del país: se extiende por cinco municipios del estado de Tlaxcala, abastece de agua a buena parte de la región y resguarda una notable biodiversidad. En sus laderas habitan búhos, pájaros carpinteros, coyotes y conejos; también florecen pinos y encinos, especies que conviven con los sembradíos de los pobladores.
Durante generaciones, las comunidades que habitan en la zona tuvieron acceso libre a la montaña para juntar leña, recolectar hongos y plantas medicinales, y cultivar la tierra para el autoconsumo. Ese vínculo se rompió en 1938, cuando la Malinche fue declarada Área Natural Protegida y su cuidado pasó a manos del gobierno, que restringió el ingreso y prohibió cualquier tipo de alteración al ecosistema.
Sin vigilancia cotidiana, la montaña —hogar de árboles de más de veinte metros de altura y hasta cien años de antigüedad— resintió el abandono. La tala clandestina, los incendios forestales y la industrialización de la entidad aceleraron su deterioro, en tanto que las sequías y las altas temperaturas crearon el escenario perfecto para la llegada de una nueva amenaza: la plaga del escarabajo descortezador.
Diana —los nombres fueron cambiados por razones de seguridad—, bióloga nacida en San Pedro Tlalcuapan, en el municipio de Santa Ana Chiautempan en Tlaxcala, recuerda que la plaga irrumpió en su comunidad en 2019. A partir de entonces comenzó una historia de lucha y resistencia para salvar el bosque, proceso que dio origen al Colectivo de Saneamiento y Restauración de la Malintzi Tlalcuapan, del cual forma parte.
Todo comenzó una mañana en la que, mientras recolectaba hongos junto a otros pobladores de la comunidad, notó que los árboles empezaban a perder su color verde y a tornarse marrones. Por su experiencia, identificó que esos cambios eran causados por el escarabajo descortezador. Le pareció extraño; el insecto usualmente no se comportaba de esa forma. No imaginó que estaba por convertirse en una plaga capaz de devastar el bosque.
“Primero fueron cambios muy tenues, muy despacio, y después fueron cambios radicales. Llegamos a subir [a la montaña] y llorar; en los lugares donde había un bosque, luego no había nada”, recuerda.

La montaña de la Malinche,, vista desde el municipio de Ixtenco, en Tlaxcala.
El antiguo guardián
Aunque hoy se le considera un problema, hasta hace unos años los habitantes de las faldas de la Malinche veían al escarabajo descortezador como un guardián del bosque. Al vivir bajo la corteza de los árboles y alimentarse del tejido que transporta agua y nutrientes a toda la planta, cumplía una función natural: debilitar a los ejemplares enfermos para dar paso a nuevos brotes y mantener el equilibrio del ecosistema.
“Los abuelos nos decían que, después del incendio, de que pasaba la chamusquina, los árboles se podían enfermar. Y justo llegaba este escarabajo, mataba el árbol y ya no pasaba a mayores”, recuerda Diana.
La pregunta que en ese momento se hacían los poco más de cuatro mil habitantes de Tlalcuapan, una comunidad nahua que se rige por usos y costumbres, era inevitable: ¿cómo podía un insecto que siempre había formado parte de la Malinche estar acabando con sus árboles? Para Diana, quien ha vivido toda su vida en Tlalcuapan y anteriormente había estudiado el ecosistema de la montaña, la respuesta era clara: el cambio climático alteró el equilibrio natural de la zona y abrió la puerta para que este escarabajo, que prefiere habitar en zonas cálidas, se adaptara y reprodujera sin control.
“Por incendios de más, por debilitar más al suelo, por el exceso de calor, incrementó su población y se convirtió en plaga, pero siempre ha estado [presente]; es parte del ecosistema”.
Las afectaciones, sin embargo, eran cada vez más evidentes. Ya no eran unos cuantos árboles, sino cientos, los que empezaron a adquirir un tono café inconfundible.
Aunque los pobladores no contaban con el respaldo técnico de alguna dependencia, sabían —por el conocimiento transmitido por sus ancestros— que la mejor manera de detener el avance de la plaga era talar de inmediato los árboles infestados. Pero hacerlo no era tan sencillo.
Cuando dieron aviso a las autoridades de Santa Ana Chiautempan, la Coordinación de Ecología municipal les informó que, por tratarse de un Área Natural Protegida, la tala de árboles estaba estrictamente prohibida. Cualquier intervención no autorizada podría acarrear multas de hasta 50 mil pesos o incluso cárcel.
Por ello, los pobladores tuvieron que confiar en que la Secretaría de Medio Ambiente del estado y la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) intervinieran para otorgar los permisos correspondientes. Sin embargo, estos documentos tardaban entre 15 y 30 días en emitirse, tiempo suficiente para que el escarabajo siguiera reproduciéndose.
Eduardo, excomisario ejidal, afirma que la espera les jugó en contra: “Sabíamos que cortar era la única forma de detener [la plaga], pero no podíamos arriesgarnos”.
La comunidad quedó entonces atrapada entre la urgencia de actuar y el temor a las sanciones, viendo cómo el bosque perdía su vitalidad día tras día.
La plaga convertida en negocio
En 2020, las autoridades de Santa Ana Chiautempan anunciaron que comenzarían a trabajar, desde la parte más alta de la Malinche, para combatir la plaga del escarabajo descortezador. Sin embargo, los pobladores notaron algo extraño: las empresas encargadas del saneamiento estaban talando árboles sanos, aquellos que aún podían resistir y contribuir a la regeneración del bosque.
“Lo que no nos gustó es que se estaban llevando árbol verde, no solo el que estaba plagado”, recuerda Eduardo.
Según relata, la Coordinación de Ecología nunca informó a la comunidad de Tlalcuapan sobre la contratación de las empresas —de las que hasta la fecha se desconocen los nombres— ni bajo qué criterios decidían qué árboles derribar.
“Lo lamentable aquí era que la Coordinación de Ecología había hecho trato con estas empresas sin consultar a los dueños [de los predios arbolados], y pues todo el desconocimiento que teníamos hizo que ellos se aprovecharan”.
Misael, poblador de Tlalcuapan e integrante de la Brigada Antiincendios, recuerda que la situación se agravó cuando empezaron a ver camiones cargados con troncos de madera salir de la localidad. “Se estaban llevando la madera de nuestro bosque para comercializarla”.

Zona afectada por el escarabajo descortezador, donde el colectivo lleva a cabo labores de restauración ecológica mediante su reforestación. (Escenario Tlaxcala)
El regreso a la montaña
Para los habitantes de Tlalcuapan, la declaratoria de la Malinche como Área Natural Protegida, hace 87 años, cambió la forma en que habitaban la montaña. Con el tiempo, y con tantas prohibiciones y amenazas de multa o cárcel, esta se convirtió en un elemento más del paisaje.
“Era despertarte y hacer tus cosas cotidianas. Nunca volteabas a ver allá qué hacía falta”, recuerda Teresa, ama de casa y defensora incansable. Asegura que nunca entendió el significado de la “digna rabia” hasta que vio a la Malinche fracturada, irreconocible, saqueada, convertida en un cementerio de árboles; un desierto donde antes había vida.
A fin de cambiar la situación, y ante la impotencia que sentían por la muerte y saqueo de los árboles, Misael y otros pobladores de la comunidad se capacitaron para identificar árboles dañados y detener la reproducción del escarabajo. Junto con Eduardo, Diana y Teresa comenzaron a subir a la montaña para poner en práctica lo aprendido y realizar labores de saneamiento, a las que poco a poco se sumaron otras personas.
Fue así como en 2020 surgió el Colectivo de Saneamiento y Restauración de la Malintzi Tlalcuapan, una organización —conformada entonces por 90 hombres, mujeres e infancias— motivada por el amor y el compromiso hacia la montaña. Entre sus objetivos estaban detener la tala indiscriminada, garantizar el derecho a la consulta a los dueños de los predios, y promover una intervención respetuosa del bosque.
Joaquín, uno de sus integrantes más jóvenes, explica que antes de talar los árboles infectados verifican que no haya ejemplares sanos en las cercanías. Una vez derribados, aplican fumigante y, pasados 15 minutos, cortan el tronco en diferentes tamaños. Al final, retiran la corteza, que se amontona para ser quemada o enterrada. “La idea es también dejar el espacio para que venga la regeneración, o nosotros mismos reforestamos”, acota Diana.
Para Teresa, integrante del colectivo, estas acciones van más allá de la recuperación de un territorio: buscan restablecer un vínculo perdido.
Reconectarse con el bosque
Tlalcuapan perdió en dos años el 80% de su cobertura arbolada —perteneciente al bosque de la Malinche— debido a la plaga del escarabajo descortezador. La burocracia, la lentitud y el desinterés de las autoridades fueron clave en este desenlace.
Para Diana, sin embargo, la plaga tuvo un efecto inesperado: hizo que la comunidad volviera a mirar de frente a la montaña. “Nuevamente, nuestros corazones, nuestras formas de ver, nuestros objetivos, [están] enfocados hacia allá”, coincide Teresa.
Aunque no lograron salvar por completo el bosque, el colectivo consiguió que la comunidad reconociera su valor y la importancia de protegerlo; que dejara de verlo solo como paisaje y se reconectara con él. “Lo único que nos mueve en este momento es la montaña”, asegura Eduardo, excomisario ejidal.
Episodios como la detención de dos de sus integrantes en 2022, Raymundo Cahuantzi y Saúl Rosales (nombres reales), acusados de un delito que no cometieron —el linchamiento de un hombre en abril de ese año—, no hicieron sino reforzar ese sentimiento. Recuperaron su libertad en 2024 y 2025, respectivamente, por falta de pruebas.
Los trabajos para mitigar la plaga continúan, pero hoy la esperanza, la organización y el sentido de pertenencia han regresado a la comunidad de Tlalcuapan. “También hay que agradecerle a ese escarabajo, porque yo estoy en este momento, en esta lucha, [para] defender nuestro territorio”, dice Teresa.
La montaña ha despertado, y con ella, el corazón de los guardianes del bosque.
Esta historia es una versión escrita basada en el pódcast “Tlaxcala: El despertar de los guardianes del bosque”, cuya investigación y guion fueron realizados por el medio Escenario Tlaxcala. Forma parte de la serie “Periodismo de lo Posible: Historias desde los territorios” —proyecto de Quinto Elemento Lab, Redes A. C., Ojo de Agua Comunicación y La Sandía Digital—, que también puede ser escuchada aquí: https://periodismodeloposible.com/.

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