Mely Arellano / Periodismo de lo Posible

El 6 de enero de 2012, un centenar de vecinos de Tlaxcalancingo tomaron el campo Tocala, un predio de siete hectáreas ubicado frente a la Parroquia de San Bernardino de Siena, en el kilómetro 6 de la carretera federal Puebla-Atlixco. Y lanzaron un llamado para que se unieran familiares y amigos en su defensa.

La comunidad nahua de 35 mil habitantes estaba decidida a impedir la expropiación del predio donde realizan sus actividades festivas y religiosas, como la tradicional Feria del Nopal y la fiesta de la Virgen de los Remedios, que se remonta a 1860, cuando cuentan que les hizo el milagro de detener una epidemia de gripe. Para los pobladores, Tocala es un bien comunal, que también utilizan como campo deportivo.

La administración de San Andrés Cholula, municipio conurbado de la capital de Puebla que vive un proceso de gentrificación detonado por la llegada de un mayor número de extranjeros y de alumnos a las universidades privadas de la zona, había donado —sin consultar a la comunidad— el campo Tocala al gobierno del estado para que construyera un Centro de Activación Física y Bienestar, que costaría 90 millones de pesos y sería concesionado durante 30 años a la empresa española República Sana.

“En lugar de nuestro enorme campo y centro de reunión, estarían construyendo un centro deportivo que sería para la gente de Puebla, que tiene auto propio y puede pagar la inscripción a un club de lujo. Esta noticia enojó a la gente porque significaba privatizar el corazón del pueblo”, dice la arquitecta Sonia Chiquito Cuatetl, vecina del lugar.

En respuesta, la población nombró un comité de defensa para impedir que les arrebataran Tocala y evitar la construcción de proyectos ajenos a los intereses de la comunidad. Les preocupaba el antecedente del fraccionamiento de lujo Lomas de Angelópolis, cuyos desarrolladores comenzaron a adquirir, desde 2002, predios en comunidades del municipio mediante prácticas que incluían obligar a los ejidatarios a vender sus tierras a 4 pesos el metro cuadrado.

Tlaxcalancingo fue fundado por xochimilcas en la época precolombina; está dividido en seis barrios y su nombre significa “lugar del venerable pan de maíz”. Aunque han logrado conservar sus formas de organización tradicional, gran parte de los terrenos de la comunidad fueron expropiados en 1992 para la reserva territorial Atlixcáyotl-Quetzalcóatl —sede de centros comerciales, universidades y desarrollos inmobiliarios— y en 1994 para el Anillo Periférico Ecológico. La creciente urbanización también ha afectado sus tierras de cultivo del nopal, que en los últimos años han disminuido de 500 a 20 hectáreas.

Todo pasó muy rápido, recuerda Sonia sobre el proyecto de construir el polideportivo en  Tocala. “Se dio a conocer de un día para otro, ya cuando estaba aprobado y las inversiones millonarias listas, pero así de rápido también, en nuestras calles, mercados y verdulerías, de casa en casa, se corrió la voz y se armó el proceso de resistencia”.

Pascual Aquilino Zonotl Coatl, vecino de Tlaxcalancingo, había visto durante una semana la maquinaria parada frente al predio, pero como él, nadie sospechó nada, hasta que un “ingeniero o arquitecto” pidió, de parte de la presidencia municipal, que abrieran la reja para empezar a trabajar.

Al abogado y defensor de derechos humanos Maurilio Galeote, habitante de la comunidad, le llamaron por teléfono ese enero de 2012 para decirle: “Vente para acá porque están llegando patrullas, están acordonando el terreno Tocala”.

Campo de béisbol en Tocala. Al fondo, la Parroquia de San Bernardino de Siena, en Tlaxcalancingo. (Cholollan Radio)

En la mira de empresas y gobiernos

En Tlaxcalancingo, una de las siete comunidades de San Andrés Cholula, aún hay cerros y zonas arboladas. Está custodiada por volcanes: al poniente, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, y al norte la Malinche. Su tierra es fértil, con cultivos de nopal y maíz, alimentados por el agua de la cuenca del Alto Atoyac y de la lluvia que recarga los acuíferos de la zona.

“Esta agua es una bendición, pero defenderla ha sido un reto porque desde hace 30 años nos miran con envidia las empresas y los gobiernos, que constantemente amenazan nuestro territorio y nuestra forma de vida”, dice Sonia, actualmente integrante del Comité de la Consulta Indígena de Tlaxcalancingo.

Los gobiernos municipales y estatales han querido imponer un modelo de desarrollo al que los habitantes originarios se oponen porque significa apropiarse de sus recursos naturales. Su defensa del territorio —Tlaxcalancingo es conocido “porque no se vende, no se calla y no claudica”— les ha dejado grandes lecciones de lucha y organización, como la que vivieron en 2012.

Poco a poco, ese 6 de enero la gente comenzó a llegar al campo, alertada por los mensajes, las llamadas, la radio comunitaria y las campanadas de la iglesia que repicaban en señal de emergencia, porque había un fuerte rumor de que en cualquier momento arribaría el entonces gobernador Rafael Moreno Valle para colocar la primera piedra del proyecto.

“Les pedimos aguantar aquí un buen rato, quizás más de medio día, y si efectivamente llegan y colocan la primera piedra, pues ya tenemos un plan de acción que ejecutar, esperamos contar con su apoyo”, decía el activista Teódulo Cuaya a los cientos de personas reunidas, y a las que seguían llegando.

Otra vecina, Bárbara Elías, danzante y reconocida por su liderazgo entre la población, recuerda “que estaba toda mi familia aquí en la casa, partiendo la rosca, y pues nos llegó una llamada anónima para avisarnos” de que ya había maquinaria en el campo, y que iban a instalar una casa de campaña para los trabajadores.

Para cuando cayó la noche, había más de 300 personas en Tocala. Algunas comenzaron a prender fogatas, otras llevaban café, pan y hasta tequila para hacer frente al frío de enero.

Sonia tenía 26 años y evoca “el miedo que sentía al no saber qué es lo que pasaría. Las chavas y los chavos y no tan chavos cantábamos canciones de Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa, Violeta Parra y Víctor Jara”.

Al menos, unas 50 personas se mantuvieron en vigilia toda esa noche, pendientes de lo que pudiera suceder. Cuando amaneció, la población aún mantenía el ánimo y ya se escuchaban en las calles los altavoces que anunciaban una asamblea informativa a las 9 de la mañana, a la que de manera inesperada se presentó el entonces presidente municipal de San Andrés Cholula, el panista Miguel Ángel Huepa Pérez.

“Yo creo que lo primero es no mal informar, no se trata de enfrentar a nuestra gente”, decía Huepa Pérez, tratando de bajar los ánimos. Con el argumento de que era una obra de “beneficio social”, pagada con recursos federales, solo logró provocar más indignación.

Los habitantes de Tlaxcalancingo quieren “que la gente [de] aquí corra, que camine, que vengan los niños a jugar fútbol, queremos la convivencia pacífica de los ciudadanos; ese es el desarrollo que buscamos”, había dicho Cuaya, integrante del comité de defensa, durante la toma del campo.

Concentración de habitantes de la comunidad en asamblea, dentro del predio Tocala. (Javier Elías Amaxal)

Las palabras de Huepa Pérez fortalecieron la resistencia. Todo el pueblo permaneció en alerta para evitar cualquier intento de iniciar la obra, continuaron las asambleas y se organizaron guardias y relevos día y noche para custodiar el campo, con la participación de personas de todas las edades. Quienes no podían ir por las noches, apoyaban con comida, café y pan.

Llegan los granaderos

La madrugada del lunes 9 de enero, cuando ya se consumía el fuego de las últimas fogatas y poco a poco se apagaba el sentido de alerta, la gente se fue retirando a sus labores cotidianas.

“Ya a las 6 de la mañana, pues se fueron todos. Ya no había nadie más que unos 20 muchachos. Ya nos queríamos regresar y empezaron a decirnos que los granaderos estaban aquí”, dice Bárbara.

En efecto, había un cerco policial a unos 300 metros del campo que avanzaba junto a una fila de patrullas. Querían asegurarse de que el helicóptero en que viajaba el gobernador panista Moreno Valle pudiera descender para inaugurar la obra.

Myriam Vargas, una joven integrante de la radio comunitaria del pueblo, corrió a la emisora para hacer un llamado urgente a la movilización: “Desde la cabina de Radio Axocotzin estamos informándole que, en estos momentos, están llegando a las canchas deportivas del kilómetro 6, grupos de policías, están llegando bomberos para el recibimiento de Rafael Moreno Valle, el gobernador del estado”. Y urgió a quienes escucharan el mensaje a solidarizarse en la defensa de Tocala.

Apenas terminó la transmisión, comenzaron a sonar las campanas de la parroquia para alertar a la comunidad. Algunos llegaron corriendo, otros en bicicleta o en sus autos, e incluso en carretas.

Bárbara recuerda que “otro compañero llegó y atravesó su tráiler, ahí en la secundaria, y dijo: ‘No, pues aquí no pasan’”.

Unos jóvenes colocaron mantas alrededor del campo que decían: “Nuestros espacios deportivos se defienden, no se venden, ¡ni un despojo más!”, “Moreno Valle no logrará que el pueblo calle”, “Tlaxcalancingo rechaza toda imposición de proyectos privados en espacios públicos”.

Otros quemaron llantas en las entradas del campo para impedir el acceso de la fuerza policial. Mientras tanto, la gente seguía llegando, algunos con palos, tubos o piedras, hasta que Tocala estaba prácticamente lleno, con miles de personas listas para enfrentar a los granaderos, todos tensos, hasta que, por fin, los obligaron a irse.

La férrea voluntad de los pobladores provocó que, tiempo después, en una asamblea con más de 3 mil vecinos, el presidente municipal, Huepa Pérez, tomara la decisión de regresar a la comunidad las escrituras del predio Tocala. Al cabo de unos meses, se creó la asociación civil Protectora del Patrimonio Comunitario de Tlaxcalancingo, que defiende el espacio de una nueva expropiación.

El poder de la organización

La resistencia en el campo Tocala fue una gran lección para Tlaxcalancingo, que aprendió lo poderosa que puede ser la organización y la movilización de la comunidad, y se convirtió en la semilla de otras luchas que han enfrentado, pues la amenaza del despojo de su territorio continúa.

Hasta ahora han podido frenar parques turísticos alrededor de la zona arqueológica de Cholula, fraccionamientos en el interior de los pueblos, pozos profundos para extraer agua, y en 2021 impidieron que la embotelladora Junghans extrajera agua de su comunidad.

En 2019, Tlaxcalancingo y las otras seis comunidades indígenas de San Andrés Cholula —Cacalotepec, Acatepec, Comac, Tonantzintla, Tehuiloyocan y la cabecera municipal— conformaron la organización Cholultecas Unidos en Resistencia (CHUR); juntos, buscan diseñar un programa municipal de desarrollo urbano, resultado de una consulta, que garantice la protección y conservación de su territorio, su agua y sus tierras.

A diferencia de 2012, el pueblo de Tlaxcalancingo ya no lucha solo; ahora son siete comunidades y al mismo tiempo una sola, más fuerte, que sigue tejiendo resistencia como en aquellas noches de fogatas en el campo Tocala.

Esta historia es una versión escrita basada en el pódcast “Puebla: Cuando el campo se planta frente al despojo de tierrra y agua”, cuya investigación y guion fueron realizados por Myriam Vargas Teutle y Erik Coyotl Lozada. Forma parte de la serie “Periodismo de lo Posible: Historias desde los territorios” —proyecto de Quinto Elemento Lab, Redes A. C., Ojo de Agua Comunicación y La Sandía Digital—, que también puede ser escuchada aquí: https://periodismodeloposible.com/.