Por: Josue Chispan
Mentoría: Rafael Cabrera

El folder es amarillo —con arrugas y esquinas vencidas por el tiempo. Tiene una etiqueta blanca con tipografía a máquina de escribir que lo identifica con el número ISR-3-5. Abajo —escrito a mano con tinta negra— aparece un nombre: Rosario Castellanos.

Este folder es un expediente diplomático. Pertenece al Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) de México y resguarda bitácoras, telegramas, oficios e informes que documentan los rastros del antes y después de la muerte de una escritora que también fue embajadora.

Lo que sigue es una reconstrucción narrativa de esos papeles que alguna vez circularon entre despachos y fronteras.

El expediente conserva telegramas, cartas y noticias que reconstruyen el antes y después de la muerte de Rosario Castellanos. Foto: Josue Chispan

Embajadora Extraordinaria y Plenipotenciaria

“En uso de las facultades que me concede la fracción III del Artículo 89 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos…”. Así iniciaba el acuerdo presidencial dirigido a la Secretaría de Relaciones Exteriores, expedido el 11 de febrero de 1971 por el entonces presidente de México, Luis Echeverría.

El documento contenía una instrucción única: “Nómbrese a la C. Rosario Castellanos Figueroa Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de México ante el Gobierno de Israel. Comuníquese y cúmplase.”

Ese mismo día, en Palacio Nacional, se redactaron dos cartas. La primera fue enviada al presidente de Israel, Zalman Shazar, para informarle oficialmente el nombramiento. “Con el ánimo de continuar estrechando las cordiales relaciones de amistad que felizmente existen entre los Estados Unidos Mexicanos y el Estado de Israel”, se leía en el encabezado.

La segunda carta iba dirigida a la escritora. Era la notificación formal de su designación como embajadora. “Lo dice a usted para su conocimiento y efectos consiguientes”, firmó con tinta verde Luis Echeverría.

El título no era una simple fórmula diplomática. Ser Embajadora Extraordinaria y Plenipotenciaria implicaba la más alta representación posible: autoridad plena para hablar, negociar y actuar en el nombre de México.

Las cartas con las que el gobierno mexicano formalizó el nombramiento de Rosario Castellanos como embajadora ante Israel. Foto: Josue Chispan

Una última entrevista

En medio del calor del mediodía, en la embajada de México en Tel Aviv, el 6 de agosto de 1974, Rosario Castellanos recibió a la periodista Mary Lou Dabdoub. Fue la última entrevista que dió.

Durante la charla, Rosario habló del trabajo cotidiano en la embajada, de la rigidez burocrática y de la necesidad de imponer orden y estructura a la vida para sostener la escritura. Describió su rutina: levantarse temprano, leer la prensa mexicana, convencer a su hijo Gabriel para que acuda a la escuela, resolver asuntos domésticos y diplomáticos. “Tengo que encarnar una serie de papeles, lo cual me gusta mucho. Yo soy como la Versátil Esmeralda”, afirmó, haciendo referencia a la cantante mexicana Esmeralda, conocida por su versatilidad musical.

Con humor y lucidez, relató las paradojas del oficio diplomático: redactar informes literarios sobre conflictos armados, improvisar soluciones domésticas ante la falta de electricistas, aprender a vivir en un país con otra lengua y otra historia. “Todo ha sido difícil”, reconoció, pero también dijo: “No esperaba nada de nada a ningún nivel […] y se me ha dado todo a manos llenas. Entonces, estoy contenta”.

Habló también de su poesía reciente y del lento proceso de elaboración que requerían sus obras narrativas. Se definió como una sola persona, múltiple pero no dividida: la mujer, la embajadora, la escritora, todas en una. “No estoy desdoblada. Somos la misma”, dijo.

Al día siguiente, 7 de agosto, su chofer la encontró inconsciente en su domicilio. Había muerto electrocutada al prender una lámpara que había comprado unos días antes.

La última entrevista de Rosario Castellanos fue publicada tras su muerte como un homenaje. Foto: Josue Chispan

Dos fallas en una lámpara

El 27 de septiembre de 1974, la Secretaría de Relaciones Exteriores recibió el reporte oficial sobre el accidente en el que falleció  Castellanos. El documento, firmado por el ingeniero Victor Zyss —subcomisionado eléctrico del Gobierno de Israel— , concluyó que la embajadora murió a causa de una descarga eléctrica en su domicilio en Herzliya, una ciudad costera cercana a Tel Aviv.

La investigación se realizó un día después de su muerte, y confirmó que el accidente ocurrió cuando Castellanos “tocó la estructura de alambre de la pantalla de una lámpara que se encontraba bajo la tensión de 230 voltios”. En ese momento, iba descalza.

El informe identificó dos fallas en la lámpara que ocasionaron el accidente:

-Conexión interna errónea: uno de los cables de la lámpara fue conectado en el lugar equivocado.
-Uso incorrecto de foco: se utilizó un foco tipo vela en una lámpara diseñada para una bombilla común.
-“El resultado de estas fallas —escribió Zyss— fue que la pantalla metálica estaba bajo tensión de 230 voltios respecto a la tierra.”

La lámpara fue retirada como evidencia. No se solicitó autopsia.

El informe no menciona defectos en el sistema eléctrico de la residencia. Una lámpara común, mal conectada, y un foco inadecuado fueron suficientes para cerrar el circuito eléctrico. Y acabar con la vida de unas de las escritoras más importantes que ha dado México.

Fragmentos del reporte elaborado por Victor Zyss, donde se documentan las fallas eléctricas que provocaron la muerte Rosario Castellanos. Foto: Josue Chispan

El regreso

El cuerpo de Rosario Castellanos fue trasladado desde Israel a México en una operación diplomática que combinó ritual y logística entre los dos países. Un féretro cubierto con la bandera mexicana partió desde Tel Aviv con escolta oficial.

En el aeropuerto de la Ciudad de México, intelectuales, artistas, funcionarios, periodistas y estudiantes recibieron el féretro en el que regresaba la escritora a su país. Castellanos fue enterrada en la Rotonda de las Personas Ilustres del panteón de Dolores, un espacio reservado para las figuras más destacadas de la historia cultural y política del país.

Los periódicos de la época registraron el homenaje para despedir a Rosario Castellanos. Foto: Josue Chispan

En los días y semanas siguientes, el expediente diplomático se fue llenando de papeles: informes, seguros, facturas, recortes de periódicos. Entre los últimos documentos quedaron los oficios sobre el envío de sus pertenencias, embaladas en cajas que permanecieron cerradas durante décadas. Fue hasta 2025 cuando su hijo Gabriel —motivado por la escritora Julia Santibáñez— decidió abrirlas. El hallazgo dio origen a la exposición Un cielo sin fronteras. Rosario Castellanos: archivo inédito.

Rosario Castellanos regresó a México convertida en pérdida, en duelo, en homenaje nacional. En el expediente de la Secretaría de Relaciones Exteriores quedaron los rastros de una vida interrumpida: un nombramiento, una última entrevista, una lámpara, una repatriación, una copia certificada de defunción.

“Se consumió entera / de calor y de luz como una lámpara”, escribió en un poema de 1957, versos que hoy suenan como una premonición, casi como si hubiese dejado escrito el final de su propia historia.