M.C. María del Refugio Manjarrez Montero
Vicepresidente del Colegio de Economistas del Estado de Sinaloa.
Por décadas, los economistas han repetido una idea simple pero contundente: cuando los hogares consumen, la economía se mueve, y no es casualidad porque en México, el consumo privado representa el componente más importante de la demanda agregada y uno de los motores principales del crecimiento económico. Los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) confirman esta lógica, aunque también revelan matices que merecen un análisis más profundo.
De acuerdo con el Indicador Mensual del Consumo Privado (IMCP), el gasto de los hogares en bienes y servicios registró un aumento de 1.2 % en diciembre de 2025 respecto al mes anterior, mientras que en su comparación anual el crecimiento alcanzó 5.6 % en términos reales. A primera vista, el dato parece alentador. Después de meses marcados por incertidumbre económica global, presiones inflacionarias y tensiones geopolíticas, el dinamismo del consumo sugiere que los hogares mexicanos mantienen capacidad de gasto.
Sin embargo, el verdadero valor de este indicador no está solo en el crecimiento agregado, sino en la composición del consumo. Los datos muestran una diferencia notable entre el comportamiento de los bienes nacionales y los importados. Mientras el gasto en bienes y servicios nacionales apenas creció 0.1 % mensual, el consumo de bienes importados aumentó 4.9 % en el mismo periodo.
Este contraste revela una paradoja económica que no debería pasar desapercibida. El consumo crece, sí, pero una parte importante de ese dinamismo se dirige hacia productos del exterior, lo que implica que una fracción del impulso económico termina beneficiando a otras economías en lugar de fortalecer la producción interna.
El fenómeno es aún más evidente cuando se observa la comparación anual. El consumo de bienes importados registró un crecimiento de 25 %, una cifra considerablemente mayor al 1.9 % observado en bienes y servicios nacionales. Esto sugiere que el mercado interno mexicano sigue enfrentando limitaciones estructurales para competir con la oferta internacional.
Las razones detrás de este comportamiento son múltiples. Por un lado, la apertura comercial y la integración productiva derivadas del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T‑MEC) han ampliado el acceso a bienes extranjeros. Por otro, factores como el tipo de cambio, la digitalización del comercio y el crecimiento del comercio electrónico han facilitado la compra de productos importados.
Pero también existe una explicación estructural: la debilidad del aparato productivo nacional en ciertos sectores de consumo, particularmente en bienes duraderos y tecnología. En muchos casos, el consumidor mexicano no sustituye productos nacionales por importados por preferencia ideológica, sino por disponibilidad, precio o calidad.
Desde una perspectiva macroeconómica, el crecimiento del consumo es generalmente interpretado como una señal positiva. Cuando las familias gastan más, las empresas venden más, se generan empleos y se incrementa la actividad económica. Sin embargo, si ese gasto se orienta mayoritariamente hacia productos importados, el efecto multiplicador interno puede diluirse.
Este debate no es menor para economías regionales como la de Sinaloa. En estados con una estructura productiva basada en agricultura, comercio y servicios, el consumo interno suele reflejar de manera directa la salud económica local. Un mayor gasto de los hogares puede traducirse en mayor actividad comercial, más empleo en servicios y mayor circulación de ingresos. Pero si el aumento del consumo se concentra en bienes producidos fuera del país, el impacto regional se reduce.
Otro elemento a considerar es la relación entre consumo y endeudamiento. En los últimos años, el crédito al consumo ha mostrado una expansión significativa en México, impulsado por tarjetas de crédito, financiamiento comercial y préstamos personales. Aunque el crédito puede estimular el gasto en el corto plazo, también plantea interrogantes sobre la sostenibilidad del consumo en el mediano plazo si los ingresos no crecen al mismo ritmo.
En este contexto, los datos del IMCP ofrecen una lectura ambivalente. Por un lado, reflejan una economía que mantiene cierto dinamismo pese a los desafíos internos y externos. Por otro, evidencian una estructura de consumo cada vez más dependiente de bienes importados, lo que plantea interrogantes sobre la fortaleza del mercado interno.
La pregunta central, entonces, no es solo si el consumo crece, sino qué tipo de consumo está creciendo. La respuesta a esa interrogante será clave para entender si el dinamismo observado representa una base sólida para el desarrollo económico o simplemente un espejismo estadístico dentro de una economía globalizad

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