Mazatlán, Sinaloa.— En Acantos la necesidad está en todas partes. Aquí las familias se inventan cada día la manera de vivir: se inventan cómo ver en la oscuridad por las noches, cómo levantar otra pared para la casa. Y muy seguido también se inventan algo para comer.
En esta invasión al sur oriente de Mazatlán la precariedad se vuelve horizonte cotidiano. Una lona sirve de techo. Una tabla puede valer por leña si hay algo que poner al fuego. Láminas, palos y hules se convierten en paredes. Todo se amarra con alambres o con mecate. Así se levantan la mayoría de las cerca de 300 casas que hoy ocupan los lotes que poco a poco ha ido haciendo el monte a un lado.
Algunos dicen que ya cuentan con títulos de propiedad, aunque la mayoría sigue en la incertidumbre. Recorrer Acantos es encontrarse con una comunidad donde la escasez se mira de frente. Basta caminar unos metros para entender que aquí el hambre es cosa seria, un evento diario.
Acantos tampoco tiene todavía calles con nombre. No hay nomenclatura oficial. Quien entra por primera vez se pierde entre callejones de tierra. El asfalto sigue siendo una promesa lejana.
El comedor comunitario
En algún punto de Acantos está la casa de María. Ella vive en la invasión y también está al frente de un comedor comunitario donde, dos veces por semana, se preparan alimentos para quien lo necesite. Martes y jueves se sirven alrededor de 180 platillos.
“Damos pozole, pollo, a veces marlín, atún. Depende lo que nos traigan. Tenemos casi 4 años y medio. Pero el comedor está hace cinco años”.
María recuerda que el comedor comenzó debajo de un árbol. En ese entonces apenas había unas cuantas casitas agarradas al monte, queriendo estar de pie, alzar la fachada y tener buena cara.
Ahí se reunía la gente alrededor de una hornilla improvisada con ladrillos y leña a cocinar.
Con el tiempo, María ofreció su casa para continuar con la iniciativa. Ahí sigue funcionando el comedor, que hoy brinda apoyo a 80 familias de la zona.
“Aquí se le da alimento a todas las familias que vengan. No nos fijamos si son de aquí o no. Se les da alimento a todas las familias que tenga la necesidad y se acerquen al alimento. En su mayoría vienen niños y adultos mayores”.
La ayuda de FODEN
Detrás del sostenimiento del comedor está la labor de Formación y Desarrollo de la Niñez (FODEN). Su directora, Liliana Ruiz Bizarrón, explica que la organización abastece de productos para preparar los alimentos en este y otros espacios comunitarios.
“Tenemos 19 comedores comunitarios en la zona urbana de Mazatlán y cuatro en la zona rural. Son dos mil 40 niños, mil 68 adultos mayores y personas en estado de vulnerabilidad. Setenta y nueve personas embarazadas y lactando y 183 personas con discapacidad”.
La labor implica preparar alrededor de 30 mil platillos cada mes. “Hay muchísima necesidad. Estamos promoviendo la educación, a través de la educación buscamos mejorar el entorno de la persona y la comunidad”.
Ruiz Bizarrón explica que el trabajo de la fundación se sostiene sobre cuatro ejes: alimentación, salud, educación y desarrollo comunitario. En los comedores también se ofrecen cursos y talleres para niños y mujeres sobre salud, prevención de adicciones y violencia, además de clases de inglés, corte de cabello o aplicación de uñas.
Apoyo y proyectos
La directora de FODEN señala que las actividades se financian gracias a aportaciones voluntarias, empresas y eventos de recaudación, como el Torneo de Golf Pro FODEN que se realizará del 20 al 22 de marzo.
También comentó que la organización tiene planes de ampliar su trabajo hacia otros municipios del sur del estado, como Rosario, Concordia y Escuinapa, aunque por ahora esperan que disminuya la violencia para poder concretar ese proyecto.
“Siempre andamos en la búsqueda de mejorar las condiciones de nuestras familias, de mejorar nuestra comunidad”.
En Acantos, FODEN ya ha logrado instalar una techumbre sobre el comedor donde trabaja María. También se colocó una pequeña red de alumbrado que ilumina esa parte del asentamiento.
Por las noches, las lámparas revelan un detalle que antes no existía: junto al comedor comienza a levantarse un pequeño parque público.
En medio de la tierra, las casas improvisadas y las calles sin nombre, ese espacio empieza a parecerse a algo más que una invasión.
Hay aquí esa terquedad silenciosa de quienes se empeñan en seguir levantando algo parecido a un hogar.

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