Por Adrián Montiel González / Perimetral

Sierra de Amula, Jalisco.- Compartí el asiento con un militar. En la otra fila, había un par más y conversaban sobre los traslados de la última semana: unos se fueron a Chiapas, Chihuahua, a la frontera. Ellos se quedarían en el destacamento del Corcovado en Autlán de Navarro, también en Jalisco y alcancé a escucharles que uno de sus compañeros había muerto. “A la familia le llegó la mitad del cuerpo”, dijo.

¿Cuántas cosas vieron ese fin de semana de furia? me pregunté al paso que el autobús comercial tomaba su camino al epicentro donde una semana atrás, el domingo 22 de febrero, todo Jalisco y México vivieron un espiral de incertidumbre, terror y trauma. Se durmieron a los pocos minutos. Yo también.

Viajo a la Sierra de Amula muy pocos días después de la muerte de El Mencho, el jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación, quien lo fundó y se volvió en un personaje aclamado por unos, coreado en corridos y temido por la mayoría. Me adentro en el refugio y fortaleza del grupo criminal para entender qué cambia —y qué no— en los pueblos que convirtió en su bastión y donde su poder se volvió paisaje.

Desperté cuando clareaba en el bosque de Los Ailes, en Tecolotlán. En la cabecera municipal, los vendedores de tacos esperaban a los clientes sentados en las cubetas. En el puente La Trinidad, antes de llegar a Unión de Tula, vi huellas de carbón y chapopote nuevo en la carretera.

La llegada a Autlán fue tranquila. Nuevas construcciones aparecen por todos lados. El pueblo despertaba y yo me desperté con una bocanada de bochorno.

La ruta herida

 

Desde Autlán, una campesina conduce hacia El Grullo en la carretera que divide el valle dominado por el monocultivo de caña. El avance de la mancha verde lo interrumpen algunos camichines y lo detienen las montañas. Es con quien me guío por dos días para poder capturar el clima social, la dermis herida pero silenciosa ante bloqueos, incendio de comercios como reacción y estrategia para evitar la llegada de más militares a contener los daños del 22 de febrero.

Al pie del camino aparecen mezquites, ranchos ostentosos y las parotas, los seres vivos más grandes y viejos de la región.

A la entrada del poblado El Mentidero reducimos la velocidad: atravesamos un paraje chamuscado que apesta a alquitrán y gasolina. Son los restos de los vehículos quemados de una violencia que empieza a diluirse mientras la gente retoma su vida aparentando normalidad.

Aquel domingo Cristina recibió la noticia a primera hora: el operativo militar en Tapalpa, los bloqueos en Guadalajara. Los reportes de la región se regaron por grupos de WhatsApp: desde las tiendas Oxxo y Kiosko incendiadas en Autlán hasta el camino hacia El Grullo, ruta que ahora recorremos.

Avanzamos hacia Las Paredes, otro poblado, donde las señales de violencia siguen vivas sobre el asfalto. Cristina comprobó que no tocaron el Oxxo como se dijo, pero sí un auto en el camino a El Chante, una vía hacia la Sierra de Manantlán.

En el puente del Mezquite, límite entre Autlán y El Grullo, quemaron otro vehículo, casi debajo de la lámina de Bienvenidos a El Grullo, el mensaje ahí seguía.

Antes de llegar al pueblo la campesina me contó que cerca de la una de la tarde del 22 de febrero, dos helicópteros volaron sobre el pueblo. La gente lo grabó desde las laderas de la capilla de la Virgen de Guadalupe, trepada en las azoteas y en las calles. Después de las dos, las naves descendieron bruscamente a la altura del autobaño La Burbuja. El viento de las hélices sacudió las parotas como si fueran zacate.

La gente sí recuerda el zumbido de la metralla del helicóptero, la respuesta de dos o tres ráfagas de armas largas. Luego silencio, mucho silencio. Sobre la carretera, unos cien metros, quedó un sendero de balazos labrados en el asfalto desde la calle Abasolo en la colonia Santa Cecilia hasta el autobaño que se volvió blanco. Dicen que ahí mataron a Hugo César Macías El Tuli.

La Secretaria de la Defensa Nacional confirmó que, El Tuli, coordinó los bloqueos y asesinatos de militares desde El Grullo. Los vecinos desconocen si el criminal vivió ahí o si precedió a El Mencho más de una década atrás.

La paz del Grullo

 

En El Grullo hay un arraigo de cooperativas financieras y de consumo, y un sentido de comunidad importante, como ya se ha relatado periodísticamente y a través de organismos civiles.

Esta campesina que me acompañó así lo sintió cuando todo se paró durante la pandemia de COVID-19, y durante los recientes bloqueos, el saberse vecindad, comunidad, le dio cauce al trauma. Como hace seis años, los vecinos no dejaron de atender las necesidades básicas de otra gente, su gente.

Pasada la crisis, el pueblo vuelve a las bancas de la plaza y la alameda. Cruzan con bolsas del mercado. Entran a misa. Pero en El Grullo,como en Tapalpa, la gente tardó en salir.

Cristina y otros vecinos coinciden en una frase paradójica.

“Es que sí estuvo muy feo, pero no nos fue mal: aquí no quemaron negocios, no hubo heridos. Sólo lo que pasó afuera”.

Jesús, comerciante, dice algo que yo interpreto como suerte o privilegio: el 22 de febrero no se tocó al pueblo. Ocurrió igual que el primero de mayo de 2015 con la “Operación Jalisco” que intentó atrapar al Mencho en Villa Purificación.

Pero no sólo fue suerte.

En la plaza se cuentan muchas versiones de avistamientos del capo: pagaba las cuentas de todos los comensales cuando comía chacales —una especie de langostinos—, en El Camichín; también se le vio tomando tragos con la gente durante las ferias y cenando en los puestos de la plaza y en la Alameda.

“De niño, a mí me tocó verlo en los biónicos”, contó Jesús.

Se dice que vivió en una casa del pueblo junto a la carretera a Ciudad Guzmán. Y, aunque iba y venía, abandonó el lugar después de los ataques de 2015 para refugiarse en las montañas de Villa Purificación. Pero, aunque lejos, nunca se fue. Sobre todo no se fue de Autlán.

Autlán, el bastión

 

En el camión urbano rumbo a Autlán un joven alto con camisa de resaque me miró desde unos asientos adelante. “No eres de acá ¿verdad?”

El camión se empezaba a llenar. Venía sentado junto a la ventana hacia el valle que se abría otra vez en los cañaverales. En la comunidad El Mentidero subieron varias personas hablantes de purépecha.

Le dije al muchacho que no, no era de ahí. Voy para a Autlán, le respondí.

Se recorrió unos asientos junto a mi para seguir la charla

–¿Cómo viste lo que pasó el domingo?

–Feo ¿Y acá cómo les fue?

No pude decirle más y seguimos conversando un poco. Entonces me dijo que se llama Estanislao. Me contó de los bloqueos y que mucha gente trabaja en los negocios del cártel, así a secas. Él, un empleado, haría lo mismo para un empresario que para los jefes.

“Es la misma paga y la misma chinga. El patrón se discute con la peda y las posadas. Pero hay que chingarle”.

Calla mientras algunos pasajeros bajan. Luego sigue.

“Están en todo” suelta Estanislao “en tiendas, vinaterías, taquerías, en carnicerías”.

Hasta en el gobierno, pienso. Lo mismo quisieron demostrar hace años con el operativo “Agave Azul” cuando el gobierno federal intentó asfixiar las finanzas del cártel en la región.

Dice Estanislao que también están en los cerros y si sospechan de un vehículo, lo siguen. Por ejemplo, desde las curvas y en el puente El Corcovado ya saben de dónde vienen, cuándo entran a Autlán y saben a qué. Poco después de bajar, lo saludan, regalan bebidas o simplemente le dicen que todo estará tranquilo.

Le pregunto con la cabeza ¿Por qué? y mi conversador solo encoge los hombros. “Porque así lo decía el patrón”, confirma.

Viejo nuevo orden

 

Recorrí las calles iluminadas con un sol bastante tropical. Las cuadras se iban ocupando de negocios conforme nos acercamos al centro. Me pregunté con el eco de lo que me contó Estanislao ¿todos tienen algún nexo con el CJNG?, es inevitable pensarlo después de 16 años encumbrado en esas calles y esa región del sur de Jalisco, zona colindante con la costa y a un trío de horas de la capital del estado.

Mi conversador se había bajado dos cuadras antes de la glorieta del periférico donde se levantan las torres en obra negra que, según la publicidad, albergarán departamentos, amenidades, piscina, seguridad las 24 horas. Todo de lujo pues. Un concepto alejado de la cultura, tradición e identidad autlense.

Me bajé en el mercado y me detuve a la entrada para escuchar los gritos de las ofertas. Vi los nopales, nanches y arándanos frescos. Una pechuga de pollo se asomaba en los pretiles. Más allá, la gente desayunaba en las periqueras.

iba preguntando por el baño, la plaza, la farmacia…y me respondió una persona “¿Qué se te ofrece?”. Alguien más tosió o escupían al suelo. Ansiedad, pensé. O miradas de soslayo, pero sin palabras a diferencia de Estanislao.

Vi un pueblo alerta, pero no preocupado. Vi una comunidad tratando de vivir la normalidad con sus propias conversaciones íntimas de las que sin duda no me iba a enterar ni serán compartidas, al menos no a pocos días de la captura del capo. No a la primera.

“Estábamos al alba, pero el patrón ya dijo que todo va a seguir igual: el trabajo, todo como antes”, recordé esa frase de Estanislao.

En la fila del OXXO, frente al Jardín Hidalgo, una pareja hablaba sobre la violencia. La mujer decía que, pasar por el periférico, le daba dolor de cabeza porque recordaba el olor a quemado. Quien atendía el comercio dijo que, “gracias a dios” todo estaba tranquilo.

Mientras veía el movimiento en los portales pensé en lo que Estanislao me comentó: “están en todo”. Están en todo. Están en todo y en todos de alguna u otra manera, incluso sin quererlo, como un tejido de nudo ciego que cobija una madriguera involuntariamente. Víctimas pues, de una articulada descomposición estructural donde un gobierno le cedió al cartel, la gobernanza.

“Estamos alineados: alineado es que tú le das una feria a la plaza y ellos le pagan a los de arriba para que no te molesten. Si se hacen pendejos, haces una llamada y ellos lo arreglan rápido”, fue como describió mi conversador del camión el sistema-comunidad en Autlán.

Parches

 

La carretera El Grullo-Ciudad Guzmán es una ruta próspera que atraviesa los llanos rumbo hasta las faldas volcánicas.

Allí florecen los agronegocios del Llano en llamas en el municipio de San Gabriel, se tratan de negocios que, al parecer, no están relacionados directamente con dinero del crimen organizado y el cártel, pero sí con su voluntad.

En los llanos hay grandes superficies de parches blancos. Bajo estos, la agroindustria oculta un verdor extraordinario donde florecen jitomates y berries para el mercado de los Estados Unidos de Norteamérica.

Con Crisitina profundizo sobre que varias empresas se erigen con capitales extranjeros, y se desarrollan en tierras ejidales en San Isidro, dentro del mismo San Gabriel.

En 2023, la Red en Defensa del Maíz denunció que, previo al cumplimiento de 160 hectáreas en posesión de la empresa Anway/Nutrilite al ejido de San Isidro, un grupo ajeno generó falsas expectativas pa de a dividir los ánimos en la resolución a través de la fragmentación del ejido.

Se trata de una empresa que presume de alta tecnología de sus instalaciones, pero recurren a picapleitos para dividir. Además, las tierras están bajo la vigilancia del mismo grupo para controlar el paso.

Junto a las parotas que refrescan los 30 grados en El Grullo, es inevitable recuerdar el trabajo esclavizado en Bioparques, aquel escándalo que alcanzó al gobernador priista Jorge Aristóteles Sandoval, ya fallecido, por intríngulis con la misma nomenclatura C.J.N.G. en Puerto Vallarta.

Ese caso es uno que exalta la División Internacional del Trabajo exclusivo para jornaleros agrícolas migrantes, pues a la gente de la región no les interesa la labor de poca paga y mucha explotación como hacinamiento donde se violan derechos humanos.

Este recorrido etnográfico me hace recordar una visita a Bioparques hace años: las familias de los trabajadores purépechas y mixtecos los hacían hacinarse en el albergue calificado como “cinco estrellas” por un funcionario de la Secretaría del Trabajo.

Los jornaleros habían abandonado las chozas de plástico negro a un lado del agronegocio. Ahora se denuncian jornadas de doce horas y retenciones contra su voluntad. Se suman los accidentes impunes que sufren en autobuses escolares gringos de las empresas, rutas privadas o camiones de carga.

Y esto, para Cristina, no cambiará con la ausencia de los capos. Algo se mueve, se reajusta, pero no culmina el espiral de violencia.

Me convenzo y recorremos El Grullo de noche. Decían que la gente no salía después de las siete y treinta, pero hay restaurantes abiertos, gente caminando, la alameda con movimiento.

Bajo las parotas un par de muchachos con gorras, esperan a la salida del pueblo inclinados sobre una motocicleta. Lo hacen con la mirada aparentemente distraída teléfono móvil en mano; ver quién entra y quién sale es su misión. Vigilan.

El capo ha muerto pero ellos vigilan, la lógica establecida no tambalea a una semana…un mes.

Zona de sacrificio después del capo

 

La deuda del Estado con las víctimas, con toda una generación obligada a acostumbrarse a vivir en un reinado no abatido el 22 de febrero de 2026, por las fuerzas federales, por más furia y fuego impactada en las calles de Jalisco y México, sigue intacta.

Vecinas y familias que llevan generaciones asentadas en la Sierra de Amula, están en sigilo superando la vivencia traumática de rozar la mirada, el viento, los bosques, las casas, los comercios, la calle, la educación y la cotidianidad con su sistema, con ese orden establecido por el grupo delincuencial que se formalizó en multinacional de amplia cartera de negocios entre minería o desarrollos inmobiliarios además del tráfico de drogas y armas.

Ese régimen invisible que se volvió plataforma de campañas municipales como estatales organizando partidos políticos -de todos los colores-, en las elecciones, en esos dos halcones que vi la última noche, como botón de muestra, mantiene intacta la estructura.

Al grupo paramilitar que lo mismo despoja territorios, desaparece defensores de derechos humanos en Jalisco, ejecuta activistas y comuneros en Colima, entre silencios, montañas y sierras, existe porque no resiste mientras judicial, gubernamental y socialmente no se le toque ni con la corteza de una parota.

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Este trabajo fue realizado por Perimetral, que forma parte de Territorial Alianza de Medios. Para consultar el trabajo original, dar clic aquí.