Por Gabriel Labrador

La lancha se deslizaba lenta sobre el agua verdeazulada. Era febrero, época del año en que el viento se suelta en El Salvador. El cielo estaba despejado en el Lago de Coatepeque y Carolina Amaya, periodista ambiental, 43 años, remaba rumbo a un área protegida, una orilla con aguas termales al pie del cerro Afate. Junto a ella iba la dueña de la pequeña embarcación, Lissette Martínez, una vendedora de frutas de 32 años que todos los días viajaba al cerro para atender turistas en busca de agua caliente, mágica.

Carolina iba hacia aquel rincón del lago atraída por algo que había escuchado. Rumores decían que el bosque estaba disminuido, que las especies nativas estaban desapareciendo por la construcción de cabañas del proyecto Coatepeque Lake Villas. Carolina tenía más de dos años publicando reportajes sobre la depredación en ese cerro y Lissette, que trabajaba ahí, había visto los efectos de la destrucción. Había notado, por ejemplo, la lenta desaparición de las vetas de agua caliente, auténtico tesoro del lugar. También el rechazo a que ella siguiera vendiendo frutas y golosinas a turistas. La empresa constructora colocó rótulos que decían “Propiedad privada, prohibido el paso”, “Zona recuperada. Libre de ventas”.

A los cinco minutos de haber embarcado, Carolina y Lisette escucharon ruidos y a la distancia divisaron puntos pequeños moviéndose en el cerro, como un hormiguero lejano. Al acercarse entendieron: había trabajadores caminando de un lado a otro y en la ladera yacían, desperdigadas, rocas de todos los tamaños. Cuando atracaron notaron que las aguas termales se habían enfriado y las vetas estaban tapadas por las piedras que cayeron por el uso de explosivos.

Nada de eso debía estar ocurriendo. Desde 2019 el cerro tenía protección ambiental, leyes que en teoría bloqueaban cualquier intento de tala. Pero aquella mañana del año 2022 Carolina confirmó que la zona estaba siendo destruida.

A partir de entonces trabajó durante un año. Investigó la responsabilidad de la empresa depredadora, detalló la inoperancia del Ministerio de Medio Ambiente y explicó el vínculo entre la familia del presidente Nayib Bukele y aquellas cabañas en lugar paradisíaco con aguas termales. Cuando publicó su reportaje, una llamada lo cambió todo.

“Supe que ya no iba a tener mucho tiempo en El Salvador. Para mí, como defensora ambiental, era evidente que eso se nos venía encima”, cuenta Carolina cuatro años después de aquel viaje en lancha. Habla desde Ciudad de México, donde ahora reside, porque en El Salvador la vida de periodista –dice– se le terminó.

El cerro de las heridas

 

Cuando en 2019 el proyecto de Coatepeque Lake Villas comenzó a construirse, Carolina quiso denunciarlo. Llegó a conocer bien el cerro. Cada vez que atracaba, miraba a través del agua tibia los cangrejos de agua dulce (pseudothelphusa magna) que solo ahí se producen. Cuando levantaba la vista, veía el bosque de 47 especies, de las que una —el Nogal (juglans olanchana)— está en peligro de extinción y otras 10 están amenazadas.

En febrero de 2020, tras meses de entrevistas e indagaciones, publicó el primer reportaje para la revista independiente GatoEncerrado: “Los depredadores de la última joya del Lago de Coatepeque”. Ahí contó que meses antes el Gobierno había blindado el cerro Afate al declararlo “zona de máxima protección”, pero la construcción había obtenido un permiso ambiental irregular y estaba violando las leyes que prohíben construir en los primeros 15 metros de la ribera de los lagos.

Tras la publicación, las autoridades de la Alcaldía de Santa Ana suspendieron los trabajos de construcción. Pero fue un impacto de poca duración porque al cabo de un año la construcción se reanudó. Carolina no soltó el tema. En los siguientes tres años publicó cuatro reportajes más en GatoEncerrado y La Mala Yerba, su propio medio especializado en cobertura ambiental que fundó en 2022.

Pero nada frenaba al proyecto inmobiliario, que parecía blindado. Lo que Carolina vio aquella mañana de febrero de 2022 era eso: la empresa Desarrollos Agua Caliente construyendo con impunidad las quintas de lujo Coatepeque Lake Villas. La comercialización estaba a cargo de Corsesa y era promovido, entre otras personas, por Arena Perezalonso, suegra del presidente Nayib Bukele. Consistía en 39 quintas con piscinas termales y un edificio de 12 apartamentos. El costo variaba entre 533,000 y 860,000 dólares.

Carolina y otros dos periodistas siguieron investigando: revisaron resoluciones del Juzgado Ambiental de Santa Ana, documentos de la Cámara Ambiental de Segunda Instancia y permisos del Ministerio de Medio Ambiente. Entrevistaron a pescadores, vendedores y abogados. Buscaron a la empresa y a funcionarios, pero ninguno contestó.

El 23 de febrero de 2023, la investigación más completa estaba lista: “Así ignoró Medio Ambiente la construcción ilegal en el cerro Afate”. Carolina publicó y minutos después recibió un mensaje:

—“Me cayó un mensaje de la pareja de mi papá diciéndome que se lo acaban de llevar.”

Su padre, Benjamín Amaya, agricultor de 63 años, había sido detenido por la Policía Nacional Civil, acusado de ser pandillero de la Mara Salvatrucha. Para Carolina, fue una represalia por su trabajo periodístico.

La Asociación de Periodistas de El Salvador (APES) denunció la captura como una agresión. Ese año, las agresiones contra periodistas aumentaron 66 % y muchas provinieron de actores estatales. Hubo amenazas, golpes y privaciones de libertad.

Según Reporteros Sin Fronteras, El Salvador cayó 44 puestos desde 2018 y en 2023 estaba en el puesto 115 en libertad de prensa.

La situación se agravó con el “régimen de excepción” aprobado en marzo de 2022, que permitió detenciones sin orden judicial. Según el gobierno, 90,000 personas han sido detenidas hasta diciembre de 2025, con al menos 8,000 capturas “por error”.

Organizaciones como la CIDH, Human Rights Watch y Amnistía Internacional han denunciado violaciones al debido proceso y derechos humanos.

—“De lo que yo estaba segura es que mi papá no es pandillero.”

Benjamín Amaya fue liberado 10 meses después y absuelto en marzo de 2025.

Carolina sostiene que no es un caso aislado: al menos 21 defensores o familiares fueron detenidos bajo acusaciones similares entre 2022 y 2025.

El cerro Afate le dejó múltiples heridas: campañas de desprestigio, vigilancia, drones, hostigamiento y fuentes intimidadas. La persecución creció.

—“Todo apuntaba que las personas que defendemos la naturaleza los estábamos incomodando.”

En 2024 fue seleccionada para Galicia Abriga, pero en Europa recibió una demanda judicial de la empresa. Tras amenazas acumuladas, decidió exiliarse.

El junco en Ciudad de México

En agosto de 2024 llegó a México. Desde ahí continúa su trabajo en La Mala Yerba, que en 2025 documentó 56 ataques contra ambientalistas.

El conteo se llama El Juncal, en referencia a plantas resistentes que sobreviven a condiciones extremas.

Voces contra el infierno

La represión continuó. En mayo de 2025, el pastor José Ángel Pérez y el abogado Alejandro Henríquez fueron detenidos. Ambos enfrentaron cargos como “desórdenes públicos” y “resistencia agresiva”.

Ese contexto derivó en autocensura y en la aprobación de la Ley de Agentes Extranjeros, que impone 30 % de impuestos a financiamiento internacional.

Organizaciones y medios como FESPAD, Cristosal, APES, GatoEncerrado y FocosTV cerraron o salieron del país.

El movimiento ambientalista vive su peor momento. El país enfrenta alta vulnerabilidad: 90.4 % del territorio expuesto a desastres, baja disponibilidad hídrica y alta deforestación.

Entre mayo y agosto de 2025, casi 50 periodistas se exiliaron, además de ambientalistas y defensores.

Carolina continúa su trabajo desde México:

—“Ahora ya siento que puedo construir un futuro.”

Hoy reconstruye su vida en la Ciudad de México, mientras borda recuerdos, como la figura de su gato Negro, en un lienzo que evoca el cerro Afate.

* Esta investigación fue realizada en el marco de un proyecto financiado por el Fondo Mundial para la Defensa de los Medios de la UNESCO, ejecutado por Artículo 19 Oficina para México y Centroamérica. Fue originalmente publicado en Gatopardo.