Mazatlán, Sinaloa.- Debajo de la mina Santa Fe de El Rosario la tierra aún guarda respuestas. La tierra, que durante años fue sustento, hoy es también incertidumbre. Allá abajo, a 300 metros dicen los que buscan, hay tres mineros atrapados.
Buscaban oro, pero las minas no tienen palabra de honor. Las respuestas siguen escondidas entre vetas oscuras, en galerías estrechas, en túneles y curvas que juegan chueco.
Desde el pasado 25 de marzo la mina Santa Fe del poblado de Chele se convirtió en un sitio suspendido en la rutina de Sinaloa. Allí el tiempo dejó de avanzar con normalidad. Ya no fue un lugar de trabajo sino un punto de resistencia y drama. Donde cada hora transcurrida sin saber de los mineros, la esperanza se diluye.
CUALQUIER COSA
Dicen los mineros que de la tierra allá abajo se puede esperar cualquier cosa. Un día ellos la rompen, la vejan, le forman una grieta, le abren una boca o un túnel y hacen que la luz llegue adonde nunca ha existido. Y otro día ella se cierra, se desquita, sin importarle quien busque oro o plata u otro metal.
Había 25 hombres trabajando esa tarde del 25 de marzo. Solo veintiuno lograron salir al derramarse la presa de jales que está sobre la mina Santa Fe. Cuatro quedaron abajo y uno fue rescatado la madrugada del 30 de marzo. El sobreviviente se llama José Alejandro Cástulo Colín:
“La presa de jales la tenemos encima de la mina. Yo sabía que cualquier rato tenía que reventar. Entonces (cuando el lodo empezó a llenar el túnel donde estaba) luego luego se me vino a la mente la presa…”
Hoy son 300 hombres buscando bajo tierra. Gente probada en otras calamidades: El Pinabete, Pasta de Conchos, Múzquiz. Cada metro excavado es una posibilidad. Porque la mina respira distinto, como si contuviera algo más que polvo y roca. Como si retuviera las historias de quienes quedaron dentro.
ARRIBA
Arriba los días también pesan. Las familias se han instalado a las afueras de la mina. Este es nuevo hogar temporal. Nadie se va. Las autoridades les proporcionan alimento, medicina, apoyo psicológico. Esta espera también duele.
Desde el accidente, las labores no se han detenido. A marchas forzadas, brigadas enteras entran y salen con pocas respuestas.
Se perfora, se limpia, se asegura. Se escucha con la esperanza de que la tierra o la roca devuelva alguna señal.
Laura Velásquez Alzúa, titular de la Coordinación Nacional de Protección Civil, es la vocera de la tragedia. A diario habla con los reporteros de los diferentes medios de comunicación que dan cobertura al hecho. Hace dos días habló de un vado, de un alto y de un espacio de vida, donde esperan encontrar a los tres trabajadores.
“…el nivel de lodo, luego el nivel del agua, y cómo queda un espacio suficiente donde hay aire. Acuérdense que estamos hablando de un vado y después del vado hay un alto y que es un espacio de esperanza y de vida”.
De eso hace dos días. Desde entonces, esa idea flota entre quienes aguardan.
Los 300 rescatistas han hecho de todo: barrenos, introducción de 3 kilómetros de cableado eléctrico, se refuerzan estructuras en zonas críticas, se minimizan riesgos, se succionan de jales y lodo. Ha habido inspecciones con cámaras, recorridos con binomios caninos y sondeos en busca de señales.
Máquinas, hombres, estrategias, órdenes, prisas, especialistas, perros, esfuerzo, sudor, esperanza, y lo que sostiene al sitio es la terquedad de quienes no se rinden. Los que creen que la mina, aunque herida, no ha terminado de cerrarse.
Porque debajo de la mina Santa Fe no solo hay roca y oscuridad. Hay nombres, hay voces que aún no regresan. Y mientras la tierra no hable, nadie se moverá de su lugar.

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